martes, 26 de agosto de 2008

encuentro

Se levantó con mucho pesar, había dormido muy pocas horas por estar haciendo su trabajo final para la clase de dibujo, se quedó sentado unos minutos sobre el borde de la cama y después se metió a bañar con agua fría para despertar; en un principio pensaba ir formal a su presentación, pero a última hora decidió ponerse un pantalón de mezclilla y su playera favorita de abercrombie & fitch.
Metió los dibujos en el porta planos, bajó a desayunar, se lavó los dientes y salió de su casa, caminó hasta la parada del camión y esperó alrededor de diez minutos, sus ojos se cerraban, estaba agotado, se imaginaba en el camión recargado en un vidrio dormido mientras su cabeza rebotaba contra el cristal por los baches del asfalto, entre sueños vio que se acercaba el camión, se levantó, pidió la parada y se subió.
Miró a su alrededor, quedaban muy pocos asientos disponibles, caminó por el pasillo y vio que un hombre se levantó de su lugar para cederle el paso al asiento que daba justo en la ventana; Federico se pasó, acomodó su porta planos en un costado y puso la mochila en su regazo, nunca imaginó que aquel señor volvería a tomar asiento, todo aparentaba que bajaría del camión, pero no.
Adelante se encontraba una señora con el mandado y un niño bastante inquieto que venía haciendo desmán y medio, la señora en lugar de ponerlo en su lugar sólo se limitaba a decir “si no te pones en paz te va a bajar el señor camionero, ¡eh!”, mientras que el insulso demonio brincaba en el asiento, pegaba su rostro contra el vidrio dejándolo todo embarrando de paleta y volteaba con Federico balbuceando algunas palabras.
Federico seguía mirando por la ventana ignorando al niño cuando de pronto sintió una mano en su pierna, se quedó inmóvil, no dijo ni hizo nada porque pensó que probablemente había sido un accidente, ¡cómo un señor de esa edad y con esa apariencia estaría toqueteándolo en pleno camión con gente a su alrededor!, pero la mano siguió ahí por varios minutos; no quiso voltear a verlo, le daba pena, no sabía qué hacer. El sueño que lo tenía aletargado desapareció por completo y la mano comenzó a moverse: bajaba por su rodilla, se frotaba una y otra vez circularmente, después comenzó a dirigirse hacia la entrepierna.
El niño se vuelve a levantar de su asiento y de pronto se voltea hacia ellos, Federico se asusta, por un momento piensa en quitarle la mano al señor, pero había otra parte de él que no quería dejar de sentir esa excitación; la señora voltea para hablarle al hijo y de reojo alcanza a mirar la mano del hombre acariciando al muchacho: ¡Sebastián, te digo que te pongas en paz, sino me haces caso te voy a pegar! –Gritó la señora muy irritada, mientras jaloneaba al niño-.
El tipo se excitó más y comenzó a buscar el cierre del pantalón de Federico, quien muy ingeniosamente acomodó la mochila de manera que encubriera toda la escena; sentía como su sangre irrigaba cada uno de los cuerpos cavernosos de su miembro, la erección fue bastante notoria. Cuando el señor sintió la erección del muchacho sacó su mano y la dejó sobre su pierna, Federico sin voltear a verlo le tomó la mano y se la volvió a poner encima de su pene mientras seguía observando por la ventana y al mismo tiempo ponía su mano sobre la pierna del señor.
El rostro de Federico comenzó a sonrojarse, no podía controlar la sensación tan fuerte, sólo cerraba los ojos y apretaba sus labios, no le importaba que la gente lo mirara al pasar rumbo a la puerta de bajada. La terminal de la ruta de camión se acercaba, mientras tanto Federico seguía en el intercambio de roces con aquél señor, a quien no podía mirarlo a la cara y tampoco podía dirigirle una sola palabra; ya tenía que bajarse, tenía que tomar otro camión para llegar a la escuela, dudó en hacerlo, pero era su examen final, no podía llegar tarde y mucho menos faltar, se pasó una cuadra de donde tenía que bajarse, tomó la mano del señor y le dijo: “con permiso, ya me tengo que bajar”, el señor se cubrió su respectivo bulto con una mano y se giró para que el muchacho pasara.
Pulsó el timbre, el camionero lo veía por el retrovisor con mirada suspicaz, el muchacho se hizo tonto y no le devolvió la mirada, se bajó y caminó hasta la siguiente parada del camión y se sentó en la banca, estaba completamente mareado; se sube al segundo camión, se sienta, vuelve a acomodar su mochila y se da cuenta que todavía tenía el cierre abajo.
R.P.