miércoles, 4 de marzo de 2009

sin nombre

Se veía un extraño y pequeño bulto en posición fetal, era Katy que se encontraba sumamente asustada; los relámpagos nunca habían sido de su agrado, pero, ¿quién no se asustaría de escuchar tremendo estruendo en una casa de lámina, cartón y restos de basura? Se escondía debajo de su cobija, esa que alguna vez le dijeron que había sido tejida por su madre cuando nació, con estambres de mil colores ya todos descoloridos de tantas lavadas y rayos del sol.
Pasadas unas cuantas horas la lluvia cesó, sólo quedaban esos goteos pausados del agua atrapada en los canales de las láminas. El silencio se hizo presente, y de pronto, por la ventana se empezaron a escuchar unos extraños ruidos, como si fuesen rasguños. Cuando se tiene apenas ocho años, cualquier ruido desconocido es aterrador, por lo que Katy, temerosa, se escondió de nuevo debajo de su cobija de cuadritos de estambre.
Los rasguños daban cuenta de una desesperación creciente. Luchando contra su miedo, caminó hacia la ventana para ver qué provocaba tan desagradables sonidos. Al asomarse por el vidrio sucio y percudido no vio nada; estaba tan tensa, que cuando observó una pequeña garra peluda y mojada, dio un brinco.
-¡¿Qué es eso?! –gritó.
La garrita rasguñaba el vidrio de nuevo, y fue entonces cuando Katy decidió abrir la ventana, sorprendiéndose al ver que aquél monstruo amorfo que había imaginado, era un gato mojado por la lluvia.
Le gustaban mucho los animales, pero sobre todo, tenía una fascinación por los gatos, -le encantaba ver sus huellitas-, no dudó ni un instante en recogerlo de la lluvia, secarlo y recostarlo en su cama, sin importar cuan sucio, pulgoso o enfermo se encontrara. Se acompañaron durante toda la noche, pero a la mañana siguiente, cuando despertó vio al pequeñín hecho bolita en su almohada, se quedó sentada en un costado de la cama y lo contempló pensando: “¿por qué la veces la vida tiene que ser tan dura y triste?”. El gato abrió los ojos y dio un gran bostezo, Katy se levantó, se puso encima del camisón una sudadera con unos cuantos hoyos en la tela y fue directamente a la cocina a ver si había algo de leche para darle al gato.
Sin poder hacer a un lado su naturaleza, el gato se levantó a inspeccionar el lugar, olfateó cada rincón, inspeccionó cada objeto de la vivienda, cuando de pronto escuchó el azote de una puerta y sin pensarlo dos veces se colocó de bajo de la mesa.
-¡Catalina!, ¡Catalina! –era la voz de su hermano.
-¡Estoy en el baño! –gritó la niña.
Era Pedro el que había llegado. Hermano mayor por diez años, mano derecha del encargado de la sección de plásticos del tiradero. Todos los que vivían en esa pequeña ciudad de basura, sabían que Pedro tenía un grave problema con las adicciones, una noche su padre lo corrió a los dieciséis años cuando se percató que había robado todo el dinero de una colecta de puro cobre –los metales son lo más codiciado entre los pepenadores-. Por el momento vivía con unos amigos que también trabajaban recolectando todo lo que llegaba de plástico.
-¿Qué haces aquí, Pedro? –preguntó la niña angustiada.
-Nada, nada, sólo venía a ver qué pedo, ¿y mi jefe, ónde anda?
-Trabajando, yo en un rato más me voy con él.
-Órale, órale, pues está bien, ¡qué morrita tan chambeadora!, je, je, je, –dijo dándole unas palmadas en la espalda-.
-¿Qué quieres? Tú no viniste a ver cómo estoy, tú traes algo.
-¡Uhh, carnala, no mames!, uno viene en buen pedo y ve. Pero está bien, no te voy a meter en pedos con mi jefe, ya me voy, nomás vine, a saludar a la familia. ¿Por qué no te vas a trabajar conmigo? El papel no es bisne. Tú hazme caso, yo sé lo que te digo. ¡La lana está en el plástico!
-¡Ay, ya vas a empezar! No puedo dejar a mi papá solo, además ¿tú que?, tú ya te fuiste, yo tengo que aguantarlo, ¿tú crees que va dejar que me vaya?, ¿quién le lava y le hace de comer? Si no es tan fácil. A ti todo se te hace bien fácil.
-¡Éjele!, ¿qué es esto?, tonchi, tonchi, psss, psss, ven gatito, ven… morra, te va ir como en feria si mi jefe ve animales en la casa, ya viste cómo nos fue la otra vez cuando metimos al perro… tonchi, tonchi… ¡Ven pinche gato!
El gato con toda la desconfianza que sentía hacia los humanos por los maltratos que había recibido, se alejó de Pedro y corrió al cuarto de la niña a esconderse. Pedro se fue y Katy se puso a limpiar la casa para después ir con la señora que recolectaba todo el producto en “buen estado” que venía del mercado de abastos, tenía que hacer algo de comer.
Terminaba de lavar los trastes cuando se acordó de aquél dinero que estaba en la vasija encima del refrigerador, reaccionó rápidamente y checó que estuviera todo en orden, ¡Nooo!, ¡pinche Pedro, por qué me hace esto! ¿Por qué?, ¡¿por qué?! –dijo sollozando, mientras buscaba desesperadamente el dinero por toda la casa.
Se sentó en la orilla de su cama, y con la nariz constipada de tanto llorar, estuvo pensando por un rato en qué hacer, porque de seguro sería merecedora de una golpiza.
Se dieron las tres y media, y se abrió la puerta:
-¡Cata, ya llegué!, ¿qué hay pa’comer? ¡Tengo un chingo de hambre! (silencio...) ¡Contéstame, que, estás pendeja o qué!
-Hay frijoles –contestó casi silenciosa.
-¿Y lo que te había encargado, qué?, ¿andabas de huevona, verdad?
-No, ¡si limpié!, ¿qué, no se ve?
-Si limpié… mmmhh, y qué más hiciste de comer.
-Sólo hay frijoles, porque no tenía dinero.
-¿Qué?, ¿en dónde está el dinero que te dejé?
-Se lo llevó Pedro.
-¡Hija de la chingada! ¿Por qué chingados dejaste que ese cabrón entrara?, ¿cuántas veces te lo tengo que decir?, ¡¿Cuantas?! ¡Eres una pendeja!
-Apá, es que estaba en el baño cuando él ya había entrado a la casa, pensé que eras tú y cuando salí me di cuenta que era Pedro. No me di cuenta que lo había tomado, hasta que me iba ir con doña Trini, en serio.
-¡¡Excusas!! ¡Puras excusas!-. Gritó enfurecido y la cogió del brazo dándole tremenda bofetada. Katy llorando le gritó que ella no tenía la culpa, que había hecho todo lo posible para que su hermano no se llevara el dinero. Pero lo único que lograba era enfurecerlo más. Pero la situación empeoró cuando después de haberla golpeado, entró a su habitación y la vio llorando en su cama con el gato.
-¿Qué chingados es esto? ¿Otra vez con tus putos animales? ¿Qué no entiendes, que no me gustan? ¡Ay, ya estoy harto de tus pendejadas!
-Pero, es que ayer estaba lloviendo muy fuerte y me dio mucha lástima ver que se estaba mojando- dijo sollozando.
-¡Y eso a mí qué me importa! Además, lástima debería darte a ti, por ser una pinche huevona buena para nada, ¿crees que me causa mucha gracia tener que mantener puros huevones? –refunfuñaba mientras cogía al gato del lomo y lo arrojaba por la puerta a la calle.
-¡Nooo! ¿Por qué haces eso?, ¡no te hace nada!
-Y si vuelvo a ver este gato aquí, se los va cargar la chingada… ¡a los dos!, ¿me escuchaste?
Después de aquel incidente, Katy no volvió a saber nada del pequeño gato. Pasó el tiempo, y Gato creció en alguna parte del basurero alimentándose de lo que encontraba. Un buen día volvió a aparecer en la ventana de Katy. Fue una tarde en la que ella estaba sola y al entrar a su habitación, vio un gato negro sentado en la orilla de la ventana.
Comenzó a dejar la ventana abierta para que Gato entrara cuando él quisiera. Se dio una relación muy extraña, todas las noches dormía con ella, pero por las mañanas era rigurosamente sacado por la ventana, antes de que fuera interceptado por el padre de Katy.
Así pasaron los días, hasta que Gato entendió que tenía que salir, y justo cuando la niña despertaba, él ya había desaparecido. El tiempo transcurrió y Katy para ese entonces ya tenía catorce años. Gato ya era enorme y hermoso, prácticamente todo seguía igual, a su edad seguía sin estudiar, trabajaba todavía en la recolecta de papel y cuidaba de la casa y su padre.
Una noche estaba realmente cansada y se fue a dormir temprano, pero era viernes, y como era rutina, esa noche llegó su padre ebrio como a eso de las 12 de la noche con dos amigos y siguieron bebiendo en un intento de sala -improvisando con cuanta artefacto había encontrado en la basura-. Estaban sentados, bebiendo, hablando, riendo, todo era parte de la rutina, pero en eso el padre de Katy se acordó de su difunta esposa y sus ánimos empezaron a bajar. Desde la muerte de su esposa no se volvió a casar, tenía una que otra mujer por ahí, pero nada se concretó.
-Y tu mujercita, ¿On tá? –le preguntó Ramiro.
-Creo que está dormida.
-Pos yo ya mero te empiezo a decir cuñao, ja, ja, ja, ja, digo, pues ya esta en la edad de merecer, o por lo menos arrejuntarse. Mira, no lo veas tan jodido, igual y Susanita se te fue, pero pues ahí tienes a la Katy, que es bien chambeadora.
-Oye cabrón, y nunca has pensado en, pos... tu sabes güey. –comentó intrigosamente el otro amigo.
-¡Cómo crees, pendejo!, ¿Cómo me la voy a coger?, estas enfermo, cabrón, ya ni la chingas.
-Ja, ja, ja, ja, pinche Pepe, eres un cabrón- se río Ramiro por el comentario.
-¡Ohh, pues! Si no quieren, pos no me hagan caso, total ya ando pedo –contestó mientras se acomodaba en la silla tambaleándose.
Pasadas las horas, Ramiro y Pepe se fueron de la casa. El padre de Katy quedó inconsciente sobre la mesa. De pronto despertó, se tambaleó hacia el refrigerador a destapar otra cerveza, dio tragos pronunciados y se volvió a sentar quedando de frente a la puerta de la habitación de su hija. Estuvo inmóvil por un buen rato mirando fijamente la cortina que fungía de puerta. Seguía ebrio. Pensaba en lo cansado que se sentía, no tenía ganas de despertar mañana... ¿Para qué?, si todo va seguir igual.
Empezó a escuchar los comentarios de Pepe como si se hubiera quedado el eco rebotando en su cabeza, cuando de pronto escuchó ruidos en el cuarto de su hija. Se levantó de la silla y aventó la cortina-puerta dejando que la luz de la sala alumbrara el cuarto, se dirigió hacia el catre donde dormía la niña, se acostó a un lado de ella y la abrazó. Después comenzó a descubrirle la playera que usaba de pijama.
Catalina, Sintió que alguien la estaba tocando, se despertó asustada, pero inmediatamente su padre le tapó la boca con una mano, y con la otra, intentó desabrochar su bragueta. Ella se movía desesperada, sus gritos sólo se resumían a simples gemidos, todo esfuerzo era en vano, alzó una mano por debajo del catre intentando buscar algo con que golpear a su padre, y sin querer testereó la caja de Gato.
El gato se despertó, escuchó que había mucho movimiento arriba, por lo que salió de su caja de cartón y vio que un bulto gigantesco jadeaba encima de Katy. El gato se asustó y brincó a una cómoda que estaba de lado de la cama y empezó a maullar fuertemente.
-¡¿Qué chingados fue eso?! –gritó enloquecido aquel hombre. Se levantó de la cama y al prender la luz, vio al gato enfurecido.
-¿Has tenido a ese animalejo todo este tiempo? –le gritó el padre a Katy, mientras ésta lloraba al subir sus pantaletas.
-¡Contesta cuando te hable! –le dijo lanzándole una bofetada.
Gato le brincó encima clavando sus garras en la espalda, el sujeto cogió al felino del lomo y después de arrancarlo de su ropa, lo aventó contra una de las paredes; se abalanzó contra Katy descargando toda su furia… golpeó, gritó, lloró, escupió y la jaloneó del cabello.
Se acomodó el pantalón, se dirigió al refrigerador por otra cerveza y salió de la casa. La niña quedó tirada en el suelo, llorando se arrastró por el cuarto hasta donde estaba Gato, el minino tenía sangre en la boca al igual que ella. Katy lo abrazó y lo acarició mientras él respiraba rápidamente. Gato volteó a verla y suspiró. Pero fue en ese profundo suspiro cuando dejó el cuarto de la niña, y ella agradecida por la dulce ternura que sólo un animal pudo darle, lo besó en su boquita, a pesar de que ya había dejado de existir.
Katy se dejó caer contra el suelo y quedando boca arriba vio el techo de lámina y cartón, dijo sollozando: ¡Déjenme ser libre!, ¡ya no puedo!, ¡ya no quiero!... Lloró hasta que ya no pudo, estaba totalmente cansada y adolorida, a los pocos minutos comenzó a sentir algo de sueño, cerró los ojos pero algo dentro de ella comenzó a desprenderse poco a poco de su cuerpo. Primero se le fueron entumeciendo las piernas, después los brazos, el cuello y al final quedó inconsciente.
Abrió los ojos creyendo que ya había muerto, que estaba en otro lugar. Miró a su alrededor y su cuarto seguía igual pero diferente, se desilusionó pensando que todo había sido un sueño, que sólo se había quedado dormida. Se levantó y después de sacudir su cabeza como si se hubiese mareado, observó que todo se veía más grande, tampoco sentía el dolor de los golpes, los colores se veían extraños y mucho más brillantes, su vista abarcaba muchas más cosas que lo común, como si su ojo se hubiese alargado. Caminó hacia el catre metiéndose debajo de él, miraba el pavimento lleno de polvo y con algunos tiliches que creía perdidos, permaneció ahí por un buen rato, contemplando y pensando.
Por fin se animó a salir, miró toda la habitación y dio un pequeño recorrido, a un costado de la cómoda vio un cuerpo tirado, se dirigió hacia él, olfateó el rostro, lamió un poco de la sangre que había corrido por la nariz y una de las mejillas, se dio la media vuelta, y se escapó por la ventana.
rp