no recuerdo si ya lo comparti en este blog, pero lo volvi a recordar despues de ver a una alma heterogenia que solo me hace debrayarme con sus botas peculiares, rojas y verdes, de esos colores se pintan a veces mis dias....
No se me importa un pito que las mujeres
tengan los senos como magnolias o como pasas de higo;
un cutis de durazno o de papel de lija.
Le doy una importancia igual a cero,
al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco
o con un aliento insecticida.
Soy perfectamente capaz de sorportarles
una nariz que sacaría el primer premio
en una exposición de zanahorias;
¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible- no les perdono,
bajo ningún pretexto, que no sepan volar.
Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!
Ésta fue -y no otra- la razón de que me enamorase,
tan locamente, de María Luisa.
¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos?
¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo
y sus miradas de pronóstico reservado?
¡María Luisa era una verdadera pluma!
Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina,
volaba del comedor a la despensa.
Volando me preparaba el baño, la camisa.
Volando realizaba sus compras, sus quehaceres...
¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando,
de algún paseo por los alrededores!
Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado.
"¡María Luisa! ¡María Luisa!"... y a los pocos segundos,
ya me abrazaba con sus piernas de pluma,
para llevarme, volando, a cualquier parte.
Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia
que nos aproximaba al paraíso;
durante horas enteras nos anidábamos en una nube,
como dos ángeles, y de repente,
en tirabuzón, en hoja muerta,
el aterrizaje forzoso de un espasmo.
¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera...,
aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas!
¡Que voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes...
la de pasarse las noches de un solo vuelo!
Después de conocer una mujer etérea,
¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre?
¿Verdad que no hay diferencia sustancial
entre vivir con una vaca o con una mujer
que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?
Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender
la seducción de una mujer pedestre,
y por más empeño que ponga en concebirlo,
no me es posible ni tan siquiera imaginar
que pueda hacerse el amor más que volando.
Odio la realidad, pero es en el único sitio donde se puede comer un buen filete. Woody Allen
jueves, 3 de noviembre de 2011
Indagar. Sumergirme entre todo este tumultuoso mar, de aquello que envuelve mi pensamiento tanto en el lado de la imaginación como de la racionalidad; he decidido que quiero identificar un movimiento convulso que en algunas ocasiones se manifiesta justo en medio de la boca de mi estómago. Un retortijón que en ocasiones mi «debraye» confunde con la numinosidad que dijo Rudolf Otto –aunque me faltaría la «conexión con el todo» para considerarla como tal-. Creo que esa sensación estomacal se asemeja más a la repulsión que a lo numinoso. Aunque la repugnancia puede considerarse un concepto un tanto peyorativo, también lo «sublime» me genera la misma contracción justo en la misma parte del vientre –y no necesariamente es una sensación negativa-.
El punto es que tengo que aclarar que, justo en este momento mi percepción se desplaza entre lo real y lo onírico; es decir, hay una parte consciente de lo que hace mi cerebro en pro de escribir estas líneas, encontrar ciertas canciones en el productor del iTunes o escuchar claramente lo que sucede en mi entorno: María lava los trastes y Giovanna camina por la sala mientras habla por teléfono. Todo esto, significa que estoy procesando cierta información que se apega a la realidad común.
Pero hay otra parte de mi cerebro que está drogada, que de pronto me hace “querer descubrir cosas” relacionadas con lo que leí hoy; me refiero a cuestiones más abstractas, que me permitan entender conceptos como el «erotismo», «lo sagrado», y el «momento último»; todos ellos, relacionados con mi tesis, que es la materialización de mi más grande morbo. Leer a Bataille me entretuvo tanto, que dejé mis labores del inglés postergadas hasta mañana. Pero el resultado de esa lectura fue, que se volvió a manifestar aquella extraña sensación que involucra a mis vísceras: vomité.
Vomitar me es una labor muy sencilla, aclaro. Podría ser una excelente bulímica, con el simple hecho de mirar el retrete, vomito. Pero mi vómito de la tarde, fue parecido a uno que me sucedió de antaño… Cuando una mujer que la sociedad (o sea un grupo de psiquiatras) etiquetó de “loca” (porque estuvo encerrada en el Zapote por años) me obligó a comer jícama de un plato bastante insalubre. Por no disparar su psicosis o lo que fuere, me comí aquella jícama con tremendo asco; la cual vomité estrepitosamente en un árbol a unas horas de haberla ingerido. Recuerdo haber contado ese suceso a mi psicoanalista, y mientras comentaba con sumo desdén: “¡No me trago sus palabras, yo no le creo que esté loca”!; me miraba mientras acomodaba su manita entre la barbilla para responderme sarcásticamente: “Sí verdad, tan no te tragaste sus palabras que por eso las vomitaste junto con la jícama”.
Hoy vomité otra vez. Con sangre, con asco, con dolor, con angustia.
Pudieron haber sido varios factores. Entre esos, unas imágenes que vi durante la tarde. Y aunque justo al momento del impacto visual, haya relampagueado estrepitosamente en la oficina por tremenda lluvia. Esta imagen que me facilitó internet (Si Bataille viviera actualmente, estaría pegado a la computadora gran parte del día), refiere a un castigo público que hacían en la China de principios del Siglo XX, que lo bautizaron como Cien Pedazos.
¿Por qué 100? Y no quinientos, o mil, o tal vez quince. La verdad es que el número de cortes que le hagan al cuerpo, es lo de menos; de cualquier manera, el objetivo del castigo es que el individuo sufra hasta la agonía pero que su muerte sea paulatina. Lo importante aquí, es que el “monito en cuestión” padezca tanto vivir, al grado de desear con ahínco la muerte y no poder obtenerla.
En otras palabras, pareciera que el peor de los castigos creado por la humanidad para aplicarla sobre ella misma, es: que la vida duela tanto que desees morir desesperadamente, pero justo en ese momento que se lo pides al Universo, no te lo concede. Suena paradójico, cuando creo que generalmente la mayoría evita la muerte a toda costa, quien diría que en ciertos momentos, la muerte podría convertirse en nuestra mejor aliada.
A pesar de que he visto imágenes fuertes en varias formas y formatos: cadáveres de horas, de días, de meses olvidados en el anfiteatro, en películas, en fotografías, hubo algo en esa imagen que causó un estupor. Pero la cuestión aquí, es que al parecer el hecho de que a Bataille le haya generado tanta aberración fue lo que más me predispuso.nv
El punto es que tengo que aclarar que, justo en este momento mi percepción se desplaza entre lo real y lo onírico; es decir, hay una parte consciente de lo que hace mi cerebro en pro de escribir estas líneas, encontrar ciertas canciones en el productor del iTunes o escuchar claramente lo que sucede en mi entorno: María lava los trastes y Giovanna camina por la sala mientras habla por teléfono. Todo esto, significa que estoy procesando cierta información que se apega a la realidad común.
Pero hay otra parte de mi cerebro que está drogada, que de pronto me hace “querer descubrir cosas” relacionadas con lo que leí hoy; me refiero a cuestiones más abstractas, que me permitan entender conceptos como el «erotismo», «lo sagrado», y el «momento último»; todos ellos, relacionados con mi tesis, que es la materialización de mi más grande morbo. Leer a Bataille me entretuvo tanto, que dejé mis labores del inglés postergadas hasta mañana. Pero el resultado de esa lectura fue, que se volvió a manifestar aquella extraña sensación que involucra a mis vísceras: vomité.
Vomitar me es una labor muy sencilla, aclaro. Podría ser una excelente bulímica, con el simple hecho de mirar el retrete, vomito. Pero mi vómito de la tarde, fue parecido a uno que me sucedió de antaño… Cuando una mujer que la sociedad (o sea un grupo de psiquiatras) etiquetó de “loca” (porque estuvo encerrada en el Zapote por años) me obligó a comer jícama de un plato bastante insalubre. Por no disparar su psicosis o lo que fuere, me comí aquella jícama con tremendo asco; la cual vomité estrepitosamente en un árbol a unas horas de haberla ingerido. Recuerdo haber contado ese suceso a mi psicoanalista, y mientras comentaba con sumo desdén: “¡No me trago sus palabras, yo no le creo que esté loca”!; me miraba mientras acomodaba su manita entre la barbilla para responderme sarcásticamente: “Sí verdad, tan no te tragaste sus palabras que por eso las vomitaste junto con la jícama”.
Hoy vomité otra vez. Con sangre, con asco, con dolor, con angustia.
Pudieron haber sido varios factores. Entre esos, unas imágenes que vi durante la tarde. Y aunque justo al momento del impacto visual, haya relampagueado estrepitosamente en la oficina por tremenda lluvia. Esta imagen que me facilitó internet (Si Bataille viviera actualmente, estaría pegado a la computadora gran parte del día), refiere a un castigo público que hacían en la China de principios del Siglo XX, que lo bautizaron como Cien Pedazos.
¿Por qué 100? Y no quinientos, o mil, o tal vez quince. La verdad es que el número de cortes que le hagan al cuerpo, es lo de menos; de cualquier manera, el objetivo del castigo es que el individuo sufra hasta la agonía pero que su muerte sea paulatina. Lo importante aquí, es que el “monito en cuestión” padezca tanto vivir, al grado de desear con ahínco la muerte y no poder obtenerla.
En otras palabras, pareciera que el peor de los castigos creado por la humanidad para aplicarla sobre ella misma, es: que la vida duela tanto que desees morir desesperadamente, pero justo en ese momento que se lo pides al Universo, no te lo concede. Suena paradójico, cuando creo que generalmente la mayoría evita la muerte a toda costa, quien diría que en ciertos momentos, la muerte podría convertirse en nuestra mejor aliada.
A pesar de que he visto imágenes fuertes en varias formas y formatos: cadáveres de horas, de días, de meses olvidados en el anfiteatro, en películas, en fotografías, hubo algo en esa imagen que causó un estupor. Pero la cuestión aquí, es que al parecer el hecho de que a Bataille le haya generado tanta aberración fue lo que más me predispuso.nv
Recordé que hace 5 años escribí un post en donde manifestaba mi gran inconformidad de que mi vagina sangrara. Hoy después de todos estos años, me doy cuenta, que mi problema no es precisamente con ella, sino con mi útero. Estoy enojada con él porque me hace sentir esclavizada. Al parecer tenemos una pésima relación, tan es así, que a pesar de mi fuerte actividad sexual, que he dejado de fumar considerablemente de cuando comencé a mis incipientes 11 años, me sigue castigando con una estúpida disminorrea que me vuelve loca.
¡Me castiga porque no quiero hijos! Es lo que surge en mi cabeza, en ocasiones cuando el dolor es muy fuerte. Voy en contra de mi naturaleza, es cierto, cuando tengo sexo lo que menos tengo en mente es reproducirme, por eso es una bendición ser lesbiana, puedes coger y coger y nunca sales embarazada.
Hoy después de años, recuerdo estar enojada con mi útero; me estropeó uno de los planes más importantes que he tenido en estos últimos meses, además del resto de situaciones desagradables que me hace pasar. Odio cuando parezco vaca Kosher y amanezco en una mancha de sangre (por más toalla nocturna que me ponga). Odio cuando se me inflama todo por dentro y no puedo ni siquiera evacuar en santa paz. Me retuercen las punzadas que me dan en el ano cuando intento sentarme. Y sobre todo, me emputa que la gente me diga que no se me va a quitar hasta que no tenga un hijo.
Me lo quiero quitar… quiero mirarlo en un recipiente metálico, escurriendo su sangrita, y decirle: sigo siendo mujer aunque no produzca hijos, cómo ves. Y parece que me escucha, porque conforme estoy escribiendo este cúmulo de veneno del coraje que traigo, me punza al grado de retorcerme en la silla, y me orilla a decir: Maldita sea mi estirpe sanguinolenta... Debería ser esto voluntario, ¡mierda!
¡Arggg! No importa cuánto ketorolako ingiera, cuánto me drogue haciendo cócteles de ibuprofeno, naproxeno, y todo lo que encuentre a mi alrededor… los estúpidos cólicos son sus pequeños secuaces. En ocasiones he soñado que meto la mano a mi orificio y lo extirpo de un jalón, como cuando arranco la plaga que sale alrededor de mis plantas. Pero no deja de ser sólo una fantasía, un anhelo. De verdad, me hubiera encantado que la naturaleza de mi cuerpo no necesitara de este tipo de procedimientos para reproducirse, es más, me pesa que la reproducción sea algo impuesto por la vida y no se efectúe de manera voluntaria.
Estoy muy enojada con mi útero, tanto que hoy dije como cincuenta veces que lo odiaba con toda la víscera que pueda haber de por medio. Espero que algún día mejoremos nuestra relación, de lo contrario tendré que ahorrar una suma considerable para poder despedirme de él por el resto de lo que me queda de vida. Por lo pronto, tengo que ir ginecólogo para que me diga cómo controlar la voracidad de sus colmillos afilados, de lo contrario, terminaré en cualquier momento tirada en el suelo por haber intentado arrancarlo con mis manos. NV
¡Me castiga porque no quiero hijos! Es lo que surge en mi cabeza, en ocasiones cuando el dolor es muy fuerte. Voy en contra de mi naturaleza, es cierto, cuando tengo sexo lo que menos tengo en mente es reproducirme, por eso es una bendición ser lesbiana, puedes coger y coger y nunca sales embarazada.
Hoy después de años, recuerdo estar enojada con mi útero; me estropeó uno de los planes más importantes que he tenido en estos últimos meses, además del resto de situaciones desagradables que me hace pasar. Odio cuando parezco vaca Kosher y amanezco en una mancha de sangre (por más toalla nocturna que me ponga). Odio cuando se me inflama todo por dentro y no puedo ni siquiera evacuar en santa paz. Me retuercen las punzadas que me dan en el ano cuando intento sentarme. Y sobre todo, me emputa que la gente me diga que no se me va a quitar hasta que no tenga un hijo.
Me lo quiero quitar… quiero mirarlo en un recipiente metálico, escurriendo su sangrita, y decirle: sigo siendo mujer aunque no produzca hijos, cómo ves. Y parece que me escucha, porque conforme estoy escribiendo este cúmulo de veneno del coraje que traigo, me punza al grado de retorcerme en la silla, y me orilla a decir: Maldita sea mi estirpe sanguinolenta... Debería ser esto voluntario, ¡mierda!
¡Arggg! No importa cuánto ketorolako ingiera, cuánto me drogue haciendo cócteles de ibuprofeno, naproxeno, y todo lo que encuentre a mi alrededor… los estúpidos cólicos son sus pequeños secuaces. En ocasiones he soñado que meto la mano a mi orificio y lo extirpo de un jalón, como cuando arranco la plaga que sale alrededor de mis plantas. Pero no deja de ser sólo una fantasía, un anhelo. De verdad, me hubiera encantado que la naturaleza de mi cuerpo no necesitara de este tipo de procedimientos para reproducirse, es más, me pesa que la reproducción sea algo impuesto por la vida y no se efectúe de manera voluntaria.
Estoy muy enojada con mi útero, tanto que hoy dije como cincuenta veces que lo odiaba con toda la víscera que pueda haber de por medio. Espero que algún día mejoremos nuestra relación, de lo contrario tendré que ahorrar una suma considerable para poder despedirme de él por el resto de lo que me queda de vida. Por lo pronto, tengo que ir ginecólogo para que me diga cómo controlar la voracidad de sus colmillos afilados, de lo contrario, terminaré en cualquier momento tirada en el suelo por haber intentado arrancarlo con mis manos. NV
jueves, 16 de junio de 2011
Pensé en ti....
En psicoanálisis, estuvimos analizando la relación que tiene la psique y la sociedad dentro de un contexto, de un tiempo y esto se refiere mas a un tipo de sociedad distinta a la de ahora. Y entonces en mis chaquetas mentales pensé que Yo tengo un novio mexica y me pregunte....el por qué de la conquista a Tenochtitlán, el por qué tantos guerreros mexicas y pocos españoles y aun así pudieron conquistarlos. Todo se reducía a que las significaciones imaginarias sociales que tenían los mexicas eran muy diferentes a los españoles y esto fue un Bum para los conquistados.
Era una sociedad donde sublimaban su entorno y lo consagraban en su religiosidad. Esta sublimación hacia a que sus pulsiones sexuales o mejor dicho biológicas, no tuvieran que ser reprimidas y así no causarles una enfermedad psicológica, ellos gracias a su modelos identifica torios que era la Naturaleza como lo decía el Popol vhu eran hechos del maíz y su imaginario de la psique hacia a que sublimaran todo lo que tenían alrededor y hacían a que sus bajas pasiones las desfogaban en el placer de inmortalizar la naturaleza.
Tenían la fantasía que corresponde también a esta sublimación de lo se asombraban ante sus ojos, tantos dioses y la mayoría relacionados a la vida y a la muerte, enseñanzas de la madre naturaleza.
El deseo de vivir intensamente como guerreros y así consagrarse inmortales como sus dioses para que después de la muerte acompañar al sol o a la luna o algún simbolismo de identificación como objetos de sublimación de su psique.
Por eso parte de la conquista no fue la fuerza, ni el poder, ni la autoridad y la sumisión, fue el impacto psicológico de sus modelos identifica torios que los mexicas tenían de su vida de excesiva sublimación de lo más hermoso de la vida que era la naturaleza, esos sentimientos instituidos como algo sagrado e inmortal que tenían sus roles de vida ante la barbaridad del español ante sus ojos.
Bueno hoy como veras pensé mucho en ti. No se mucho del tema pero es lo que pensé.
Ahora entiendo, internalice tu amor por los mexicas, y no es hacerlos las víctimas, pero si el impacto psicológico de nada mas imaginarlo me da escalofríos.
En psicoanálisis, estuvimos analizando la relación que tiene la psique y la sociedad dentro de un contexto, de un tiempo y esto se refiere mas a un tipo de sociedad distinta a la de ahora. Y entonces en mis chaquetas mentales pensé que Yo tengo un novio mexica y me pregunte....el por qué de la conquista a Tenochtitlán, el por qué tantos guerreros mexicas y pocos españoles y aun así pudieron conquistarlos. Todo se reducía a que las significaciones imaginarias sociales que tenían los mexicas eran muy diferentes a los españoles y esto fue un Bum para los conquistados.
Era una sociedad donde sublimaban su entorno y lo consagraban en su religiosidad. Esta sublimación hacia a que sus pulsiones sexuales o mejor dicho biológicas, no tuvieran que ser reprimidas y así no causarles una enfermedad psicológica, ellos gracias a su modelos identifica torios que era la Naturaleza como lo decía el Popol vhu eran hechos del maíz y su imaginario de la psique hacia a que sublimaran todo lo que tenían alrededor y hacían a que sus bajas pasiones las desfogaban en el placer de inmortalizar la naturaleza.
Tenían la fantasía que corresponde también a esta sublimación de lo se asombraban ante sus ojos, tantos dioses y la mayoría relacionados a la vida y a la muerte, enseñanzas de la madre naturaleza.
El deseo de vivir intensamente como guerreros y así consagrarse inmortales como sus dioses para que después de la muerte acompañar al sol o a la luna o algún simbolismo de identificación como objetos de sublimación de su psique.
Por eso parte de la conquista no fue la fuerza, ni el poder, ni la autoridad y la sumisión, fue el impacto psicológico de sus modelos identifica torios que los mexicas tenían de su vida de excesiva sublimación de lo más hermoso de la vida que era la naturaleza, esos sentimientos instituidos como algo sagrado e inmortal que tenían sus roles de vida ante la barbaridad del español ante sus ojos.
Bueno hoy como veras pensé mucho en ti. No se mucho del tema pero es lo que pensé.
Ahora entiendo, internalice tu amor por los mexicas, y no es hacerlos las víctimas, pero si el impacto psicológico de nada mas imaginarlo me da escalofríos.
lunes, 13 de junio de 2011
Gts d miel, (la ninfa vouyerista)
Caminaba muy pensativa con una bolsa de plástico en la mano, se detuvo a mirar un letrero en la esquina: “Callejón del Diablo”, era el nombre de la calle; siempre le había parecido una extraña coincidencia que la persona que visitaba viviera en una calle denominada así. Transitó por la acera hasta llegar a una puerta de madera muy gruesa con una aldaba antigua de león, miró detenidamente alrededor, observó la cámara y encontró justo a un costado el interfón; después de pulsar el timbre escuchó la voz de una mujer joven que le preguntó muy seriamente: “¿A quién buscas?”.
Se abrió la puerta, entró empujando un poco y luego siguió el camino de piedra que se abría a un costado de la casa, el camino la llevó a unas escaleras que finalizaban en un jardín tan grande que parecía barranco; el clima era cada vez más fresco y con árboles muy altos, bajó hasta llegar a un tapanco con muchas hojas de palma. Salió una joven mozuela a recibirla y le solicitó sentarse en una silla en lo que esperaba su turno.
Por fin mencionaron su nombre y le indicaron descender nuevamente unos escalones mucho más angostos, internándola entre la vegetación del jardín. Llegó a una choza la cual presumía una tela colgante haciendo las veces de puerta, abrió la cortina y vio a un hombre sentado en un banco casi al ras del suelo, vestía un pantalón holgado y una camisa muy suelta, lucía un gorro africano y su cuello destacaba invadido de collares de cuentas de colores. A un costado de él se encontraban unas calderas con estacas, palos, palmas, machetes; muñecos muy extraños; piedras en forma de caras con ojos y boca simulados con conchas; manojos de papel con plumas, una cabeza de gallo, sangre y ron. El olor que envolvía la atmósfera de ese lugar era penetrante, entre agradable por la combinación del humo del puro pero al mismo tiempo intimidante.
-Siéntate, mi cielo –dijo el hombre- Quiero que me apuntes tu nombre completo y tu fecha de nacimiento, tal como aparece en tu acta. Te vas a quedar descalza y te pones aquí.
-Traigo todas las cosas que me dijiste. –dijo la joven mientras ponía la bolsa de plástico sobre el suelo.
-Muy bien, mi niña. Entonces, vamos viendo qué te marca.
Aquel hombre tomó los chamalongos con una mano y los aventó hacia arriba dejándolos caer libremente sobre la piel de venado que había en el suelo; le pidió a la chica que cerrara los ojos y se movió alrededor de ella hablando en lengua yoruba. Le tocó ambas manos, la cabeza y los pies con las corazas de coco, la acarició ligeramente por la espalda haciéndola sentir un ligero escalofrío. Un vaho envolvió su cuerpo provocando un extraño cosquilleo, su mente se dividía entre el asombro y el proceso de racionalizar todo lo que sucedía en su exterior, quería abrir los ojos pero no podía, como si una fuerza los mantuviera cerrados. El olor a ron, sangre y puro le generaba excitación; las imágenes de aquellas ollas con clavos enormes y piedras sangradas seguían circulando por su cabeza. Se escuchaba el azote de las cáscaras de coco una y otra vez, y palabras extrañas que no podía comprender: “Sa mansa, Elleife, san tembo, Alafia”.
-Mi niña, necesitamos otro tipo de trabajo para lo que tú quieres.
-¿Necesitas que traiga más cosas?
-Sí, y necesito algo muy particularmente tuyo. Algo muy íntimo, vamos a trabajar con Oshún.
-¡Mmmh!, Íntimo… ¿Calzones? –preguntó dudosa.
-Sí, ¿Puedes comprar unos de color púrpura?
-Tengo unas tangas.
-Excelente. Pero no sólo son los calzoncitos, necesito también de tus fluidos.
-¡Oh! ¿Tengo que guardar mis fluidos en algún recipiente?
-Pero tiene que ser al instante.
-¿Y eso qué significa?... ¿Me vas a coger? –preguntó sorprendida.
-No me refiero exactamente a eso.
-Es que no entiendo, explícame despacio. Tengo que traerte unos calzones púrpuras con mi esencia, aparte necesitas mis fluidos recién salidos producto de la excitación. Sólo que el problema es, que no me gustan los hombres ni las vergas.
-No tengo que ser yo, puede ser una mujer que te excite y guarde todo lo que salga de tu vagina.
-Bueno, si es una mujer no tengo problema, pero si eres tú, sí.
-Relájate, yo sólo haré la ceremonia. Entonces, tú dime cuándo puedes, porque tiene que ser de preferencia en la noche. Mi novia será la que me ayude, para que te sientas con más confianza.
-Este fin de semana puedo.
-Perfecto.
-¿Qué tengo que llevar?
-Yo llevo todo. –Dijo él con una sonrisa torcida.
-Me das miedo. –Contestó ella con expresión pícara.
-Verás que te irá muy bien.
Mientras esperaba sentada en la terraza a que pasaran a buscarla, dudó en lo que el señor Brujo le había dicho, la paranoia se apoderó de su mente y dando rienda suelta a la imaginación supuso que todo era una farsa para cogérsela entre varias personas. Se levantó y fue al baño a mirarse, se veía linda con su falda, sus calzones púrpuras debajo y una blusa de botones. Se polveó nuevamente la cara y se untó una capa más de brillo sobre los labios. Se escuchó a lo lejos el timbre del celular, suspiró y salió del baño para tomar su bolso e irse.
Un Volvo negro la aguardaba estacionado a la entrada de su casa, se encontraba una mujer rubia de copiloto volteando hacia la puerta; el Brujo parecía transformado totalmente, portaba una camisa negra, el cabello suelto y unos lentes oscuros. La puerta cerró y el auto arrancó. Cenaron en un restaurante y bebieron dos botellas de vino tinto, al terminar se dirigieron a una casa con muy pocos muebles en donde era evidente que nadie vivía. Subieron las escaleras; una de las habitaciones lucía amueblada, tenía un tocador con un espejo enorme, una cama king size, y un baño con ducha y tina. El Brujo prendió la luz y comenzó a colocar todos los insumos sobre el tocador, prendiendo las velas una por una y colocando una serie de objetos.
La mujer rubia no ocultaba su nerviosismo a pesar de experimentar los efectos del vino tinto, se sentó en una orilla de la cama a mirar lo que hacía su pareja mientras la otra chica se aventó por completo boca abajo intentando mentalizarse en que debía dejar las cosas fluir; su falda había quedado ligeramente levantada dejando entrever sus largas piernas. Una vez que terminó de acomodar todo, el Brujo volteó hacia las dos mujeres y les sugirió que se relajaran un poco más: “Si quieren fumar marihuana para relajarse, no hay problema”.
Fumaron las dos del porro, la rubia le sonrió a la otra chica, y ésta en respuesta aspiró hasta llenar completamente sus pulmones, tomó a la rubia del cuello para besarla e introducirle todo el humo de la marihuana. Comenzaron a besarse lentamente, el Brujo dio inicio a su lengua desconocida mientras la chica en cuestión desvestía a la mujer rubia apasionadamente hasta desnudarla por completo; la acomodó en la orilla de la cama, le separó las piernas y comenzó a lamer suavemente su vagina. La rubia tomaba con sus manos el cabello de aquella mujer que le parecía demasiado joven como para estarle haciendo un oral tan intenso. Lentamente la pasión entre ambas brotaba, haciendo que la mujer desnudara a la jovencita, dejándola únicamente con sus calzones púrpuras: “Chúpale todo y déjala bien mojada” –dijo el Brujo con expresión seria pero evidenciando lujuria.
El objetivo se cumplió, la joven empezó a excitarse demasiado; entretanto la rubia tomó el control de la situación, con una mano acariciaba su cabello mientras le decía cosas dulces al oído, y con la otra comenzó a masturbarla para que lubricara totalmente. El calzón iba cambiando a un color más oscuro, la humedad era cada vez más intensa. De pronto, la chica tomó a la rubia de una mano y la jaló hacia ella pidiéndole que se montara en su vientre. La mujer rubia se movía circularmente entre la pelvis de la joven, tocándose las tetas y lamiendo sus labios y el filo de sus dientes, se levantó un poco y rozó con sus dedos medios la comisura de las ingles, dejando un espacio para que la jovencita pudiera masturbarse.
Sintió su primer orgasmo pero ella seguía caliente, se abalanzó sobre aquella mujer tan estilizada, de largo cabello rubio y tan lacio como hilo; olfateó cada rincón de su cuerpo, llegando al cuello le dijo: “quiero cogerte, ¿tú quieres?”. Recorrió sus manos por todo el vientre hasta llegar a la pelvis frotando suavemente el clítoris humedecido, la rubia se asió de su cuerpo y la giró quedando ella boca arriba ubicándose estratégicamente justo frente al espejo del tocador. Chupó los pezones de la jovencita al mismo tiempo que sus ojos miraban obscenamente a su hombre sentado mirando muy atentamente cada uno de sus movimientos; ella le sonrió retorcidamente mientras bajaba lentamente por el abdomen de la chica hasta llegar a su vagina.
El Brujo cruzó la pierna y tomó la caja de cerillas del tocador para encender su puro, contempló aquella danza fémina entre su mujer y la joven. Todo el escenario en conjunto era intenso; los gemidos y el morbo de ver a su novia excitada por una mujer, además de esa chica que cogía con una soltura tan desinhibida a pesar de saberse observada, le hicieron sentir cómo su miembro se hinchaba mientras su novia se había vuelto completamente loca al experimentar la pasión y el deseo de comerse una vagina. Fue abriendo su bragueta y lentamente sacó su enorme miembro, frotó pausadamente la cabeza mientras veía un par de nalgas subir y bajar cuando las dos mujeres se hacían un mutuo oral en posición 69. Restregó frenéticamente su pene hasta ponerlo regio como un fuste, se paró justo a un lado de ellas viéndolas detenidamente. Las mujeres seguían tocándose y metiéndose dedos por todos los orificios posibles, se evidenciaba una conexión muy fuerte, una euforia incontenible, deseaban seguir friccionando sus cuerpos hasta que la joven decidió montarse sobre la rubia y frotarse encima de ella logrando soltar aquellos líquidos torrenciales entre sus senos mientras miraba fijamente al Brujo masturbarse frente a ellas.
La joven chica experimentó una extraña sensación en su cuerpo, se dejó caer hacia atrás quedado inmóvil y agotada, sus bragas le fueron retiradas por el Brujo quien las colocó en un recipiente con varias sustancias y objetos; después él se recostó a un lado de la jovencita con un bote de miel y acomodó su oscuro cabello de lado mientras murmuraba en tono muy bajo algunas palabras en su lengua santera, metió un par de dedos en la miel y comenzó a embarrar el cuerpo de la chica y esparcirla por sus senos, el cuello, el abdomen, la pelvis, las piernas: “Llénate toda, cubre todo tu cuerpo hasta los dedos de los pies”.
La cargó hasta la tina del baño, decorado con velas e inciensos, la chica esparció la miel por todo su cuerpo repitiendo las palabras que le dijo el Brujo. La miel goteaba en la bañera, sus dedos resbalaban por su piel provocándole una sensación deliciosa. El Brujo le acercó el recipiente que contenía sus bragas junto con flores y piedras, la jovencita exprimió toda la miel vertida de su cuerpo sobre el recipiente hasta llenarlo: “Mejor no pudo haber sido”, exclamó el hombre tocando la barbilla de la joven. El Brujo salió por la puerta dejándola sola, ella miró detenidamente su alrededor, la luz de las velas provocaban un estado de relajación, llenó la tina mientras se soltaba el cabello y acercaba una toalla, escuchó gemidos en el cuarto, se sambutió en el agua y se quedó un rato escuchando al Brujo y su novia coger intensamente. Se lavó el cuerpo y el cabello, se acomodó en la tina, cerró los ojos y sonrió. Ella sabía que a partir de esa noche, había dado un giro radical a su vida. Secó su cuerpo y el cabello con la toalla, después la envolvió en su cadera, metió sus dedos en la miel que había en el frasco para olfatearla y saborearla, sacudió su cabellera, giró la manija de la puerta y salió a integrarse nuevamente con sus acompañantes.
L.N.V.
Se abrió la puerta, entró empujando un poco y luego siguió el camino de piedra que se abría a un costado de la casa, el camino la llevó a unas escaleras que finalizaban en un jardín tan grande que parecía barranco; el clima era cada vez más fresco y con árboles muy altos, bajó hasta llegar a un tapanco con muchas hojas de palma. Salió una joven mozuela a recibirla y le solicitó sentarse en una silla en lo que esperaba su turno.
Por fin mencionaron su nombre y le indicaron descender nuevamente unos escalones mucho más angostos, internándola entre la vegetación del jardín. Llegó a una choza la cual presumía una tela colgante haciendo las veces de puerta, abrió la cortina y vio a un hombre sentado en un banco casi al ras del suelo, vestía un pantalón holgado y una camisa muy suelta, lucía un gorro africano y su cuello destacaba invadido de collares de cuentas de colores. A un costado de él se encontraban unas calderas con estacas, palos, palmas, machetes; muñecos muy extraños; piedras en forma de caras con ojos y boca simulados con conchas; manojos de papel con plumas, una cabeza de gallo, sangre y ron. El olor que envolvía la atmósfera de ese lugar era penetrante, entre agradable por la combinación del humo del puro pero al mismo tiempo intimidante.
-Siéntate, mi cielo –dijo el hombre- Quiero que me apuntes tu nombre completo y tu fecha de nacimiento, tal como aparece en tu acta. Te vas a quedar descalza y te pones aquí.
-Traigo todas las cosas que me dijiste. –dijo la joven mientras ponía la bolsa de plástico sobre el suelo.
-Muy bien, mi niña. Entonces, vamos viendo qué te marca.
Aquel hombre tomó los chamalongos con una mano y los aventó hacia arriba dejándolos caer libremente sobre la piel de venado que había en el suelo; le pidió a la chica que cerrara los ojos y se movió alrededor de ella hablando en lengua yoruba. Le tocó ambas manos, la cabeza y los pies con las corazas de coco, la acarició ligeramente por la espalda haciéndola sentir un ligero escalofrío. Un vaho envolvió su cuerpo provocando un extraño cosquilleo, su mente se dividía entre el asombro y el proceso de racionalizar todo lo que sucedía en su exterior, quería abrir los ojos pero no podía, como si una fuerza los mantuviera cerrados. El olor a ron, sangre y puro le generaba excitación; las imágenes de aquellas ollas con clavos enormes y piedras sangradas seguían circulando por su cabeza. Se escuchaba el azote de las cáscaras de coco una y otra vez, y palabras extrañas que no podía comprender: “Sa mansa, Elleife, san tembo, Alafia”.
-Mi niña, necesitamos otro tipo de trabajo para lo que tú quieres.
-¿Necesitas que traiga más cosas?
-Sí, y necesito algo muy particularmente tuyo. Algo muy íntimo, vamos a trabajar con Oshún.
-¡Mmmh!, Íntimo… ¿Calzones? –preguntó dudosa.
-Sí, ¿Puedes comprar unos de color púrpura?
-Tengo unas tangas.
-Excelente. Pero no sólo son los calzoncitos, necesito también de tus fluidos.
-¡Oh! ¿Tengo que guardar mis fluidos en algún recipiente?
-Pero tiene que ser al instante.
-¿Y eso qué significa?... ¿Me vas a coger? –preguntó sorprendida.
-No me refiero exactamente a eso.
-Es que no entiendo, explícame despacio. Tengo que traerte unos calzones púrpuras con mi esencia, aparte necesitas mis fluidos recién salidos producto de la excitación. Sólo que el problema es, que no me gustan los hombres ni las vergas.
-No tengo que ser yo, puede ser una mujer que te excite y guarde todo lo que salga de tu vagina.
-Bueno, si es una mujer no tengo problema, pero si eres tú, sí.
-Relájate, yo sólo haré la ceremonia. Entonces, tú dime cuándo puedes, porque tiene que ser de preferencia en la noche. Mi novia será la que me ayude, para que te sientas con más confianza.
-Este fin de semana puedo.
-Perfecto.
-¿Qué tengo que llevar?
-Yo llevo todo. –Dijo él con una sonrisa torcida.
-Me das miedo. –Contestó ella con expresión pícara.
-Verás que te irá muy bien.
Mientras esperaba sentada en la terraza a que pasaran a buscarla, dudó en lo que el señor Brujo le había dicho, la paranoia se apoderó de su mente y dando rienda suelta a la imaginación supuso que todo era una farsa para cogérsela entre varias personas. Se levantó y fue al baño a mirarse, se veía linda con su falda, sus calzones púrpuras debajo y una blusa de botones. Se polveó nuevamente la cara y se untó una capa más de brillo sobre los labios. Se escuchó a lo lejos el timbre del celular, suspiró y salió del baño para tomar su bolso e irse.
Un Volvo negro la aguardaba estacionado a la entrada de su casa, se encontraba una mujer rubia de copiloto volteando hacia la puerta; el Brujo parecía transformado totalmente, portaba una camisa negra, el cabello suelto y unos lentes oscuros. La puerta cerró y el auto arrancó. Cenaron en un restaurante y bebieron dos botellas de vino tinto, al terminar se dirigieron a una casa con muy pocos muebles en donde era evidente que nadie vivía. Subieron las escaleras; una de las habitaciones lucía amueblada, tenía un tocador con un espejo enorme, una cama king size, y un baño con ducha y tina. El Brujo prendió la luz y comenzó a colocar todos los insumos sobre el tocador, prendiendo las velas una por una y colocando una serie de objetos.
La mujer rubia no ocultaba su nerviosismo a pesar de experimentar los efectos del vino tinto, se sentó en una orilla de la cama a mirar lo que hacía su pareja mientras la otra chica se aventó por completo boca abajo intentando mentalizarse en que debía dejar las cosas fluir; su falda había quedado ligeramente levantada dejando entrever sus largas piernas. Una vez que terminó de acomodar todo, el Brujo volteó hacia las dos mujeres y les sugirió que se relajaran un poco más: “Si quieren fumar marihuana para relajarse, no hay problema”.
Fumaron las dos del porro, la rubia le sonrió a la otra chica, y ésta en respuesta aspiró hasta llenar completamente sus pulmones, tomó a la rubia del cuello para besarla e introducirle todo el humo de la marihuana. Comenzaron a besarse lentamente, el Brujo dio inicio a su lengua desconocida mientras la chica en cuestión desvestía a la mujer rubia apasionadamente hasta desnudarla por completo; la acomodó en la orilla de la cama, le separó las piernas y comenzó a lamer suavemente su vagina. La rubia tomaba con sus manos el cabello de aquella mujer que le parecía demasiado joven como para estarle haciendo un oral tan intenso. Lentamente la pasión entre ambas brotaba, haciendo que la mujer desnudara a la jovencita, dejándola únicamente con sus calzones púrpuras: “Chúpale todo y déjala bien mojada” –dijo el Brujo con expresión seria pero evidenciando lujuria.
El objetivo se cumplió, la joven empezó a excitarse demasiado; entretanto la rubia tomó el control de la situación, con una mano acariciaba su cabello mientras le decía cosas dulces al oído, y con la otra comenzó a masturbarla para que lubricara totalmente. El calzón iba cambiando a un color más oscuro, la humedad era cada vez más intensa. De pronto, la chica tomó a la rubia de una mano y la jaló hacia ella pidiéndole que se montara en su vientre. La mujer rubia se movía circularmente entre la pelvis de la joven, tocándose las tetas y lamiendo sus labios y el filo de sus dientes, se levantó un poco y rozó con sus dedos medios la comisura de las ingles, dejando un espacio para que la jovencita pudiera masturbarse.
Sintió su primer orgasmo pero ella seguía caliente, se abalanzó sobre aquella mujer tan estilizada, de largo cabello rubio y tan lacio como hilo; olfateó cada rincón de su cuerpo, llegando al cuello le dijo: “quiero cogerte, ¿tú quieres?”. Recorrió sus manos por todo el vientre hasta llegar a la pelvis frotando suavemente el clítoris humedecido, la rubia se asió de su cuerpo y la giró quedando ella boca arriba ubicándose estratégicamente justo frente al espejo del tocador. Chupó los pezones de la jovencita al mismo tiempo que sus ojos miraban obscenamente a su hombre sentado mirando muy atentamente cada uno de sus movimientos; ella le sonrió retorcidamente mientras bajaba lentamente por el abdomen de la chica hasta llegar a su vagina.
El Brujo cruzó la pierna y tomó la caja de cerillas del tocador para encender su puro, contempló aquella danza fémina entre su mujer y la joven. Todo el escenario en conjunto era intenso; los gemidos y el morbo de ver a su novia excitada por una mujer, además de esa chica que cogía con una soltura tan desinhibida a pesar de saberse observada, le hicieron sentir cómo su miembro se hinchaba mientras su novia se había vuelto completamente loca al experimentar la pasión y el deseo de comerse una vagina. Fue abriendo su bragueta y lentamente sacó su enorme miembro, frotó pausadamente la cabeza mientras veía un par de nalgas subir y bajar cuando las dos mujeres se hacían un mutuo oral en posición 69. Restregó frenéticamente su pene hasta ponerlo regio como un fuste, se paró justo a un lado de ellas viéndolas detenidamente. Las mujeres seguían tocándose y metiéndose dedos por todos los orificios posibles, se evidenciaba una conexión muy fuerte, una euforia incontenible, deseaban seguir friccionando sus cuerpos hasta que la joven decidió montarse sobre la rubia y frotarse encima de ella logrando soltar aquellos líquidos torrenciales entre sus senos mientras miraba fijamente al Brujo masturbarse frente a ellas.
La joven chica experimentó una extraña sensación en su cuerpo, se dejó caer hacia atrás quedado inmóvil y agotada, sus bragas le fueron retiradas por el Brujo quien las colocó en un recipiente con varias sustancias y objetos; después él se recostó a un lado de la jovencita con un bote de miel y acomodó su oscuro cabello de lado mientras murmuraba en tono muy bajo algunas palabras en su lengua santera, metió un par de dedos en la miel y comenzó a embarrar el cuerpo de la chica y esparcirla por sus senos, el cuello, el abdomen, la pelvis, las piernas: “Llénate toda, cubre todo tu cuerpo hasta los dedos de los pies”.
La cargó hasta la tina del baño, decorado con velas e inciensos, la chica esparció la miel por todo su cuerpo repitiendo las palabras que le dijo el Brujo. La miel goteaba en la bañera, sus dedos resbalaban por su piel provocándole una sensación deliciosa. El Brujo le acercó el recipiente que contenía sus bragas junto con flores y piedras, la jovencita exprimió toda la miel vertida de su cuerpo sobre el recipiente hasta llenarlo: “Mejor no pudo haber sido”, exclamó el hombre tocando la barbilla de la joven. El Brujo salió por la puerta dejándola sola, ella miró detenidamente su alrededor, la luz de las velas provocaban un estado de relajación, llenó la tina mientras se soltaba el cabello y acercaba una toalla, escuchó gemidos en el cuarto, se sambutió en el agua y se quedó un rato escuchando al Brujo y su novia coger intensamente. Se lavó el cuerpo y el cabello, se acomodó en la tina, cerró los ojos y sonrió. Ella sabía que a partir de esa noche, había dado un giro radical a su vida. Secó su cuerpo y el cabello con la toalla, después la envolvió en su cadera, metió sus dedos en la miel que había en el frasco para olfatearla y saborearla, sacudió su cabellera, giró la manija de la puerta y salió a integrarse nuevamente con sus acompañantes.
L.N.V.
.....
Llegó por mí en una camioneta roja, marcó a mi celular y colgó. Tomé mis cosas y bajé las escaleras corriendo, abrí la puerta y me acomodé en el auto. Desde el primer beso de saludo tuve la sensación de que esa noche sería intensa. Llegamos a la fiesta. Subimos las escaleras de madera y entramos al bar; como siempre, había algunas tantas caras conocidas y otras nuevas. Nos sentamos en la barra y pedimos un whisky de litro, prendí mi cigarro y di un sorbo a mi bebida. Se acercó Imelda a saludar, teníamos mucho sin vernos, nos dimos un abrazo efusivo y le presenté a Karla. Después de llevar charlando varios minutos, Karla comenzó a meter sus dedos por debajo de mi blusa de manera muy discreta, sobó con la punta de su dedo una a una las vertebras de mi espina dorsal. Encontró el broche del brassiere y recorrió el resorte hasta llegar debajo de mi axila. Imelda notó mi expresión de sorpresa, sentí como se detenía la punta del dedo justo en la comisura del brazo, una fuerte sensación de cosquillas me estremeció. Seguimos platicando hasta que Ximena se unió para saludar a Imelda, intercambiaron unas cuantas palabras mientras Karla me toma de la mano y me acerca a su boca:
-¿No quieres ir a comprar unos cigarros? –dijo con tono suave.
-Todavía me quedan unos, ¿por qué?- pregunté.
-Pero se terminarán pronto, podría secuestrarte un momento y acompañarte a la tienda a comprar cigarros.
-Ya veo tu interés de salir a comprar cigarros.
-Será algo rápido, no te entretendré mucho, lo prometo.
23.45 - 00.25 Hrs.
Karla se estacionó cerca de una agencia de autos, la calle estaba oscura y no se veía mucho movimiento de gente. Apagó el motor de la camioneta, subió los cristales, seleccionó una carpeta de canciones y se abalanzó sobre mí; mientras me besaba con su aliento alcohólico me desabotonó la blusa, tomó mis piernas y me jaló hacia ella tirando de mi falda con todo y bragas, desabrochó mis converse arrojándolos por un lado del asiento y me empujó hacia la puerta. La camioneta era doble cabina lo cual la hacía muy espaciosa. Uno de mis brazos se recargaba en la codera de la puerta y el otro se sostenía del cuello del asiento; mis piernas estaban abiertas y una mujer me lamía encarecidamente introduciendo sus dedos de uno en uno, empujando mi pelvis con el giro del dorso de su mano.
-Eres una puta, me encanta cogerte donde se me pegue la gana. – dijo, sin voltear.
-Te gusta coger en la calle y que nos vean, ¿verdad, cochina?- le contesté.
-Me encanta exhibirte, que vean lo que me como. Quiero que me mojes los dedos. Así chiquita, lubrícame la mano, que te la meteré toda.
-¡Argg! ¡Qué rico!, me encanta que te pongas así de salvaje.
Empezó a meter el quinto dedo y girar lentamente para introducir la mano completa; mientras empujaba su mano seguía tocando con la punta de su lengua mi clítoris a punto de reventar de la excitación. Su cúbito y el radio quedaron envueltos en mi vagina, una fuerte sensación de transgresión invadió mi cuerpo. Cuando miraba mi vagina podía apreciar su brazo moviéndose intempestivamente como si fuera un enorme falo. Colocó la mitad de su cuerpo encima del mío sin dejar de moverse frenéticamente. Su sensación de poder era inconmensurable, gemía fuertemente, lamía desesperadamente mis tetas como si planeara arrancarlas a mordidas en cualquier momento.
-Cógeme fuerte, así como sólo tú lo sabes hacer, mamita. – Le dije.
-Ábrela, ábremela toda.
-No, porque me vengo, todavía no quiero, quiero que me cojas más.
Siguió metiendo hasta topar su puño, como si quisiera partirme en dos; era mi castigo por provocarla. Sus gemidos se tornaban más secos, más como de mujer poseída; metía y sacaba el brazo frenéticamente, hasta que ya no pude más y comencé abrir mi vagina plácidamente.
-Quiero que me salga tu brazo por la boca. Cógeme, así, así, fuerte, fuerte- le dije.
Acomodó mi cuerpo boca abajo, una de mis rodillas rozaba la palanca de velocidades, podía verse claramente mi culo por el parabrisas. Ella ajustó su cabeza entre mis piernas logrando chupar mis labios vaginales perfectamente. Comenzó a mover su brazo y mientras mi culo se erguía en el aire mi vagina se encontraba completamente asediada por una mano violenta y castigadora; mis piernas se tensaron, mi rostro comenzó a subir de tono, sentía mi clítoris tan hinchado que las venas de mi sien comenzaron a saltar. De pronto tuve esa sensación extraña en mi vejiga, no pude cerrar los ojos, solo miraba por la ventana de la puerta, pensando: “si alguien se asoma por esa ventana, me va mirar bien ensartada.” Mi quijada empezó a trabarse, mis piernas temblaron pronunciando un espléndido chorro de agua tibia que salía entre su puño y escurría por su boca. Conmocionada seguía moviendo el brazo fuertemente hasta que unas convulsiones se apoderaron de mi cuerpo y caí encima de ella sin poder mover un solo músculo más. Me recosté sobre la puerta e intenté acomodar mi cabello. Karla comenzó a sacar lentamente su mano de mi vagina. En cuanto fui libre me giré y puse mi cabeza sobre el antebrazo, me sentía agotada, el asiento mojado, mi ropa desaparecida, me encontraba totalmente desnuda. Apenas intenté acomodarme sobre el asiento cuando la puerta se abrió.
23.51 – 00.30 Hrs.
Se encontraba cansado mirando la televisión, ya se estaba haciendo noche y era momento de salir a regar las plantas. Ya sumaban alrededor de cuatro días en total abandono; cuando llegó de la oficina notó que algunas ya parecían algo tristes por falta de agua. Pensó que un día más sin regalarlas no implicaría gran problema pero un cargo de conciencia lo obligó a levantarse. Llegó primero a la cocina, sacó una salchicha del paquete del refrigerador, le quitó el plástico y comenzó a mordisquearla como puro. Abrió la puerta y fue por la manguera para regar el jardín. Había un gran jazmín justo en la cochera cubriendo gran parte del enrejado que daba a la ventana, lo cual para Benjamín estaba perfecto, así no dejaba entrar totalmente los rayos del sol además de cubrir su ventana y evitar las miradas morbosas de la gente que pasaba siempre frente a su casa, asimismo le producía un enorme placer oler el jazmín justo cuando bajaba de su auto.
Abrió la llave y comenzó a regar en la oscuridad, prefería pasar desapercibido. Se escuchó a lo lejos que su esposa preguntaba algo pero él le gritó que no alcanzaba a escucharla. Regó los rosales que estaban cerca del muro que daba a la casa de a lado. De pronto se estacionó una camioneta justo afuera del jardín. No escuchó el azote de las puertas, supuso que no bajaría nadie al mismo tiempo que oyó que encendían el radio y algunas risas.
Mientras seguía regando el pasto se acercó al jazmín y a las begonias, cuando de pronto escuchó un sonido como quejas o gemidos pero el correr del agua sobre la tierra no le permitía distinguir bien el ruido, pensó que tal vez estaba paranoico y era la misma música que sonaba. Descubrió que uno de sus ficus se estaba secando terriblemente, sus ramas lucían cada vez más secas y con poco follaje, colocó la manguera a un costado dejando fluir el agua sobre el pasto en lo que intentaba revisar en la semioscuridad el arbusto. De pronto se oyen fuertes gemidos, efectivamente no era su imaginación, se asomó entre las ramas del jazmín, intentó hacer un hueco para mirar mejor la camioneta y se encontró con una espalda desnuda pegada al vidrio, moviéndose extrañamente. Gritos, gemidos, más gritos: ¡Cógeme! Así, así.
El agua seguía corriendo por el jardín, Benjamín observaba pasmado: ¿Son dos chicas?, Sí, las dos tienen tetas. Pero cómo, qué le está haciendo, por qué grita así la otra. Un tremendo morbo se apoderó de Benjamín, no podía creer lo que sus ojos veían, estaban dos jovencitas desnudas cogiendo en una camioneta justo afuera de su jardín. Su esposa se acercó a tratar de mirar lo que tenía tan entretenido a su esposo, ya eran cinco minutos los que llevaba hablándole y no le contestaba, se acercó por detrás y preguntó: ¿qué miras, chismoso? ¿De cuándo acá te interesa la vida de los vecinos?
El tremendo susto que le causó el comentario de su esposa lo dejó mudo para responder a la pregunta, la mujer intrigada se asomó por entre los arbustos del jazmín tratando de identificar lo que tenía a su marido tan absorto. Enfocó su vista, había una camioneta roja justo estacionada afuera de su casa, se veía a una chica desnuda que daba frente al vidrio de la puerta, sosteniéndose del marco, con los ojos cerrados, las tetas al aire haciendo expresiones de placer desbordado.
-¡Jesucristo! Tenemos que hablarle a la policía.- Exclamó la señora.
-¿Tú crees que sea necesario?
-Pero todavía lo dudas, Benjamín, ¡Por Dios! Eso es un insulto a nuestro hogar, que la gente se vaya a los moteles, por qué tienen que venir a hacer sus porquerías afuera de nuestra casa.
-Puede ser que no las dejan entrar a un motel. No tengo idea si a las lesbianas las dejen entrar a esos lugares.
-No me importa, pásame el teléfono… ¡Ándale, no te quedes parado como idiota!
00.25 – 01.15 Hrs.
Se estacionó justo a unos metros atrás, bajó con una linterna y alumbró la cabina del auto, se percató de dos féminas entre 20 a 25 años, desnudas. Hizo una señal de silencio a su compañero. Abrió la puerta de la camioneta intempestivamente descubriendo a una de las chicas completamente sin ropa, cruzando sus piernas rápidamente para cubrirse.
-Se visten, por favor, tenemos una queja de los vecinos. Vamos a proceder a llevarlas por faltas administrativas.- Dijo el policía.
-¿Podría cerrar la puerta en lo que me visto?
-Pero no se tarde.
-¿Qué vamos hacer? Nos van a llevar a los separos municipales, ¿verdad? ¡Del terror!- Dije en cuanto cerró la puerta.
-Deja le llamo a un amigo que está en la policía.- Respondió Karla.
-¿Pero por qué tantos policías? Ni que fuéramos de algún cartel.- Dije, mientras comenzaba a vestirme.
-Les vamos a pedir que por favor, venga alguien por la camioneta, ustedes se van a subir a la patrulla.- Nos dijo el policía
-Señor policía, ¿de verdad es necesario que nos lleve?- Pregunté con cara de angustia.
-Tenemos varias quejas de los vecinos y lo que ustedes hicieron son faltas a la moral.
-¿Puedo marcarle a una persona o Usted me puede comunicar con él? Es el comandante Alberto Ortega Orozco, para comentarle de este asunto.- Dijo Karla con mucha seguridad.
-A ver permítame.
Se acercó a un compañero susurrándole el comentario de la chica. Se acercó otro a preguntar y estuvieron deliberando hasta que uno asintió con la cabeza. Uno de ellos tomó el radio.
-Sí, tenemos un 52, quiere un 53 con el comandante Ortega, dice conocerlo. Sí, por un 24-16 en la calle Francisco de Quevedo casi Circunvalación Agustín Yáñez. Sí, 37-35, bien, 4.
Se acercó a la chica. -Le marca Usted directamente a su celular, y después me lo pasa.- le dijo.
Tomó su celular y marcó, se bajó de la camioneta y comenzó a caminar de un lado a otro por la banqueta, mientras a mí me seguía mirando libidinosamente uno de los policías. Ella estaba abstraída hablando por teléfono. Se acercó al auto, y cruzó la mirada conmigo cerrando coquetamente un ojo, siguió hablando por teléfono pero ahora el tono de voz era un poco más juguetón: “Sí, sí, lo sé. Te lo juro que no vuelve a suceder. Ya está, te parece si lo dejamos entonces para el jueves. Sí, me parece perfecto. O.k. Muchas gracias amigo, y disculpa la molestia. Sí, te lo comunico. Besos. Ciao.” Quiere hablar con Usted.- le dijo al policía.
Tomó el teléfono. “Dígame comandante. Si, efectivamente fue un 16, se encontraron haciendo faltas a la moral. Sí, está bien, comandante. Como usted indique, comandante. Está bien. Entendido. Buenas noches.”
-Muy bien, señoritas, se pueden ir, pero por favor que no se repita.-Les advirtió.
-No se preocupe, oficial, no volverá a ver una escena como esta de nuevo. -Dijo sonriendo suciamente mientras prendía la camioneta. Sacó un cigarro, subió un poco el cristal, prendió el radio y le mandó un beso.
-¿Quieres regresar al bar o te gustaría terminar este asunto en tu casa? –Me preguntó.
No pude más que sonreír a su pregunta, me tomó de la mano y la puso sobre la palanca de velocidades y volviéndome a cerrar coquetamente el ojo, arrancó.
de: La.Ninfa.V.
-¿No quieres ir a comprar unos cigarros? –dijo con tono suave.
-Todavía me quedan unos, ¿por qué?- pregunté.
-Pero se terminarán pronto, podría secuestrarte un momento y acompañarte a la tienda a comprar cigarros.
-Ya veo tu interés de salir a comprar cigarros.
-Será algo rápido, no te entretendré mucho, lo prometo.
23.45 - 00.25 Hrs.
Karla se estacionó cerca de una agencia de autos, la calle estaba oscura y no se veía mucho movimiento de gente. Apagó el motor de la camioneta, subió los cristales, seleccionó una carpeta de canciones y se abalanzó sobre mí; mientras me besaba con su aliento alcohólico me desabotonó la blusa, tomó mis piernas y me jaló hacia ella tirando de mi falda con todo y bragas, desabrochó mis converse arrojándolos por un lado del asiento y me empujó hacia la puerta. La camioneta era doble cabina lo cual la hacía muy espaciosa. Uno de mis brazos se recargaba en la codera de la puerta y el otro se sostenía del cuello del asiento; mis piernas estaban abiertas y una mujer me lamía encarecidamente introduciendo sus dedos de uno en uno, empujando mi pelvis con el giro del dorso de su mano.
-Eres una puta, me encanta cogerte donde se me pegue la gana. – dijo, sin voltear.
-Te gusta coger en la calle y que nos vean, ¿verdad, cochina?- le contesté.
-Me encanta exhibirte, que vean lo que me como. Quiero que me mojes los dedos. Así chiquita, lubrícame la mano, que te la meteré toda.
-¡Argg! ¡Qué rico!, me encanta que te pongas así de salvaje.
Empezó a meter el quinto dedo y girar lentamente para introducir la mano completa; mientras empujaba su mano seguía tocando con la punta de su lengua mi clítoris a punto de reventar de la excitación. Su cúbito y el radio quedaron envueltos en mi vagina, una fuerte sensación de transgresión invadió mi cuerpo. Cuando miraba mi vagina podía apreciar su brazo moviéndose intempestivamente como si fuera un enorme falo. Colocó la mitad de su cuerpo encima del mío sin dejar de moverse frenéticamente. Su sensación de poder era inconmensurable, gemía fuertemente, lamía desesperadamente mis tetas como si planeara arrancarlas a mordidas en cualquier momento.
-Cógeme fuerte, así como sólo tú lo sabes hacer, mamita. – Le dije.
-Ábrela, ábremela toda.
-No, porque me vengo, todavía no quiero, quiero que me cojas más.
Siguió metiendo hasta topar su puño, como si quisiera partirme en dos; era mi castigo por provocarla. Sus gemidos se tornaban más secos, más como de mujer poseída; metía y sacaba el brazo frenéticamente, hasta que ya no pude más y comencé abrir mi vagina plácidamente.
-Quiero que me salga tu brazo por la boca. Cógeme, así, así, fuerte, fuerte- le dije.
Acomodó mi cuerpo boca abajo, una de mis rodillas rozaba la palanca de velocidades, podía verse claramente mi culo por el parabrisas. Ella ajustó su cabeza entre mis piernas logrando chupar mis labios vaginales perfectamente. Comenzó a mover su brazo y mientras mi culo se erguía en el aire mi vagina se encontraba completamente asediada por una mano violenta y castigadora; mis piernas se tensaron, mi rostro comenzó a subir de tono, sentía mi clítoris tan hinchado que las venas de mi sien comenzaron a saltar. De pronto tuve esa sensación extraña en mi vejiga, no pude cerrar los ojos, solo miraba por la ventana de la puerta, pensando: “si alguien se asoma por esa ventana, me va mirar bien ensartada.” Mi quijada empezó a trabarse, mis piernas temblaron pronunciando un espléndido chorro de agua tibia que salía entre su puño y escurría por su boca. Conmocionada seguía moviendo el brazo fuertemente hasta que unas convulsiones se apoderaron de mi cuerpo y caí encima de ella sin poder mover un solo músculo más. Me recosté sobre la puerta e intenté acomodar mi cabello. Karla comenzó a sacar lentamente su mano de mi vagina. En cuanto fui libre me giré y puse mi cabeza sobre el antebrazo, me sentía agotada, el asiento mojado, mi ropa desaparecida, me encontraba totalmente desnuda. Apenas intenté acomodarme sobre el asiento cuando la puerta se abrió.
23.51 – 00.30 Hrs.
Se encontraba cansado mirando la televisión, ya se estaba haciendo noche y era momento de salir a regar las plantas. Ya sumaban alrededor de cuatro días en total abandono; cuando llegó de la oficina notó que algunas ya parecían algo tristes por falta de agua. Pensó que un día más sin regalarlas no implicaría gran problema pero un cargo de conciencia lo obligó a levantarse. Llegó primero a la cocina, sacó una salchicha del paquete del refrigerador, le quitó el plástico y comenzó a mordisquearla como puro. Abrió la puerta y fue por la manguera para regar el jardín. Había un gran jazmín justo en la cochera cubriendo gran parte del enrejado que daba a la ventana, lo cual para Benjamín estaba perfecto, así no dejaba entrar totalmente los rayos del sol además de cubrir su ventana y evitar las miradas morbosas de la gente que pasaba siempre frente a su casa, asimismo le producía un enorme placer oler el jazmín justo cuando bajaba de su auto.
Abrió la llave y comenzó a regar en la oscuridad, prefería pasar desapercibido. Se escuchó a lo lejos que su esposa preguntaba algo pero él le gritó que no alcanzaba a escucharla. Regó los rosales que estaban cerca del muro que daba a la casa de a lado. De pronto se estacionó una camioneta justo afuera del jardín. No escuchó el azote de las puertas, supuso que no bajaría nadie al mismo tiempo que oyó que encendían el radio y algunas risas.
Mientras seguía regando el pasto se acercó al jazmín y a las begonias, cuando de pronto escuchó un sonido como quejas o gemidos pero el correr del agua sobre la tierra no le permitía distinguir bien el ruido, pensó que tal vez estaba paranoico y era la misma música que sonaba. Descubrió que uno de sus ficus se estaba secando terriblemente, sus ramas lucían cada vez más secas y con poco follaje, colocó la manguera a un costado dejando fluir el agua sobre el pasto en lo que intentaba revisar en la semioscuridad el arbusto. De pronto se oyen fuertes gemidos, efectivamente no era su imaginación, se asomó entre las ramas del jazmín, intentó hacer un hueco para mirar mejor la camioneta y se encontró con una espalda desnuda pegada al vidrio, moviéndose extrañamente. Gritos, gemidos, más gritos: ¡Cógeme! Así, así.
El agua seguía corriendo por el jardín, Benjamín observaba pasmado: ¿Son dos chicas?, Sí, las dos tienen tetas. Pero cómo, qué le está haciendo, por qué grita así la otra. Un tremendo morbo se apoderó de Benjamín, no podía creer lo que sus ojos veían, estaban dos jovencitas desnudas cogiendo en una camioneta justo afuera de su jardín. Su esposa se acercó a tratar de mirar lo que tenía tan entretenido a su esposo, ya eran cinco minutos los que llevaba hablándole y no le contestaba, se acercó por detrás y preguntó: ¿qué miras, chismoso? ¿De cuándo acá te interesa la vida de los vecinos?
El tremendo susto que le causó el comentario de su esposa lo dejó mudo para responder a la pregunta, la mujer intrigada se asomó por entre los arbustos del jazmín tratando de identificar lo que tenía a su marido tan absorto. Enfocó su vista, había una camioneta roja justo estacionada afuera de su casa, se veía a una chica desnuda que daba frente al vidrio de la puerta, sosteniéndose del marco, con los ojos cerrados, las tetas al aire haciendo expresiones de placer desbordado.
-¡Jesucristo! Tenemos que hablarle a la policía.- Exclamó la señora.
-¿Tú crees que sea necesario?
-Pero todavía lo dudas, Benjamín, ¡Por Dios! Eso es un insulto a nuestro hogar, que la gente se vaya a los moteles, por qué tienen que venir a hacer sus porquerías afuera de nuestra casa.
-Puede ser que no las dejan entrar a un motel. No tengo idea si a las lesbianas las dejen entrar a esos lugares.
-No me importa, pásame el teléfono… ¡Ándale, no te quedes parado como idiota!
00.25 – 01.15 Hrs.
Se estacionó justo a unos metros atrás, bajó con una linterna y alumbró la cabina del auto, se percató de dos féminas entre 20 a 25 años, desnudas. Hizo una señal de silencio a su compañero. Abrió la puerta de la camioneta intempestivamente descubriendo a una de las chicas completamente sin ropa, cruzando sus piernas rápidamente para cubrirse.
-Se visten, por favor, tenemos una queja de los vecinos. Vamos a proceder a llevarlas por faltas administrativas.- Dijo el policía.
-¿Podría cerrar la puerta en lo que me visto?
-Pero no se tarde.
-¿Qué vamos hacer? Nos van a llevar a los separos municipales, ¿verdad? ¡Del terror!- Dije en cuanto cerró la puerta.
-Deja le llamo a un amigo que está en la policía.- Respondió Karla.
-¿Pero por qué tantos policías? Ni que fuéramos de algún cartel.- Dije, mientras comenzaba a vestirme.
-Les vamos a pedir que por favor, venga alguien por la camioneta, ustedes se van a subir a la patrulla.- Nos dijo el policía
-Señor policía, ¿de verdad es necesario que nos lleve?- Pregunté con cara de angustia.
-Tenemos varias quejas de los vecinos y lo que ustedes hicieron son faltas a la moral.
-¿Puedo marcarle a una persona o Usted me puede comunicar con él? Es el comandante Alberto Ortega Orozco, para comentarle de este asunto.- Dijo Karla con mucha seguridad.
-A ver permítame.
Se acercó a un compañero susurrándole el comentario de la chica. Se acercó otro a preguntar y estuvieron deliberando hasta que uno asintió con la cabeza. Uno de ellos tomó el radio.
-Sí, tenemos un 52, quiere un 53 con el comandante Ortega, dice conocerlo. Sí, por un 24-16 en la calle Francisco de Quevedo casi Circunvalación Agustín Yáñez. Sí, 37-35, bien, 4.
Se acercó a la chica. -Le marca Usted directamente a su celular, y después me lo pasa.- le dijo.
Tomó su celular y marcó, se bajó de la camioneta y comenzó a caminar de un lado a otro por la banqueta, mientras a mí me seguía mirando libidinosamente uno de los policías. Ella estaba abstraída hablando por teléfono. Se acercó al auto, y cruzó la mirada conmigo cerrando coquetamente un ojo, siguió hablando por teléfono pero ahora el tono de voz era un poco más juguetón: “Sí, sí, lo sé. Te lo juro que no vuelve a suceder. Ya está, te parece si lo dejamos entonces para el jueves. Sí, me parece perfecto. O.k. Muchas gracias amigo, y disculpa la molestia. Sí, te lo comunico. Besos. Ciao.” Quiere hablar con Usted.- le dijo al policía.
Tomó el teléfono. “Dígame comandante. Si, efectivamente fue un 16, se encontraron haciendo faltas a la moral. Sí, está bien, comandante. Como usted indique, comandante. Está bien. Entendido. Buenas noches.”
-Muy bien, señoritas, se pueden ir, pero por favor que no se repita.-Les advirtió.
-No se preocupe, oficial, no volverá a ver una escena como esta de nuevo. -Dijo sonriendo suciamente mientras prendía la camioneta. Sacó un cigarro, subió un poco el cristal, prendió el radio y le mandó un beso.
-¿Quieres regresar al bar o te gustaría terminar este asunto en tu casa? –Me preguntó.
No pude más que sonreír a su pregunta, me tomó de la mano y la puso sobre la palanca de velocidades y volviéndome a cerrar coquetamente el ojo, arrancó.
de: La.Ninfa.V.
jueves, 19 de mayo de 2011
jueves, 7 de abril de 2011
Tum balalaika
Tract un tracht dem gantze nacht:
Vemen tsu nemen un nit farshemen?
Vemen tsu nemen un nit farshemen?
***
Un mozo se tiene en pie,
en pie y piensa
Piensa y piensa toda la noche:
¿A quién elegir y no ofender?
¿A quién elegir y no ofender?
****
Tumbala, tumbala, tum balalaika
Tumbala, tumbala, tum balalaika
Tum balalaika, shpil balalaika
Tum balalaika, freylach zol seyn.
***
Suena bala, suena bala, suena balalaica
Suena bala, suena bala, suena balalaica
Suena balalaica, toca balalaica
Suena balalaica, sé alegre.
****
Meydl, meydl, ch'vel bay dir fregn:
Vos kon vaksn, vaksn on regn?
Vos kon brenen un nit oyfhern ?
Vos kon benken, veynen on trern?
***
Moza, moza,
¿te puedo preguntar?
¿Qué puede crecer, crecer sin lluvia?
¿Qué puede arder, arder sin parar?
¿Qué puede llorar, llorar sin lágrimas?
****
Narisher bocher, vos darfstu fregn?
A shteyn kon vaksn, vaksn on regn.
Libe kon brenen, un nit oyfhern.
A harts kon benken, veynen on trern.
***
Mozo estúpido, ¿qué estás preguntando?
Una piedra puede crecer, crecer sin lluvia.
El amor puede arder, arder sin parar.
Un corazón puede llorar, llorar sin lágrimas.
Suena balalaica
Canción infantil (Yiddish) Canción infantil (Español)
viernes, 1 de abril de 2011
La Isla Desconocida
Un hombre llamó a la puerta del rey y le dijo, Dame un barco. La casa del rey tenía muchas más puertas, pero aquélla era la de las peticiones. Como el rey se pasaba todo el tiempo sentado ante la puerta de los obsequios (entiéndase, los obsequios que le entregaban a él), cada vez que oía que alguien llamaba a la puerta de las peticiones se hacía el desentendido, y sólo cuando el continuo repiquetear de la aldaba de bronce subía a un tono, más que notorio, escandaloso, impidiendo el sosiego de los vecinos (las personas comenzaban a murmurar, Qué rey tenemos, que no atiende), daba orden al primer secretario para que fuera a ver lo que quería el impetrante, que no había manera de que se callara. Entonces, el primer secretario llamaba al segundo secretario, éste llamaba al tercero, que mandaba al primer ayudante, que a su vez mandaba al segundo, y así hasta llegar a la mujer de la limpieza que, no teniendo en quién mandar, entreabría la puerta de las peticiones y preguntaba por el resquicio, Y tú qué quieres. El suplicante decía a lo que venía, o sea, pedía lo que tenía que pedir, después se instalaba en un canto de la puerta, a la espera de que el requerimiento hiciese, de uno en uno, el camino contrario, hasta llegar al rey. Ocupado como siempre estaba con los obsequios, el rey demoraba la respuesta, y ya no era pequeña señal de atención al bienestar y felicidad del pueblo cuando pedía un informe fundamentado por escrito al primer secretario que, excusado será decirlo, pasaba el encargo al segundo secretario, éste al tercero, sucesivamente, hasta llegar otra vez a la mujer de la limpieza, que opinaba sí o no de acuerdo con el humor con que se hubiera levantado.
Sin embargo, en el caso del hombre que quería un barco, las cosas no ocurrieron así. Cuando la mujer de la limpieza le preguntó por el resquicio de la puerta, Y tú qué quieres, el hombre, en vez de pedir, como era la costumbre de todos, un título, una condecoración, o simplemente dinero, respondió. Quiero hablar con el rey, Ya sabes que el rey no puede venir, está en la puerta de los obsequios, respondió la mujer, Pues entonces ve y dile que no me iré de aquí hasta que él venga personalmente para saber lo que quiero, remató el hombre, y se tumbó todo lo largo que era en el rellano, tapándose con una manta porque hacía frío. Entrar y salir sólo pasándole por encima. Ahora, bien, esto suponía un enorme problema, si tenemos en consideración que, de acuerdo con la pragmática de las puertas, sólo se puede atender a un suplicante cada vez, de donde resulta que mientras haya alguien esperando una respuesta, ninguna otra persona podrá aproximarse para exponer sus necesidades o sus ambiciones. A primera vista, quien ganaba con este artículo del reglamento era el rey, puesto que al ser menos numerosa la gente que venía a incomodarlo con lamentos, más tiempo tenía, y más sosiego, para recibir, contemplar y guardar los obsequios. A segunda vista, sin embargo, el rey perdía, y mucho, porque las protestas públicas, al notarse que la respuesta tardaba más de lo que era justo, aumentaban gravemente el descontento social, lo que, a su vez, tenía inmediatas y negativas consecuencias en el flujo de obsequios. En el caso que estamos narrando, el resultado de la ponderación entre los beneficios y los perjuicios fue que el rey, al cabo de tres días, y en real persona, se acercó a la puerta de las peticiones, para saber lo que quería el entrometido que se había negado a encaminar el requerimiento por las pertinentes vías burocráticas. Abre la puerta, dijo el rey a la mujer de la limpieza, y ella preguntó, Toda o sólo un poco.
El rey dudó durante un instante, verdaderamente no le gustaba mucho exponerse a los aires de la calle, pero después reflexionó que parecería mal, aparte de ser indigno de su majestad, hablar con un súbdito a través de una rendija, como si le tuviese miedo, sobre todo asistiendo al coloquio la mujer de la limpieza, que luego iría por ahí diciendo Dios sabe qué, De par en par, ordenó. El hombre que quería un barco se levantó del suelo cuando comenzó a oír los ruidos de los cerrojos, enrolló la manta y se puso a esperar. Estas señales de que finalmente alguien atendería y que por tanto el lugar pronto quedaría desocupado, hicieron aproximarse a la puerta a unos cuantos aspirantes a la liberalidad del trono que andaban por allí, prontos para asaltar el puesto apenas quedase vacío. La inopinada aparición del rey (nunca una tal cosa había sucedido desde que usaba corona en la cabeza) causó una sorpresa desmedida, no sólo a los dichos candidatos, sino también entre la vecindad que, atraída por el alborozo repentino, se asomó a las ventanas de las casas, en el otro lado de la calle. La única persona que no se sorprendió fue el hombre que vino a pedir un barco. Calculaba él, y acertó en la previsión, que el rey, aunque tardase tres días, acabaría sintiendo la curiosidad de ver la cara de quien, nada más y nada menos, con notable atrevimiento, lo había mandado llamar. Dividido entre la curiosidad irreprimible y el desagrado de ver tantas personas juntas, el rey, con el peor de los modos, preguntó tres preguntas seguidas, Tú qué quieres, Por qué no dijiste lo que querías, Te crees que no tengo nada más que hacer, pero el hombre sólo respondió a la primera pregunta, Dame un barco, dijo. El asombro dejó al rey hasta tal punto desconcertado que la mujer de la limpieza se vio obligada a acercarle una silla de enea, la misma en que ella se sentaba cuando necesitaba trabajar con el hilo y la aguja, pues, además de la limpieza, tenía también la responsabilidad de algunas tareas menores de costura en el palacio, como zurcir las medias de los pajes. Mal sentado, porque la silla de enea era mucho más baja que el trono, el rey buscaba la mejor manera de acomodar las piernas, ora encogiéndolas, ora extendiéndolas para los lados, mientras el hombre que quería un barco esperaba con paciencia la pregunta que seguiría, Y tú para qué quieres un barco, si puede saberse, fue lo que el rey preguntó cuando finalmente se dio por instalado con sufrible comodidad en la silla de la mujer de la limpieza, Para buscar la isla desconocida, respondió el hombre. Qué isla desconocida, preguntó el rey, disimulando la risa, como si tuviese enfrente a un loco de atar, de los que tienen manías de navegaciones, a quien no sería bueno contrariar así de entrada, La isla desconocida, repitió el hombre, Hombre, ya no hay islas desconocidas, Quién te ha dicho, rey, que ya no hay islas desconocidas, Están todas en los mapas, En los mapas están sólo las islas conocidas, Y qué isla desconocida es esa que tú buscas, Si te lo pudiese decir, entonces no sería desconocida, A quién has oído hablar de ella, preguntó el rey, ahora más serio, A nadie, En ese caso, por qué te empeñas en decir que ella existe, Simplemente porque es imposible que no exista una isla desconocida, Y has venido aquí para pedirme un barco, Sí, vine aquí para pedirte un barco, Y tú quién eres para que yo te lo dé, Y tú quién eres para no dármelo, Soy el rey de este reino y los barcos del reino me pertenecen todos, Más les pertenecerás tú a ellos que ellos a ti, Qué quieres decir, preguntó el rey inquieto, Que tú sin ellos nada eres, y que ellos, sin ti, pueden navegar siempre, Bajo mis órdenes, con mis pilotos y mis marineros, No te pido marineros ni piloto, sólo te pido un barco, Y esa isla desconocida, si la encuentras, será para mí, A ti, rey, sólo te interesan las islas conocidas, También me interesan las desconocidas, cuando dejan de serlo, Tal vez ésta no se deje conocer, Entonces no te doy el barco, Darás. Al oír esta palabra, pronunciada con tranquila firmeza, los aspirantes a la puerta de las peticiones, en quienes, minuto tras minuto, desde el principio de la conversación iba creciendo la impaciencia, más por librarse de él que por simpatía solidaria, resolvieron intervenir en favor del hombre que quería el barco, comenzando a gritar. Dale el barco, dale el barco. El rey abrió la boca para decirle a la mujer de la limpieza que llamara a la guardia del palacio para que estableciera inmediatamente el orden público e impusiera disciplina, pero, en ese momento, las vecinas que asistían a la escena desde las ventanas se unieron al coro con entusiasmo, gritando como los otros, Dale el barco, dale el barco. Ante tan ineludible manifestación de voluntad popular y preocupado con lo que, mientras tanto, habría perdido en la puerta de los obsequios, el rey levantó la mano derecha imponiendo silencio y dijo, Voy a darte un barco, pero la tripulación tendrás que conseguirla tú, mis marineros me son precisos para las islas conocidas. Los gritos de aplauso del público no dejaron que se percibiese el agradecimiento del hombre que vino a pedir un barco, por el movimiento de los labios tanto podría haber dicho Gracias, mi señor, como Ya me las arreglaré, pero lo que nítidamente se oyó fue lo que a continuación dijo el rey, Vas al muelle, preguntas por el capitán del puerto, le dices que te mando yo, y él que te dé el barco, llevas mi tarjeta. El hombre que iba a recibir un barco leyó la tarjeta de visita, donde decía Rey debajo del nombre del rey, y eran éstas las palabras que él había escrito sobre el hombro de la mujer de la limpieza, Entrega al portador un barco, no es necesario que sea grande, pero que navegue bien y sea seguro, no quiero tener remordimientos en la conciencia si las cosas ocurren mal. Cuando el hombre levantó la cabeza, se supone que esta vez iría a agradecer la dádiva, el rey ya se había retirado, sólo estaba la mujer de la limpieza mirándolo con cara de circunstancias. El hombre bajó del peldaño de la puerta, señal de que los otros candidatos podían avanzar por fin, superfluo será explicar que la confusión fue indescriptible, todos queriendo llegar al sitio en primer lugar, pero con tan mala suerte que la puerta ya estaba cerrada otra vez. La aldaba de bronce volvió a llamar a la mujer de la limpieza, pero la mujer de la limpieza no está, dio la vuelta y salió con el cubo y la escoba por otra puerta, la de las decisiones, que apenas es usada, pero cuando lo es, lo es. Ahora sí, ahora se comprende el porqué de la cara de circunstancias con que la mujer de la limpieza estuvo mirando, ya que, en ese preciso momento, había tomado la decisión de seguir al hombre así que él se dirigiera al puerto para hacerse cargo del barco. Pensó que ya bastaba de una vida de limpiar y lavar palacios, que había llegado la hora de mudar de oficio, que lavar y limpiar barcos era su vocación verdadera, al menos en el mar el agua no le faltaría. No imagina el hombre que, sin haber comenzado a reclutar la tripulación, ya lleva detrás a la futura responsable de los baldeos y otras limpiezas, también es de este modo como el destino acostumbra a comportarse con nosotros, ya está pisándonos los talones, ya extendió la mano para tocarnos en el hombro, y nosotros todavía vamos murmurando, Se acabó, no hay nada más que ver, todo es igual.
Andando, andando, el hombre llegó al puerto, fue al muelle, preguntó por el capitán, y mientras venía, se puso a adivinar cuál sería, de entre los barcos que allí estaban, el que iría a ser suyo, grande ya sabía que no, la tarjeta de visita del rey era muy clara en este punto, por consiguiente quedaban descartados los paquebotes, los cargueros y los navíos de guerra, tampoco podría ser tan pequeño que aguantase mal las fuerzas del viento y los rigores del mar, en este punto también había sido categórico el rey, que navegue bien y sea seguro, fueron éstas sus formales palabras, excluyendo así explícitamente los botes, las falúas y las chalupas, que siendo buenos navegantes, y seguros, cada uno conforme a su condición, no nacieron para surcar los océanos, que es donde se encuentran las islas desconocidas. Un poco apartada de allí, escondida detrás de unos bidones, la mujer de la limpieza pasó los ojos por los barcos atracados, Para mi gusto, aquél, pensó, aunque su opinión no contaba, ni siquiera había sido contratada, vamos a oír antes lo que dirá el capitán del puerto. El capitán vino, leyó la tarjeta, miró al hombre de arriba abajo y le hizo la pregunta que al rey no se le había ocurrido, Sabes navegar, tienes carnet de navegación, a lo que el hombre respondió, Aprenderé en el mar. El capitán dijo, No te lo aconsejaría, capitán soy yo, y no me atrevo con cualquier barco, Dame entonces uno con el que pueda atreverme, no, uno de ésos no, dame un barco que yo respete y que pueda respetarme a mí, Ese lenguaje es de marinero, pero tú no eres marinero, Si tengo el lenguaje, es como si lo fuese. El capitán volvió a leer la tarjeta del rey, después preguntó, Puedes decirme para qué quieres el barco, Para ir en busca de la isla desconocida, Ya no hay islas desconocidas, Lo mismo me dijo el rey, Lo que él sabe de islas lo aprendió conmigo, Es extraño que tú, siendo hombre de mar, me digas eso, que ya no hay islas desconocidas, hombre de tierra soy yo, y no ignoro que todas las islas, incluso las conocidas, son desconocidas mientras no desembarcamos en ellas, Pero tú, si bien entiendo, vas a la búsqueda de una donde nadie haya desembarcado nunca, Lo sabré cuando llegue, Si llegas, Sí, a veces se naufraga en el camino, pero si tal me ocurre, deberás escribir en los anales del puerto que el punto adonde llegué fue ése, Quieres decir que llegar, se llega siempre, No serías quien eres si no lo supieses ya. El capitán del puerto dijo, Voy a darte la embarcación que te conviene. Cuál, Es un barco con mucha experiencia, todavía del tiempo en que toda la gente andaba buscando islas desconocidas, Cuál, Creo que incluso encontró algunas, Cuál, Aquél. Así que la mujer de la limpieza percibió para dónde apuntaba el capitán, salió corriendo de detrás de los bidones y gritó, Es mi barco, es mi barco, hay que perdonarle la insólita reivindicación de propiedad, a todo título abusiva, el barco era aquel que le había gustado, simplemente. Parece una carabela, dijo el hombre, Más o menos, concordó el capitán, en su origen era una carabela, después pasó por arreglos y adaptaciones que la modificaron un poco, Pero continúa siendo una carabela, Sí, en el conjunto conserva el antiguo aire, Y tiene mástiles y velas, Cuando se va en busca de islas desconocidas, es lo más recomendable. La mujer de la limpieza no se contuvo, Para mí no quiero otro, Quién eres tú, preguntó el hombre, No te acuerdas de mí, No tengo idea, Soy la mujer de la limpieza, Qué limpieza, La del palacio del rey, La que abría la puerta de las peticiones, No había otra, Y por qué no estás en el palacio del rey, limpiando y abriendo puertas, Porque las puertas que yo quería ya fueron abiertas y porque de hoy en adelante sólo limpiaré barcos, Entonces estás decidida a ir conmigo en busca de la isla desconocida, Salí del palacio por la puerta de las decisiones, Siendo así, ve para la carabela, mira cómo está aquello, después del tiempo pasado debe precisar de un buen lavado, y ten cuidado con las gaviotas, que no son de fiar, No quieres venir conmigo a conocer tu barco por dentro, Dijiste que era tuyo, Disculpa, fue sólo porque me gustó, Gustar es probablemente la mejor manera de tener, tener debe de ser la peor manera de gustar. El capitán del puerto interrumpió la conversación, Tengo que entregar las llaves al dueño del barco, a uno o a otro, resuélvanlo, a mí tanto me da, Los barcos tienen llave, preguntó el hombre, Para entrar, no, pero allí están las bodegas y los pañoles, y el camarote del comandante con el diario de a bordo, Ella que se encargue de todo, yo voy a reclutar la tripulación, dijo el hombre, y se apartó.
La mujer de la limpieza fue a la oficina del capitán para recoger las llaves, después entró en el barco, dos cosas le valieron, la escoba del palacio y el aviso contra las gaviotas, todavía no había acabado de atravesar la pasarela que unía la amurada al atracadero y ya las malvadas se precipitaban sobre ella gritando, furiosas, con las fauces abiertas, como si la fueran a devorar allí mismo. No sabían con quién se enfrentaban. La mujer de la limpieza posó el cubo, se guardó las llaves en el seno, plantó bien los pies en la pasarela y, remolineando la escoba como si fuese un espadón de los buenos tiempos, consiguió poner en desbandada a la cuadrilla asesina. Sólo cuando entró en el barco comprendió la ira de las gaviotas, había nidos por todas partes, muchos de ellos abandonados, otros todavía con huevos, y unos pocos con gaviotillas de pico abierto, a la espera de comida, Pues sí, pero será mejor que se muden de aquí, un barco que va en busca de la isla desconocida no puede tener este aspecto, como si fuera un gallinero, dijo. Tiró al agua los nidos vacíos, los otros los dejó, luego veremos. Después se remangó las mangas y se puso a lavar la cubierta. Cuando acabó la dura tarea, abrió el pañol de las velas y procedió a un examen minucioso del estado de las costuras, tanto tiempo sin ir al mar y sin haber soportado los estirones saludables del viento. Las velas son los músculos del barco, basta ver cómo se hinchan cuando se esfuerzan, pero, y eso mismo les sucede a los músculos, si no se les da uso regularmente, se aflojan, se ablandan, pierden nervio. Y las costuras son los nervios de las velas, pensó la mujer de la limpieza, contenta por aprender tan de prisa el arte de la marinería. Encontró deshilachadas algunas bastillas, pero se conformó con señalarlas, dado que para este trabajo no le servían la aguja y el hilo con que zurcía las medias de los pajes antiguamente, o sea, ayer. En cuanto a los otros pañoles, enseguida vio que estaban vacíos. Que el de la pólvora estuviese desabastecido, salvo un polvillo negro en el fondo, que al principio le parecieron cagaditas de ratón, no le importó nada, de hecho no está escrito en ninguna ley, por lo menos hasta donde la sabiduría de una mujer de la limpieza es capaz de alcanzar, que ir por una isla desconocida tenga que ser forzosamente una empresa de guerra. Ya le enfadó, y mucho, la falta absoluta de municiones de boca en el pañol respectivo, no por ella, que estaba de sobra acostumbrada al mal rancho del palacio, sino por el hombre al que dieron este barco, no tarda que el sol se ponga, y él aparecerá por ahí clamando que tiene hambre, que es el dicho de todos los hombres apenas entran en casa, como si sólo ellos tuviesen estómago y sufriesen de la necesidad de llenarlo, Y si trae marineros para la tripulación, que son unos ogros comiendo, entonces no sé cómo nos vamos a gobernar, dijo la mujer de la limpieza.
No merecía la pena preocuparse tanto. El sol acababa de sumirse en el océano cuando el hombre que tenía un barco surgió en el extremo del muelle. Traía un bulto en la mano, pero venía solo y cabizbajo. La mujer de la limpieza fue a esperarlo a la pasarela, antes de que abriera la boca para enterarse de cómo había transcurrido el resto del día, él dijo, Estate tranquila, traigo comida para los dos, Y los marineros, preguntó ella, Como puedes ver, no vino ninguno, Pero los dejaste apalabrados, al menos, volvió a preguntar ella, Me dijeron que ya no hay islas desconocidas, y que, incluso habiéndolas, no iban a dejar el sosiego de sus lares y la buena vida de los barcos de línea para meterse en aventuras oceánicas, a la búsqueda de un imposible, como si todavía estuviéramos en el tiempo del mar tenebroso, Y tú qué les respondiste, Que el mar es siempre tenebroso, Y no les hablaste de la isla desconocida, Cómo podría hablarles de una isla desconocida, si no la conozco, Pero tienes la certeza de que existe, Tanta como de que el mar es tenebroso, En este momento, visto desde aquí, con las aguas color de jade y el cielo como un incendio, de tenebroso no le encuentro nada, Es una ilusión tuya, también las islas a veces parece que fluctúan sobre las aguas y no es verdad, Qué piensas hacer, si te falta una tripulación, Todavía no lo sé, Podríamos quedarnos a vivir aquí, yo me ofrecería para lavar los barcos que vienen al muelle, y tú, Y yo, Tendrás un oficio, una profesión, como ahora se dice, Tengo, tuve, tendré si fuera preciso, pero quiero encontrar la isla desconocida, quiero saber quién soy yo cuando esté en ella, No lo sabes, Si no sales de ti, no llegas a saber quién eres, El filósofo del rey, cuando no tenía nada que hacer, se sentaba junto a mí, para verme zurcir las medias de los pajes, y a veces le daba por filosofar, decía que todo hombre es una isla, yo, como aquello no iba conmigo, visto que soy mujer, no le daba importancia, tú qué crees, Que es necesario salir de la isla para ver la isla, que no nos vemos si no nos salimos de nosotros, Si no salimos de nosotros mismos, quieres decir, No es igual. El incendio del cielo iba languideciendo, el agua de repente adquirió un color morado, ahora ni la mujer de la limpieza dudaría que el mar es de verdad tenebroso, por lo menos a ciertas horas.
Dijo el hombre, Dejemos las filosofías para el filósofo del rey, que para eso le pagan, ahora vamos a comer, pero la mujer no estuvo de acuerdo, Primero tienes que ver tu barco, sólo lo conoces por fuera. Qué tal lo encontraste, Hay algunas costuras de las velas que necesitan refuerzo, Bajaste a la bodega, encontraste agua abierta, En el fondo hay alguna, mezclada con el lastre, pero eso me parece que es lo apropiado, le hace bien al barco, Cómo aprendiste esas cosas, Así, Así cómo, Como tú, cuando dijiste al capitán del puerto que aprenderías a navegar en la mar, Todavía no estamos en el mar, Pero ya estamos en el agua, Siempre tuve la idea de que para la navegación sólo hay dos maestros verdaderos, uno es el mar, el otro es el barco, Y el cielo, te olvidas del cielo, Sí, claro, el cielo, Los vientos, Las nubes, El cielo, Sí, el cielo.
En menos de un cuarto de hora habían acabado la vuelta por el barco, una carabela, incluso transformada, no da para grandes paseos. Es bonita, dijo el hombre, pero si no consigo tripulantes suficientes para la maniobra, tendré que ir a decirle al rey que ya no la quiero, Te desanimas a la primera contrariedad, La primera contrariedad fue esperar al rey tres días, y no desistí, Si no encuentras marineros que quieran venir, ya nos las arreglaremos los dos, Estás loca, dos personas solas no serían capaces de gobernar un barco de éstos, yo tendría que estar siempre al timón, y tú, ni vale la pena explicarlo, es una locura, Después veremos, ahora vamos a cenar. Subieron al castillo de popa, el hombre todavía protestando contra lo que llamara locura, allí la mujer de la limpieza abrió el fardel que él había traído, un pan, queso curado, de cabra, aceitunas, una botella de vino. La luna ya estaba a medio palmo sobre el mar, las sombras de la verga y del mástil grande vinieron a tumbarse a sus pies. Es realmente bonita nuestra carabela, dijo la mujer, y enmendó enseguida, La tuya, tu carabela, Supongo que no será mía por mucho tiempo, Navegues o no navegues con ella, la carabela es tuya, te la dio el rey, Se la pedí para buscar una isla desconocida, Pero estas cosas no se hacen de un momento para otro, necesitan su tiempo, ya mi abuelo decía que quien va al mar se avía en tierra, y eso que él no era marinero, Sin marineros no podremos navegar, Eso ya lo has dicho, Y hay que abastecer el barco de las mil cosas necesarias para un viaje como éste, que no se sabe adónde nos llevará, Evidentemente, y después tendremos que esperar a que sea la estación apropiada, y salir con marea buena, y que venga gente al puerto a desearnos buen viaje, Te estás riendo de mí, Nunca me reiría de quien me hizo salir por la puerta de las decisiones, Discúlpame, Y no volveré a pasar por ella, suceda lo que suceda. La luz de la luna iluminaba la cara de la mujer de la limpieza, Es bonita, realmente es bonita, pensó el hombre, y esta vez no se refería a la carabela. La mujer, ésa, no pensó nada, lo habría pensado todo durante aquellos tres días, cuando entreabría de vez en cuando la puerta para ver si aquél aún continuaba fuera, a la espera. No sobró ni una miga de pan o de queso, ni una gota de vino, los huesos de las aceitunas fueron a parar al agua, el suelo está tan limpio como quedó cuando la mujer de la limpieza le pasó el último paño. La sirena de un paquebote que se hacía a la mar soltó un ronquido potente, como debieron de ser los del leviatán, y la mujer dijo, Cuando sea nuestra vez, haremos menos ruido. A pesar de que estaban en el interior del muelle, el agua se onduló un poco al paso del paquebote, y el hombre dijo, Pero nos balancearemos mucho más. Se rieron los dos, después se callaron, pasado un rato uno de ellos opinó que lo mejor sería irse a dormir. No es que yo tenga mucho sueño, y el otro concordó, Ni yo, después se callaron otra vez, la luna subió y continuó subiendo, a cierta altura la mujer dijo, Hay literas abajo, y el hombre dijo, Sí, y entonces fue cuando se levantaron y descendieron a la cubierta, ahí la mujer dijo, Hasta mañana, yo voy para este lado, y el hombre respondió, Y yo para éste, hasta mañana, no dijeron babor o estribor, probablemente porque todavía están practicando en las artes. La mujer volvió atrás, Me había olvidado, se sacó del bolsillo dos cabos de velas, Los encontré cuando limpiaba, pero no tengo cerillas, Yo tengo, dijo el hombre. Ella mantuvo las velas, una en cada mano, él encendió un fósforo, después, abrigando la llama bajo la cúpula de los dedos curvados la llevó con todo el cuidado a los viejos pabilos, la luz prendió, creció lentamente como la de la luna, bañó la cara de la mujer de la limpieza, no sería necesario decir que él pensó, Es bonita, pero lo que ella pensó, sí, Se ve que sólo tiene ojos para la isla desconocida, he aquí cómo se equivocan las personas interpretando miradas, sobre todo al principio. Ella le entregó una vela, dijo, Hasta mañana, duerme bien, él quiso decir lo mismo, de otra manera, Que tengas sueños felices, fue la frase que le salió, dentro de nada, cuando esté abajo, acostado en su litera, se le ocurrirán otras frases, más espiritosas, sobre todo más insinuantes, como se espera que sean las de un hombre cuando está a solas con una mujer. Se preguntaba si ella dormiría, si habría tardado en entrar en el sueño, después imaginó que andaba buscándola y no la encontraba en ningún sitio, que estaban perdidos los dos en un barco enorme, el sueño es un prestidigitador hábil, muda las proporciones de las cosas y sus distancias, separa a las personas y ellas están juntas, las reúne, y casi no se ven una a otra, la mujer duerme a pocos metros y él no sabe cómo alcanzarla, con lo fácil que es ir de babor a estribor.
Le había deseado buenos sueños, pero fue él quien se pasó toda la noche soñando. Soñó que su carabela navegaba por alta mar, con las tres velas triangulares gloriosamente hinchadas, abriendo camino sobre las olas, mientras él manejaba la rueda del timón y la tripulación descansaba a la sombra. No entendía cómo estaban allí los marineros que en el puerto y en la ciudad se habían negado a embarcar con él para buscar la isla desconocida, probablemente se arrepintieron de la grosera ironía con que lo trataron. Veía animales esparcidos por la cubierta, patos, conejos, gallinas, lo habitual de la crianza doméstica, comiscando los granos de millo o royendo las hojas de col que un marinero les echaba, no se acordaba de cuándo los habían traído para el barco, fuese como fuese, era natural que estuviesen allí, imaginemos que la isla desconocida es, como tantas veces lo fue en el pasado, una isla desierta, lo mejor será jugar sobre seguro, todos sabemos que abrir la puerta de la conejera y agarrar un conejo por las orejas siempre es más fácil que perseguirlo por montes y valles. Del fondo de la bodega sube ahora un relincho de caballos, de mugidos de bueyes, de rebuznos de asnos, las voces de los nobles animales necesarios para el trabajo pesado, y cómo llegaron ellos, cómo pueden caber en una carabela donde la tripulación humana apenas tiene lugar, de súbito el viento dio una cabriola, la vela mayor se movió y ondeó, detrás estaba lo que antes no se veía, un grupo de mujeres que incluso sin contarlas se adivinaba que eran tantas cuantos los marineros, se ocupan de sus cosas de mujeres, todavía no ha llegado el tiempo de ocuparse de otras, está claro que esto sólo puede ser un sueño, en la vida real nunca se ha viajado así. El hombre del timón buscó con los ojos a la mujer de la limpieza y no la vio. Tal vez esté en la litera de estribor, descansando de la limpieza de la cubierta, pensó, pero fue un pensar fingido, porque bien sabe, aunque tampoco sepa cómo lo sabe, que ella a última hora no quiso venir, que saltó para el embarcadero, diciendo desde allí, Adiós, adiós, ya que sólo tienes ojos para la isla desconocida, me voy, y no era verdad, ahora mismo andan los ojos de él pretendiéndola y no la encuentran. En este momento se cubrió el cielo y comenzó a llover y, habiendo llovido, principiaron a brotar innumerables plantas de las filas de sacos de tierra alineados a lo largo de la amurada, no están allí porque se sospeche que no haya tierra bastante en la isla desconocida, sino porque así se ganará tiempo, el día que lleguemos sólo tendremos que trasplantar los árboles frutales, sembrar los granos de las pequeñas cosechas que van madurando aquí, adornar los jardines con las flores que abrirán de estos capullos. El hombre del timón pregunta a los marineros que descansan en cubierta si avistan alguna isla desconocida, y ellos responden que no ven ni de unas ni de otras, pero que están pensando desembarcar en la primera tierra habitada que aparezca, siempre que haya un puerto donde fondear, una taberna donde beber y una cama donde folgar, que aquí no se puede, con toda esta gente junta. Y la isla desconocida, preguntó el hombre del timón, La isla desconocida es cosa inexistente, no pasa de una idea de tu cabeza, los geógrafos del rey fueron a ver en los mapas y declararon que islas por conocer es cosa que se acabó hace mucho tiempo, Debieron haberse quedado en la ciudad, en lugar de venir a entorpecerme la navegación, Andábamos buscando un lugar mejor para vivir y decidimos aprovechar tu viaje, No son marineros, Nunca lo fuimos, Solo no seré capaz de gobernar el barco, Haber pensado en eso antes de pedírselo al rey, el mar no enseña a navegar. Entonces el hombre del timón vio tierra a lo lejos y quiso pasar adelante, hacer cuenta de que ella era el reflejo de otra tierra, una imagen que hubiese venido del otro lado del mundo por el espacio, pero los hombres que nunca habían sido marineros protestaron, dijeron que era allí mismo donde querían desembarcar, Esta es una isla del mapa, gritaron, te mataremos si no nos llevas. Entonces, por sí misma, la carabela viró la proa en dirección a tierra, entró en el puerto y se encostó a la muralla del embarcadero, Pueden irse, dijo el hombre del timón, acto seguido salieron en orden, primero las mujeres, después los hombres, pero no se fueron solos, se llevaron con ellos los patos, los conejos y las gallinas, se llevaron los bueyes, los asnos y los caballos, y hasta las gaviotas, una tras otra, levantaron el vuelo y se fueron del barco, transportando en el pico a sus gaviotillas, proeza que no habían acometido nunca, pero siempre hay una primera vez. El hombre del timón contempló la desbandada en silencio, no hizo nada para retener a quienes lo abandonaban, al menos le habían dejado los árboles, los trigos y las flores, con las trepadoras que se enrollaban a los mástiles y pendían de la amurada como festones. Debido al atropello de la salida se habían roto y derramado los sacos de tierra, de modo que la cubierta era como un campo labrado y sembrado, sólo falta que caiga un poco más de lluvia para que sea un buen año agrícola. Desde que el viaje a la isla desconocida comenzó, no se ha visto comer al hombre del timón, debe de ser porque está soñando, apenas soñando, y si en el sueño les apeteciese un trozo de pan o una manzana, sería un puro invento, nada más. Las raíces de los árboles están penetrando en el armazón del barco, no tardará mucho en que estas velas hinchadas dejen de ser necesarias, bastará que el viento sople en las copas y vaya encaminando la carabela a su destino. Es un bosque que navega y se balancea sobre las olas, un bosque en donde, sin saberse cómo, comenzaron a cantar pájaros, estarían escondidos por ahí y pronto decidieron salir a la luz, tal vez porque la cosecha ya esté madura y es la hora de la siega. Entonces el hombre fijó la rueda del timón y bajó al campo con la hoz en la mano, y, cuando había segado las primeras espigas, vio una sombra al lado de su sombra. Se despertó abrazado a la mujer de la limpieza, y ella a él, confundidos los cuerpos, confundidas las literas, que no se sabe si ésta es la de babor o la de estribor. Después, apenas el sol acabó de nacer, el hombre y la mujer fueron a pintar en la proa del barco, de un lado y de otro, en blancas letras, el nombre que todavía le faltaba a la carabela. Hacia la hora del mediodía, con la marea, La Isla Desconocida se hizo por fin a la mar, a la búsqueda de sí misma
Jose Saramago
Sin embargo, en el caso del hombre que quería un barco, las cosas no ocurrieron así. Cuando la mujer de la limpieza le preguntó por el resquicio de la puerta, Y tú qué quieres, el hombre, en vez de pedir, como era la costumbre de todos, un título, una condecoración, o simplemente dinero, respondió. Quiero hablar con el rey, Ya sabes que el rey no puede venir, está en la puerta de los obsequios, respondió la mujer, Pues entonces ve y dile que no me iré de aquí hasta que él venga personalmente para saber lo que quiero, remató el hombre, y se tumbó todo lo largo que era en el rellano, tapándose con una manta porque hacía frío. Entrar y salir sólo pasándole por encima. Ahora, bien, esto suponía un enorme problema, si tenemos en consideración que, de acuerdo con la pragmática de las puertas, sólo se puede atender a un suplicante cada vez, de donde resulta que mientras haya alguien esperando una respuesta, ninguna otra persona podrá aproximarse para exponer sus necesidades o sus ambiciones. A primera vista, quien ganaba con este artículo del reglamento era el rey, puesto que al ser menos numerosa la gente que venía a incomodarlo con lamentos, más tiempo tenía, y más sosiego, para recibir, contemplar y guardar los obsequios. A segunda vista, sin embargo, el rey perdía, y mucho, porque las protestas públicas, al notarse que la respuesta tardaba más de lo que era justo, aumentaban gravemente el descontento social, lo que, a su vez, tenía inmediatas y negativas consecuencias en el flujo de obsequios. En el caso que estamos narrando, el resultado de la ponderación entre los beneficios y los perjuicios fue que el rey, al cabo de tres días, y en real persona, se acercó a la puerta de las peticiones, para saber lo que quería el entrometido que se había negado a encaminar el requerimiento por las pertinentes vías burocráticas. Abre la puerta, dijo el rey a la mujer de la limpieza, y ella preguntó, Toda o sólo un poco.
El rey dudó durante un instante, verdaderamente no le gustaba mucho exponerse a los aires de la calle, pero después reflexionó que parecería mal, aparte de ser indigno de su majestad, hablar con un súbdito a través de una rendija, como si le tuviese miedo, sobre todo asistiendo al coloquio la mujer de la limpieza, que luego iría por ahí diciendo Dios sabe qué, De par en par, ordenó. El hombre que quería un barco se levantó del suelo cuando comenzó a oír los ruidos de los cerrojos, enrolló la manta y se puso a esperar. Estas señales de que finalmente alguien atendería y que por tanto el lugar pronto quedaría desocupado, hicieron aproximarse a la puerta a unos cuantos aspirantes a la liberalidad del trono que andaban por allí, prontos para asaltar el puesto apenas quedase vacío. La inopinada aparición del rey (nunca una tal cosa había sucedido desde que usaba corona en la cabeza) causó una sorpresa desmedida, no sólo a los dichos candidatos, sino también entre la vecindad que, atraída por el alborozo repentino, se asomó a las ventanas de las casas, en el otro lado de la calle. La única persona que no se sorprendió fue el hombre que vino a pedir un barco. Calculaba él, y acertó en la previsión, que el rey, aunque tardase tres días, acabaría sintiendo la curiosidad de ver la cara de quien, nada más y nada menos, con notable atrevimiento, lo había mandado llamar. Dividido entre la curiosidad irreprimible y el desagrado de ver tantas personas juntas, el rey, con el peor de los modos, preguntó tres preguntas seguidas, Tú qué quieres, Por qué no dijiste lo que querías, Te crees que no tengo nada más que hacer, pero el hombre sólo respondió a la primera pregunta, Dame un barco, dijo. El asombro dejó al rey hasta tal punto desconcertado que la mujer de la limpieza se vio obligada a acercarle una silla de enea, la misma en que ella se sentaba cuando necesitaba trabajar con el hilo y la aguja, pues, además de la limpieza, tenía también la responsabilidad de algunas tareas menores de costura en el palacio, como zurcir las medias de los pajes. Mal sentado, porque la silla de enea era mucho más baja que el trono, el rey buscaba la mejor manera de acomodar las piernas, ora encogiéndolas, ora extendiéndolas para los lados, mientras el hombre que quería un barco esperaba con paciencia la pregunta que seguiría, Y tú para qué quieres un barco, si puede saberse, fue lo que el rey preguntó cuando finalmente se dio por instalado con sufrible comodidad en la silla de la mujer de la limpieza, Para buscar la isla desconocida, respondió el hombre. Qué isla desconocida, preguntó el rey, disimulando la risa, como si tuviese enfrente a un loco de atar, de los que tienen manías de navegaciones, a quien no sería bueno contrariar así de entrada, La isla desconocida, repitió el hombre, Hombre, ya no hay islas desconocidas, Quién te ha dicho, rey, que ya no hay islas desconocidas, Están todas en los mapas, En los mapas están sólo las islas conocidas, Y qué isla desconocida es esa que tú buscas, Si te lo pudiese decir, entonces no sería desconocida, A quién has oído hablar de ella, preguntó el rey, ahora más serio, A nadie, En ese caso, por qué te empeñas en decir que ella existe, Simplemente porque es imposible que no exista una isla desconocida, Y has venido aquí para pedirme un barco, Sí, vine aquí para pedirte un barco, Y tú quién eres para que yo te lo dé, Y tú quién eres para no dármelo, Soy el rey de este reino y los barcos del reino me pertenecen todos, Más les pertenecerás tú a ellos que ellos a ti, Qué quieres decir, preguntó el rey inquieto, Que tú sin ellos nada eres, y que ellos, sin ti, pueden navegar siempre, Bajo mis órdenes, con mis pilotos y mis marineros, No te pido marineros ni piloto, sólo te pido un barco, Y esa isla desconocida, si la encuentras, será para mí, A ti, rey, sólo te interesan las islas conocidas, También me interesan las desconocidas, cuando dejan de serlo, Tal vez ésta no se deje conocer, Entonces no te doy el barco, Darás. Al oír esta palabra, pronunciada con tranquila firmeza, los aspirantes a la puerta de las peticiones, en quienes, minuto tras minuto, desde el principio de la conversación iba creciendo la impaciencia, más por librarse de él que por simpatía solidaria, resolvieron intervenir en favor del hombre que quería el barco, comenzando a gritar. Dale el barco, dale el barco. El rey abrió la boca para decirle a la mujer de la limpieza que llamara a la guardia del palacio para que estableciera inmediatamente el orden público e impusiera disciplina, pero, en ese momento, las vecinas que asistían a la escena desde las ventanas se unieron al coro con entusiasmo, gritando como los otros, Dale el barco, dale el barco. Ante tan ineludible manifestación de voluntad popular y preocupado con lo que, mientras tanto, habría perdido en la puerta de los obsequios, el rey levantó la mano derecha imponiendo silencio y dijo, Voy a darte un barco, pero la tripulación tendrás que conseguirla tú, mis marineros me son precisos para las islas conocidas. Los gritos de aplauso del público no dejaron que se percibiese el agradecimiento del hombre que vino a pedir un barco, por el movimiento de los labios tanto podría haber dicho Gracias, mi señor, como Ya me las arreglaré, pero lo que nítidamente se oyó fue lo que a continuación dijo el rey, Vas al muelle, preguntas por el capitán del puerto, le dices que te mando yo, y él que te dé el barco, llevas mi tarjeta. El hombre que iba a recibir un barco leyó la tarjeta de visita, donde decía Rey debajo del nombre del rey, y eran éstas las palabras que él había escrito sobre el hombro de la mujer de la limpieza, Entrega al portador un barco, no es necesario que sea grande, pero que navegue bien y sea seguro, no quiero tener remordimientos en la conciencia si las cosas ocurren mal. Cuando el hombre levantó la cabeza, se supone que esta vez iría a agradecer la dádiva, el rey ya se había retirado, sólo estaba la mujer de la limpieza mirándolo con cara de circunstancias. El hombre bajó del peldaño de la puerta, señal de que los otros candidatos podían avanzar por fin, superfluo será explicar que la confusión fue indescriptible, todos queriendo llegar al sitio en primer lugar, pero con tan mala suerte que la puerta ya estaba cerrada otra vez. La aldaba de bronce volvió a llamar a la mujer de la limpieza, pero la mujer de la limpieza no está, dio la vuelta y salió con el cubo y la escoba por otra puerta, la de las decisiones, que apenas es usada, pero cuando lo es, lo es. Ahora sí, ahora se comprende el porqué de la cara de circunstancias con que la mujer de la limpieza estuvo mirando, ya que, en ese preciso momento, había tomado la decisión de seguir al hombre así que él se dirigiera al puerto para hacerse cargo del barco. Pensó que ya bastaba de una vida de limpiar y lavar palacios, que había llegado la hora de mudar de oficio, que lavar y limpiar barcos era su vocación verdadera, al menos en el mar el agua no le faltaría. No imagina el hombre que, sin haber comenzado a reclutar la tripulación, ya lleva detrás a la futura responsable de los baldeos y otras limpiezas, también es de este modo como el destino acostumbra a comportarse con nosotros, ya está pisándonos los talones, ya extendió la mano para tocarnos en el hombro, y nosotros todavía vamos murmurando, Se acabó, no hay nada más que ver, todo es igual.
Andando, andando, el hombre llegó al puerto, fue al muelle, preguntó por el capitán, y mientras venía, se puso a adivinar cuál sería, de entre los barcos que allí estaban, el que iría a ser suyo, grande ya sabía que no, la tarjeta de visita del rey era muy clara en este punto, por consiguiente quedaban descartados los paquebotes, los cargueros y los navíos de guerra, tampoco podría ser tan pequeño que aguantase mal las fuerzas del viento y los rigores del mar, en este punto también había sido categórico el rey, que navegue bien y sea seguro, fueron éstas sus formales palabras, excluyendo así explícitamente los botes, las falúas y las chalupas, que siendo buenos navegantes, y seguros, cada uno conforme a su condición, no nacieron para surcar los océanos, que es donde se encuentran las islas desconocidas. Un poco apartada de allí, escondida detrás de unos bidones, la mujer de la limpieza pasó los ojos por los barcos atracados, Para mi gusto, aquél, pensó, aunque su opinión no contaba, ni siquiera había sido contratada, vamos a oír antes lo que dirá el capitán del puerto. El capitán vino, leyó la tarjeta, miró al hombre de arriba abajo y le hizo la pregunta que al rey no se le había ocurrido, Sabes navegar, tienes carnet de navegación, a lo que el hombre respondió, Aprenderé en el mar. El capitán dijo, No te lo aconsejaría, capitán soy yo, y no me atrevo con cualquier barco, Dame entonces uno con el que pueda atreverme, no, uno de ésos no, dame un barco que yo respete y que pueda respetarme a mí, Ese lenguaje es de marinero, pero tú no eres marinero, Si tengo el lenguaje, es como si lo fuese. El capitán volvió a leer la tarjeta del rey, después preguntó, Puedes decirme para qué quieres el barco, Para ir en busca de la isla desconocida, Ya no hay islas desconocidas, Lo mismo me dijo el rey, Lo que él sabe de islas lo aprendió conmigo, Es extraño que tú, siendo hombre de mar, me digas eso, que ya no hay islas desconocidas, hombre de tierra soy yo, y no ignoro que todas las islas, incluso las conocidas, son desconocidas mientras no desembarcamos en ellas, Pero tú, si bien entiendo, vas a la búsqueda de una donde nadie haya desembarcado nunca, Lo sabré cuando llegue, Si llegas, Sí, a veces se naufraga en el camino, pero si tal me ocurre, deberás escribir en los anales del puerto que el punto adonde llegué fue ése, Quieres decir que llegar, se llega siempre, No serías quien eres si no lo supieses ya. El capitán del puerto dijo, Voy a darte la embarcación que te conviene. Cuál, Es un barco con mucha experiencia, todavía del tiempo en que toda la gente andaba buscando islas desconocidas, Cuál, Creo que incluso encontró algunas, Cuál, Aquél. Así que la mujer de la limpieza percibió para dónde apuntaba el capitán, salió corriendo de detrás de los bidones y gritó, Es mi barco, es mi barco, hay que perdonarle la insólita reivindicación de propiedad, a todo título abusiva, el barco era aquel que le había gustado, simplemente. Parece una carabela, dijo el hombre, Más o menos, concordó el capitán, en su origen era una carabela, después pasó por arreglos y adaptaciones que la modificaron un poco, Pero continúa siendo una carabela, Sí, en el conjunto conserva el antiguo aire, Y tiene mástiles y velas, Cuando se va en busca de islas desconocidas, es lo más recomendable. La mujer de la limpieza no se contuvo, Para mí no quiero otro, Quién eres tú, preguntó el hombre, No te acuerdas de mí, No tengo idea, Soy la mujer de la limpieza, Qué limpieza, La del palacio del rey, La que abría la puerta de las peticiones, No había otra, Y por qué no estás en el palacio del rey, limpiando y abriendo puertas, Porque las puertas que yo quería ya fueron abiertas y porque de hoy en adelante sólo limpiaré barcos, Entonces estás decidida a ir conmigo en busca de la isla desconocida, Salí del palacio por la puerta de las decisiones, Siendo así, ve para la carabela, mira cómo está aquello, después del tiempo pasado debe precisar de un buen lavado, y ten cuidado con las gaviotas, que no son de fiar, No quieres venir conmigo a conocer tu barco por dentro, Dijiste que era tuyo, Disculpa, fue sólo porque me gustó, Gustar es probablemente la mejor manera de tener, tener debe de ser la peor manera de gustar. El capitán del puerto interrumpió la conversación, Tengo que entregar las llaves al dueño del barco, a uno o a otro, resuélvanlo, a mí tanto me da, Los barcos tienen llave, preguntó el hombre, Para entrar, no, pero allí están las bodegas y los pañoles, y el camarote del comandante con el diario de a bordo, Ella que se encargue de todo, yo voy a reclutar la tripulación, dijo el hombre, y se apartó.
La mujer de la limpieza fue a la oficina del capitán para recoger las llaves, después entró en el barco, dos cosas le valieron, la escoba del palacio y el aviso contra las gaviotas, todavía no había acabado de atravesar la pasarela que unía la amurada al atracadero y ya las malvadas se precipitaban sobre ella gritando, furiosas, con las fauces abiertas, como si la fueran a devorar allí mismo. No sabían con quién se enfrentaban. La mujer de la limpieza posó el cubo, se guardó las llaves en el seno, plantó bien los pies en la pasarela y, remolineando la escoba como si fuese un espadón de los buenos tiempos, consiguió poner en desbandada a la cuadrilla asesina. Sólo cuando entró en el barco comprendió la ira de las gaviotas, había nidos por todas partes, muchos de ellos abandonados, otros todavía con huevos, y unos pocos con gaviotillas de pico abierto, a la espera de comida, Pues sí, pero será mejor que se muden de aquí, un barco que va en busca de la isla desconocida no puede tener este aspecto, como si fuera un gallinero, dijo. Tiró al agua los nidos vacíos, los otros los dejó, luego veremos. Después se remangó las mangas y se puso a lavar la cubierta. Cuando acabó la dura tarea, abrió el pañol de las velas y procedió a un examen minucioso del estado de las costuras, tanto tiempo sin ir al mar y sin haber soportado los estirones saludables del viento. Las velas son los músculos del barco, basta ver cómo se hinchan cuando se esfuerzan, pero, y eso mismo les sucede a los músculos, si no se les da uso regularmente, se aflojan, se ablandan, pierden nervio. Y las costuras son los nervios de las velas, pensó la mujer de la limpieza, contenta por aprender tan de prisa el arte de la marinería. Encontró deshilachadas algunas bastillas, pero se conformó con señalarlas, dado que para este trabajo no le servían la aguja y el hilo con que zurcía las medias de los pajes antiguamente, o sea, ayer. En cuanto a los otros pañoles, enseguida vio que estaban vacíos. Que el de la pólvora estuviese desabastecido, salvo un polvillo negro en el fondo, que al principio le parecieron cagaditas de ratón, no le importó nada, de hecho no está escrito en ninguna ley, por lo menos hasta donde la sabiduría de una mujer de la limpieza es capaz de alcanzar, que ir por una isla desconocida tenga que ser forzosamente una empresa de guerra. Ya le enfadó, y mucho, la falta absoluta de municiones de boca en el pañol respectivo, no por ella, que estaba de sobra acostumbrada al mal rancho del palacio, sino por el hombre al que dieron este barco, no tarda que el sol se ponga, y él aparecerá por ahí clamando que tiene hambre, que es el dicho de todos los hombres apenas entran en casa, como si sólo ellos tuviesen estómago y sufriesen de la necesidad de llenarlo, Y si trae marineros para la tripulación, que son unos ogros comiendo, entonces no sé cómo nos vamos a gobernar, dijo la mujer de la limpieza.
No merecía la pena preocuparse tanto. El sol acababa de sumirse en el océano cuando el hombre que tenía un barco surgió en el extremo del muelle. Traía un bulto en la mano, pero venía solo y cabizbajo. La mujer de la limpieza fue a esperarlo a la pasarela, antes de que abriera la boca para enterarse de cómo había transcurrido el resto del día, él dijo, Estate tranquila, traigo comida para los dos, Y los marineros, preguntó ella, Como puedes ver, no vino ninguno, Pero los dejaste apalabrados, al menos, volvió a preguntar ella, Me dijeron que ya no hay islas desconocidas, y que, incluso habiéndolas, no iban a dejar el sosiego de sus lares y la buena vida de los barcos de línea para meterse en aventuras oceánicas, a la búsqueda de un imposible, como si todavía estuviéramos en el tiempo del mar tenebroso, Y tú qué les respondiste, Que el mar es siempre tenebroso, Y no les hablaste de la isla desconocida, Cómo podría hablarles de una isla desconocida, si no la conozco, Pero tienes la certeza de que existe, Tanta como de que el mar es tenebroso, En este momento, visto desde aquí, con las aguas color de jade y el cielo como un incendio, de tenebroso no le encuentro nada, Es una ilusión tuya, también las islas a veces parece que fluctúan sobre las aguas y no es verdad, Qué piensas hacer, si te falta una tripulación, Todavía no lo sé, Podríamos quedarnos a vivir aquí, yo me ofrecería para lavar los barcos que vienen al muelle, y tú, Y yo, Tendrás un oficio, una profesión, como ahora se dice, Tengo, tuve, tendré si fuera preciso, pero quiero encontrar la isla desconocida, quiero saber quién soy yo cuando esté en ella, No lo sabes, Si no sales de ti, no llegas a saber quién eres, El filósofo del rey, cuando no tenía nada que hacer, se sentaba junto a mí, para verme zurcir las medias de los pajes, y a veces le daba por filosofar, decía que todo hombre es una isla, yo, como aquello no iba conmigo, visto que soy mujer, no le daba importancia, tú qué crees, Que es necesario salir de la isla para ver la isla, que no nos vemos si no nos salimos de nosotros, Si no salimos de nosotros mismos, quieres decir, No es igual. El incendio del cielo iba languideciendo, el agua de repente adquirió un color morado, ahora ni la mujer de la limpieza dudaría que el mar es de verdad tenebroso, por lo menos a ciertas horas.
Dijo el hombre, Dejemos las filosofías para el filósofo del rey, que para eso le pagan, ahora vamos a comer, pero la mujer no estuvo de acuerdo, Primero tienes que ver tu barco, sólo lo conoces por fuera. Qué tal lo encontraste, Hay algunas costuras de las velas que necesitan refuerzo, Bajaste a la bodega, encontraste agua abierta, En el fondo hay alguna, mezclada con el lastre, pero eso me parece que es lo apropiado, le hace bien al barco, Cómo aprendiste esas cosas, Así, Así cómo, Como tú, cuando dijiste al capitán del puerto que aprenderías a navegar en la mar, Todavía no estamos en el mar, Pero ya estamos en el agua, Siempre tuve la idea de que para la navegación sólo hay dos maestros verdaderos, uno es el mar, el otro es el barco, Y el cielo, te olvidas del cielo, Sí, claro, el cielo, Los vientos, Las nubes, El cielo, Sí, el cielo.
En menos de un cuarto de hora habían acabado la vuelta por el barco, una carabela, incluso transformada, no da para grandes paseos. Es bonita, dijo el hombre, pero si no consigo tripulantes suficientes para la maniobra, tendré que ir a decirle al rey que ya no la quiero, Te desanimas a la primera contrariedad, La primera contrariedad fue esperar al rey tres días, y no desistí, Si no encuentras marineros que quieran venir, ya nos las arreglaremos los dos, Estás loca, dos personas solas no serían capaces de gobernar un barco de éstos, yo tendría que estar siempre al timón, y tú, ni vale la pena explicarlo, es una locura, Después veremos, ahora vamos a cenar. Subieron al castillo de popa, el hombre todavía protestando contra lo que llamara locura, allí la mujer de la limpieza abrió el fardel que él había traído, un pan, queso curado, de cabra, aceitunas, una botella de vino. La luna ya estaba a medio palmo sobre el mar, las sombras de la verga y del mástil grande vinieron a tumbarse a sus pies. Es realmente bonita nuestra carabela, dijo la mujer, y enmendó enseguida, La tuya, tu carabela, Supongo que no será mía por mucho tiempo, Navegues o no navegues con ella, la carabela es tuya, te la dio el rey, Se la pedí para buscar una isla desconocida, Pero estas cosas no se hacen de un momento para otro, necesitan su tiempo, ya mi abuelo decía que quien va al mar se avía en tierra, y eso que él no era marinero, Sin marineros no podremos navegar, Eso ya lo has dicho, Y hay que abastecer el barco de las mil cosas necesarias para un viaje como éste, que no se sabe adónde nos llevará, Evidentemente, y después tendremos que esperar a que sea la estación apropiada, y salir con marea buena, y que venga gente al puerto a desearnos buen viaje, Te estás riendo de mí, Nunca me reiría de quien me hizo salir por la puerta de las decisiones, Discúlpame, Y no volveré a pasar por ella, suceda lo que suceda. La luz de la luna iluminaba la cara de la mujer de la limpieza, Es bonita, realmente es bonita, pensó el hombre, y esta vez no se refería a la carabela. La mujer, ésa, no pensó nada, lo habría pensado todo durante aquellos tres días, cuando entreabría de vez en cuando la puerta para ver si aquél aún continuaba fuera, a la espera. No sobró ni una miga de pan o de queso, ni una gota de vino, los huesos de las aceitunas fueron a parar al agua, el suelo está tan limpio como quedó cuando la mujer de la limpieza le pasó el último paño. La sirena de un paquebote que se hacía a la mar soltó un ronquido potente, como debieron de ser los del leviatán, y la mujer dijo, Cuando sea nuestra vez, haremos menos ruido. A pesar de que estaban en el interior del muelle, el agua se onduló un poco al paso del paquebote, y el hombre dijo, Pero nos balancearemos mucho más. Se rieron los dos, después se callaron, pasado un rato uno de ellos opinó que lo mejor sería irse a dormir. No es que yo tenga mucho sueño, y el otro concordó, Ni yo, después se callaron otra vez, la luna subió y continuó subiendo, a cierta altura la mujer dijo, Hay literas abajo, y el hombre dijo, Sí, y entonces fue cuando se levantaron y descendieron a la cubierta, ahí la mujer dijo, Hasta mañana, yo voy para este lado, y el hombre respondió, Y yo para éste, hasta mañana, no dijeron babor o estribor, probablemente porque todavía están practicando en las artes. La mujer volvió atrás, Me había olvidado, se sacó del bolsillo dos cabos de velas, Los encontré cuando limpiaba, pero no tengo cerillas, Yo tengo, dijo el hombre. Ella mantuvo las velas, una en cada mano, él encendió un fósforo, después, abrigando la llama bajo la cúpula de los dedos curvados la llevó con todo el cuidado a los viejos pabilos, la luz prendió, creció lentamente como la de la luna, bañó la cara de la mujer de la limpieza, no sería necesario decir que él pensó, Es bonita, pero lo que ella pensó, sí, Se ve que sólo tiene ojos para la isla desconocida, he aquí cómo se equivocan las personas interpretando miradas, sobre todo al principio. Ella le entregó una vela, dijo, Hasta mañana, duerme bien, él quiso decir lo mismo, de otra manera, Que tengas sueños felices, fue la frase que le salió, dentro de nada, cuando esté abajo, acostado en su litera, se le ocurrirán otras frases, más espiritosas, sobre todo más insinuantes, como se espera que sean las de un hombre cuando está a solas con una mujer. Se preguntaba si ella dormiría, si habría tardado en entrar en el sueño, después imaginó que andaba buscándola y no la encontraba en ningún sitio, que estaban perdidos los dos en un barco enorme, el sueño es un prestidigitador hábil, muda las proporciones de las cosas y sus distancias, separa a las personas y ellas están juntas, las reúne, y casi no se ven una a otra, la mujer duerme a pocos metros y él no sabe cómo alcanzarla, con lo fácil que es ir de babor a estribor.
Le había deseado buenos sueños, pero fue él quien se pasó toda la noche soñando. Soñó que su carabela navegaba por alta mar, con las tres velas triangulares gloriosamente hinchadas, abriendo camino sobre las olas, mientras él manejaba la rueda del timón y la tripulación descansaba a la sombra. No entendía cómo estaban allí los marineros que en el puerto y en la ciudad se habían negado a embarcar con él para buscar la isla desconocida, probablemente se arrepintieron de la grosera ironía con que lo trataron. Veía animales esparcidos por la cubierta, patos, conejos, gallinas, lo habitual de la crianza doméstica, comiscando los granos de millo o royendo las hojas de col que un marinero les echaba, no se acordaba de cuándo los habían traído para el barco, fuese como fuese, era natural que estuviesen allí, imaginemos que la isla desconocida es, como tantas veces lo fue en el pasado, una isla desierta, lo mejor será jugar sobre seguro, todos sabemos que abrir la puerta de la conejera y agarrar un conejo por las orejas siempre es más fácil que perseguirlo por montes y valles. Del fondo de la bodega sube ahora un relincho de caballos, de mugidos de bueyes, de rebuznos de asnos, las voces de los nobles animales necesarios para el trabajo pesado, y cómo llegaron ellos, cómo pueden caber en una carabela donde la tripulación humana apenas tiene lugar, de súbito el viento dio una cabriola, la vela mayor se movió y ondeó, detrás estaba lo que antes no se veía, un grupo de mujeres que incluso sin contarlas se adivinaba que eran tantas cuantos los marineros, se ocupan de sus cosas de mujeres, todavía no ha llegado el tiempo de ocuparse de otras, está claro que esto sólo puede ser un sueño, en la vida real nunca se ha viajado así. El hombre del timón buscó con los ojos a la mujer de la limpieza y no la vio. Tal vez esté en la litera de estribor, descansando de la limpieza de la cubierta, pensó, pero fue un pensar fingido, porque bien sabe, aunque tampoco sepa cómo lo sabe, que ella a última hora no quiso venir, que saltó para el embarcadero, diciendo desde allí, Adiós, adiós, ya que sólo tienes ojos para la isla desconocida, me voy, y no era verdad, ahora mismo andan los ojos de él pretendiéndola y no la encuentran. En este momento se cubrió el cielo y comenzó a llover y, habiendo llovido, principiaron a brotar innumerables plantas de las filas de sacos de tierra alineados a lo largo de la amurada, no están allí porque se sospeche que no haya tierra bastante en la isla desconocida, sino porque así se ganará tiempo, el día que lleguemos sólo tendremos que trasplantar los árboles frutales, sembrar los granos de las pequeñas cosechas que van madurando aquí, adornar los jardines con las flores que abrirán de estos capullos. El hombre del timón pregunta a los marineros que descansan en cubierta si avistan alguna isla desconocida, y ellos responden que no ven ni de unas ni de otras, pero que están pensando desembarcar en la primera tierra habitada que aparezca, siempre que haya un puerto donde fondear, una taberna donde beber y una cama donde folgar, que aquí no se puede, con toda esta gente junta. Y la isla desconocida, preguntó el hombre del timón, La isla desconocida es cosa inexistente, no pasa de una idea de tu cabeza, los geógrafos del rey fueron a ver en los mapas y declararon que islas por conocer es cosa que se acabó hace mucho tiempo, Debieron haberse quedado en la ciudad, en lugar de venir a entorpecerme la navegación, Andábamos buscando un lugar mejor para vivir y decidimos aprovechar tu viaje, No son marineros, Nunca lo fuimos, Solo no seré capaz de gobernar el barco, Haber pensado en eso antes de pedírselo al rey, el mar no enseña a navegar. Entonces el hombre del timón vio tierra a lo lejos y quiso pasar adelante, hacer cuenta de que ella era el reflejo de otra tierra, una imagen que hubiese venido del otro lado del mundo por el espacio, pero los hombres que nunca habían sido marineros protestaron, dijeron que era allí mismo donde querían desembarcar, Esta es una isla del mapa, gritaron, te mataremos si no nos llevas. Entonces, por sí misma, la carabela viró la proa en dirección a tierra, entró en el puerto y se encostó a la muralla del embarcadero, Pueden irse, dijo el hombre del timón, acto seguido salieron en orden, primero las mujeres, después los hombres, pero no se fueron solos, se llevaron con ellos los patos, los conejos y las gallinas, se llevaron los bueyes, los asnos y los caballos, y hasta las gaviotas, una tras otra, levantaron el vuelo y se fueron del barco, transportando en el pico a sus gaviotillas, proeza que no habían acometido nunca, pero siempre hay una primera vez. El hombre del timón contempló la desbandada en silencio, no hizo nada para retener a quienes lo abandonaban, al menos le habían dejado los árboles, los trigos y las flores, con las trepadoras que se enrollaban a los mástiles y pendían de la amurada como festones. Debido al atropello de la salida se habían roto y derramado los sacos de tierra, de modo que la cubierta era como un campo labrado y sembrado, sólo falta que caiga un poco más de lluvia para que sea un buen año agrícola. Desde que el viaje a la isla desconocida comenzó, no se ha visto comer al hombre del timón, debe de ser porque está soñando, apenas soñando, y si en el sueño les apeteciese un trozo de pan o una manzana, sería un puro invento, nada más. Las raíces de los árboles están penetrando en el armazón del barco, no tardará mucho en que estas velas hinchadas dejen de ser necesarias, bastará que el viento sople en las copas y vaya encaminando la carabela a su destino. Es un bosque que navega y se balancea sobre las olas, un bosque en donde, sin saberse cómo, comenzaron a cantar pájaros, estarían escondidos por ahí y pronto decidieron salir a la luz, tal vez porque la cosecha ya esté madura y es la hora de la siega. Entonces el hombre fijó la rueda del timón y bajó al campo con la hoz en la mano, y, cuando había segado las primeras espigas, vio una sombra al lado de su sombra. Se despertó abrazado a la mujer de la limpieza, y ella a él, confundidos los cuerpos, confundidas las literas, que no se sabe si ésta es la de babor o la de estribor. Después, apenas el sol acabó de nacer, el hombre y la mujer fueron a pintar en la proa del barco, de un lado y de otro, en blancas letras, el nombre que todavía le faltaba a la carabela. Hacia la hora del mediodía, con la marea, La Isla Desconocida se hizo por fin a la mar, a la búsqueda de sí misma
Jose Saramago
Ningun Lugar Esta Lejos
¡Rae!:
¡Gracias por invitarme a tu fiesta de cumpleaños! Tu casa está a miles de kilómetros de la mía, y viajo sólo si tengo una buena razón... Una fiesta para Rae es la mejor razón y ansío estar contigo.
Inicié mi viaje en el corazón del colibrí al que tú y yo conocimos tiempo atrás. Fue tan cordial como siempre, pero cuando le dije que la pequeña Rae estaba creciendo y que yo iba a su fiesta de cumpleaños con un regalo, quedó perplejo. Volamos largo rato en silencio; por fin él dijo:
- "Entiendo muy poco de lo que dices, pero lo que menos entiendo es que vayas a la fiesta".
- "Por supuesto que voy a la fiesta", respondí. "¿Acaso es tan difícil de entender?"
Calló y cuando llegamos al hogar del buho, dijo:
- "¿Es que los kilómetros pueden separarnos verdaderamente de los amigos? Si quieres estar con Rae, ¿no estás ya allí?"
- "La pequeña Rae está creciendo y voy a su fiesta de cumpleaños con un regalo", dije al buho.
Tuve una extraña sensación al decir voy de esa manera, después de hablar con el colibrí, pero no lo dije así para que el buho comprendiese. También el voló en silencio largo rato. Fue un silencio amistoso, pero cuando me depositaba a salvo en el hogar del águila, dijo:
- "Entiendo muy poco de lo que dices, pero lo que menos entiendo es que llames pequeña a tu amiga".
- "Por supuesto que es pequeña", respondí, "porque no ha crecido ¿Acaso es tan difícil de entender?"
El buho me miró con sus profundos ojos ambarinos, sonrió y dijo:
- "Piénsalo"
- "La pequeña Rae está creciendo y voy a su fiesta de cumpleaños con un regalo", dije al águila.
Tuve una extraña sensación al decir voy y pequeña después de hablar con el colibrí y el buho, pero lo dije así para que el águila comprendiese. Junto volamos sobre las colinas, y remontamos los vientos montañes. Por fin dijo:
- "Entiendo muy poco lo que dices, pero lo que menos entiendo es la palabra cumpleaños".
- "Por supuesto, cumpleaños", respondí.
- "Vamos a celebrar la hora en que empezó Rae, y antes de la cual ella no era. ¿Acaso eso es tan difícil de entender?" El águila curvó sus alas diestramente y aterrizó con soltura, posándose en la arena del desierto.
- "¿Un tiempo antes de que empezara la vida de Rae? ¿No te parece más bien que es la vida de Rae la que empezó antes de que existiera el tiempo?"
- "La pequeña Rae está creciendo y voy a su fiesta de cumpleaños con un regalo", dije al halcón.
Tuve una extraña sensación al decir voy y pequeña y cumpleaños después de hablar con el colibrí y el buho y el águila, pero lo dije así para que el halcón comprendiese. Debajo de nosotros, a lo lejos, se derramaba el desierto, y al fin dijo:
- "Mira, entiendo muy poco de lo que dices, pero lo que menos entiendo es crecer".
- "Por supuesto, crecer", respondí. "Rae está más cerca de ser adulta, un año más lejos de ser una niña. ¿Acaso eso es tan difícil de entender?" El halcón aterrizó por fin en una playa desolada.
- "¿Un año más lejos de ser una niña? ¿Eso no suena como crecer?" Y elevándose en el aire, partió.
Yo sabía que la gaviota era muy sabia. Mientras volaba con ella pensé con sumo cuidado y elegí las palabras de modo que, cuando hablara, ella supuese que yo estaba aprendiendo.
- "Gaviota", dije por fin, "¿por qué vuelas conmigo a ver a Rae, cuando en verdad sabes que ya estoy con ella?"
La gaviota descendió sobre el mar, sobre las colinas, sobre las callas y suavemente aterrizó en tu azotea.
- "Porque lo importante", dijo, "es que tu sepas esa verdad. Hasta que la sepas, hasta que verdaderamente la comprendas puedes mostrarla sólo de maneras más pequeñas, y con ayuda externa de máquinas y personas y aves. Pero recuerda", agregó, "que el ser desconocida no impide que la verdad sea verdadera". Y partió.
Ahora es tiempo de abrir tu regalo. Los obsequios de latón y de vidrio se gastan en un día y desaparecen.
Pero yo tengo un regalo mejor para tí. Es un anillo para que lo uses. Centellea con una luz especial y nadie puede quitártelo; no se lo puede destruir. Eres la única en el mundo entero que puede ver el anillo que hoy te entrego, tal como yo fui el único que pude verlo cuando era mío.
Tu anillo te otorga un nuevo poder. Usándolo puedes elevarte en las alas de todas las aves que vuelan... Puedes ver a través de sus dorados ojos, puedes tocar el viento que sopla por entre sus aterciopeladas alas, puedes conocer el júbilo de llegar muy alto sobre el mundo y todas sus preocupaciones. Puedes permanecer cuanto quieras en el cielo, después de la noche, durante la salida del sol, y cuando tengas ganas de bajar otra vez tus preguntas tendrán respuestas y tus angustias habrán desaparecido.
Como cualquier cosa que no se puede tocar con las manos ni ver con los ojos, tu regalo se torna más poderoso a medida que lo usas. Al principio podrás usarlo solamente cuando estés en el aire libre, observando al pájaro con el que vuelas. Pero más tarde, si lo usas bien, funcionará con aves a las que no puedes ver, y al final comprobarás que no necesitas anillo ni pájaro para volar sola sobre el silencio de las nubes.
Y cuando ese día te llegue, debes dar tu regalo a alguien que sepas que lo usará bien, y que pueda aprender que las únicas cosas que importan están hechas de verdad y alegría y no de la latón y vidrio.
Rae, esta es la última fiesta que celebraré contigo, después de haber aprendido lo que me enseñaron nuestros amigos, los pájaros.
* No puedo ir a estar contigo porque ya estoy allí.
* No eres pequeña porque ya has crecido, jugando entre los momentos de tu vida como lo hacemos todos, por la diversión de vivir.
* No tienes cumpleaños porque siempre has vivido; jamás naciste y nunca morirás. No eres hija de las personas a quienes llamas madre y padre, sino su compañera de aventuras en una luminosa jornada para comprender las cosas que son.
Cada regalo de un amigo es un deseo de felicidad, como este anillo lo es para tí.
Vuela libre y dichosa más allá de los cumpleaños y a través de la eternidad, y nos encontraremos alguna que otra vez cuando lo deseemos, en medio de la única celebración que jamás puede terminar.
Richard Bach
¡Gracias por invitarme a tu fiesta de cumpleaños! Tu casa está a miles de kilómetros de la mía, y viajo sólo si tengo una buena razón... Una fiesta para Rae es la mejor razón y ansío estar contigo.
Inicié mi viaje en el corazón del colibrí al que tú y yo conocimos tiempo atrás. Fue tan cordial como siempre, pero cuando le dije que la pequeña Rae estaba creciendo y que yo iba a su fiesta de cumpleaños con un regalo, quedó perplejo. Volamos largo rato en silencio; por fin él dijo:
- "Entiendo muy poco de lo que dices, pero lo que menos entiendo es que vayas a la fiesta".
- "Por supuesto que voy a la fiesta", respondí. "¿Acaso es tan difícil de entender?"
Calló y cuando llegamos al hogar del buho, dijo:
- "¿Es que los kilómetros pueden separarnos verdaderamente de los amigos? Si quieres estar con Rae, ¿no estás ya allí?"
- "La pequeña Rae está creciendo y voy a su fiesta de cumpleaños con un regalo", dije al buho.
Tuve una extraña sensación al decir voy de esa manera, después de hablar con el colibrí, pero no lo dije así para que el buho comprendiese. También el voló en silencio largo rato. Fue un silencio amistoso, pero cuando me depositaba a salvo en el hogar del águila, dijo:
- "Entiendo muy poco de lo que dices, pero lo que menos entiendo es que llames pequeña a tu amiga".
- "Por supuesto que es pequeña", respondí, "porque no ha crecido ¿Acaso es tan difícil de entender?"
El buho me miró con sus profundos ojos ambarinos, sonrió y dijo:
- "Piénsalo"
- "La pequeña Rae está creciendo y voy a su fiesta de cumpleaños con un regalo", dije al águila.
Tuve una extraña sensación al decir voy y pequeña después de hablar con el colibrí y el buho, pero lo dije así para que el águila comprendiese. Junto volamos sobre las colinas, y remontamos los vientos montañes. Por fin dijo:
- "Entiendo muy poco lo que dices, pero lo que menos entiendo es la palabra cumpleaños".
- "Por supuesto, cumpleaños", respondí.
- "Vamos a celebrar la hora en que empezó Rae, y antes de la cual ella no era. ¿Acaso eso es tan difícil de entender?" El águila curvó sus alas diestramente y aterrizó con soltura, posándose en la arena del desierto.
- "¿Un tiempo antes de que empezara la vida de Rae? ¿No te parece más bien que es la vida de Rae la que empezó antes de que existiera el tiempo?"
- "La pequeña Rae está creciendo y voy a su fiesta de cumpleaños con un regalo", dije al halcón.
Tuve una extraña sensación al decir voy y pequeña y cumpleaños después de hablar con el colibrí y el buho y el águila, pero lo dije así para que el halcón comprendiese. Debajo de nosotros, a lo lejos, se derramaba el desierto, y al fin dijo:
- "Mira, entiendo muy poco de lo que dices, pero lo que menos entiendo es crecer".
- "Por supuesto, crecer", respondí. "Rae está más cerca de ser adulta, un año más lejos de ser una niña. ¿Acaso eso es tan difícil de entender?" El halcón aterrizó por fin en una playa desolada.
- "¿Un año más lejos de ser una niña? ¿Eso no suena como crecer?" Y elevándose en el aire, partió.
Yo sabía que la gaviota era muy sabia. Mientras volaba con ella pensé con sumo cuidado y elegí las palabras de modo que, cuando hablara, ella supuese que yo estaba aprendiendo.
- "Gaviota", dije por fin, "¿por qué vuelas conmigo a ver a Rae, cuando en verdad sabes que ya estoy con ella?"
La gaviota descendió sobre el mar, sobre las colinas, sobre las callas y suavemente aterrizó en tu azotea.
- "Porque lo importante", dijo, "es que tu sepas esa verdad. Hasta que la sepas, hasta que verdaderamente la comprendas puedes mostrarla sólo de maneras más pequeñas, y con ayuda externa de máquinas y personas y aves. Pero recuerda", agregó, "que el ser desconocida no impide que la verdad sea verdadera". Y partió.
Ahora es tiempo de abrir tu regalo. Los obsequios de latón y de vidrio se gastan en un día y desaparecen.
Pero yo tengo un regalo mejor para tí. Es un anillo para que lo uses. Centellea con una luz especial y nadie puede quitártelo; no se lo puede destruir. Eres la única en el mundo entero que puede ver el anillo que hoy te entrego, tal como yo fui el único que pude verlo cuando era mío.
Tu anillo te otorga un nuevo poder. Usándolo puedes elevarte en las alas de todas las aves que vuelan... Puedes ver a través de sus dorados ojos, puedes tocar el viento que sopla por entre sus aterciopeladas alas, puedes conocer el júbilo de llegar muy alto sobre el mundo y todas sus preocupaciones. Puedes permanecer cuanto quieras en el cielo, después de la noche, durante la salida del sol, y cuando tengas ganas de bajar otra vez tus preguntas tendrán respuestas y tus angustias habrán desaparecido.
Como cualquier cosa que no se puede tocar con las manos ni ver con los ojos, tu regalo se torna más poderoso a medida que lo usas. Al principio podrás usarlo solamente cuando estés en el aire libre, observando al pájaro con el que vuelas. Pero más tarde, si lo usas bien, funcionará con aves a las que no puedes ver, y al final comprobarás que no necesitas anillo ni pájaro para volar sola sobre el silencio de las nubes.
Y cuando ese día te llegue, debes dar tu regalo a alguien que sepas que lo usará bien, y que pueda aprender que las únicas cosas que importan están hechas de verdad y alegría y no de la latón y vidrio.
Rae, esta es la última fiesta que celebraré contigo, después de haber aprendido lo que me enseñaron nuestros amigos, los pájaros.
* No puedo ir a estar contigo porque ya estoy allí.
* No eres pequeña porque ya has crecido, jugando entre los momentos de tu vida como lo hacemos todos, por la diversión de vivir.
* No tienes cumpleaños porque siempre has vivido; jamás naciste y nunca morirás. No eres hija de las personas a quienes llamas madre y padre, sino su compañera de aventuras en una luminosa jornada para comprender las cosas que son.
Cada regalo de un amigo es un deseo de felicidad, como este anillo lo es para tí.
Vuela libre y dichosa más allá de los cumpleaños y a través de la eternidad, y nos encontraremos alguna que otra vez cuando lo deseemos, en medio de la única celebración que jamás puede terminar.
Richard Bach
martes, 29 de marzo de 2011
se esta acabando Marzo y no he querio escribir nada por que no tengo las palabras, las mendigas me habian abandonado y apenas estan regresando como cuenta gotas, no se han dado cuenta las miserables que son mi apoyo, mi necesidad de poder levantarme dia a dia. Pero ellas argumentan que se fuern por que no han querido segui viviendo y seguir siendo utilizadas por una persona vacia y llena de nostalgia, y yo les replico que es cuando mas deben de apoyar y de estar a mi lado!! en fin. ya andan por aqui y no se que jodido escribir, tal ves ellas tenian razon, llena de nostalgia y llena de apatia uno no puede pedirle peras al olmo. esta apatia nos carcome como si fueran termitas y yo solo un pedazo de madera vieja y llena de perforaciones con oxido. entre las termitas y oxido y e agua uno no puede pedirle a Dios que me convierta en metal y no ser de madera que es tan vulnerable y tan frajil. el hombre. la perfeccion de la naturaleza y por ende de Dios. tan caotico y llena de preguntas. el peor de sus males es el cancer de los sentimientos. no me hagas caso blog, que ando... solo ando.
miércoles, 23 de febrero de 2011
Asi estoy yo sin ti
Extraño como un pato en el Manzanares,
torpe como un suicida sin vocación,
absurdo como un belga por soleares,
vacío como una isla sin Robinson,
oscuro como un túnel sin tren expreso,
negro como los ángeles de Machín,
febril como la carta de amor de un preso...,
Así estoy yo, así estoy yo, sin ti.
Perdido como un quinto en día de permiso,
como un santo sin paraíso,
como el ojo del maniquí,
huraño como un dandy con lamparones,
como un barco sin polizones...,
así estoy yo, así estoy yo, sin ti.
Más triste que un torero
al otro lado del telón de acero.
Así estoy yo, así estoy yo, sin ti.
Vencido como un viejo que pierde al tute,
lascivo como el beso del coronel,
furtivo como el Lute cuando era el Lute,
inquieto como un párroco en un burdel,
errante como un taxi por el desierto,
quemado como el cielo de Chernovil,
solo como un poeta en el aeropuerto...,
así estoy yo, así estoy yo, sin ti.
Inútil como un sello por triplicado,
como el semen de los ahorcados,
como el libro del porvenir,
violento como un niño sin cumpleaños,
como el perfume del desengaño...,
así estoy yo, así estoy yo, sin ti.
Más triste que un torero
al otro lado del telón de acero.
Así estoy yo, así estoy yo, sin ti.
Amargo como el vino del exiliado,
como el domingo del jubilado,
como una boda por lo civil,
macabro como el vientre de los misiles,
como un pájaro en un desfile...,
así estoy yo, así estoy yo, sin ti.
Más triste que un torero
al otro lado del telón de acero.
Así estoy yo, así estoy yo, sin ti.
Joaquin Sabinita
torpe como un suicida sin vocación,
absurdo como un belga por soleares,
vacío como una isla sin Robinson,
oscuro como un túnel sin tren expreso,
negro como los ángeles de Machín,
febril como la carta de amor de un preso...,
Así estoy yo, así estoy yo, sin ti.
Perdido como un quinto en día de permiso,
como un santo sin paraíso,
como el ojo del maniquí,
huraño como un dandy con lamparones,
como un barco sin polizones...,
así estoy yo, así estoy yo, sin ti.
Más triste que un torero
al otro lado del telón de acero.
Así estoy yo, así estoy yo, sin ti.
Vencido como un viejo que pierde al tute,
lascivo como el beso del coronel,
furtivo como el Lute cuando era el Lute,
inquieto como un párroco en un burdel,
errante como un taxi por el desierto,
quemado como el cielo de Chernovil,
solo como un poeta en el aeropuerto...,
así estoy yo, así estoy yo, sin ti.
Inútil como un sello por triplicado,
como el semen de los ahorcados,
como el libro del porvenir,
violento como un niño sin cumpleaños,
como el perfume del desengaño...,
así estoy yo, así estoy yo, sin ti.
Más triste que un torero
al otro lado del telón de acero.
Así estoy yo, así estoy yo, sin ti.
Amargo como el vino del exiliado,
como el domingo del jubilado,
como una boda por lo civil,
macabro como el vientre de los misiles,
como un pájaro en un desfile...,
así estoy yo, así estoy yo, sin ti.
Más triste que un torero
al otro lado del telón de acero.
Así estoy yo, así estoy yo, sin ti.
Joaquin Sabinita
he dejado de escribir. Tal ves por que no me siento sola asi que no necesito estos medios para llenar ese vacio, pero ultimamente no me he sentido de todo bien. mi memoria se esta arraigando a una isla desierta y yo que quiero seguir recorriendo los siete mares,me pega la desilucion cada vez que quiero tocar el cielo y me tiran las escaleras el mismisimo señor de los altares dueño del cielo. no puedo hacer mas, ya no quiero no, ya no quiero ser el mismo perro callejero que a falta de hogar recoge siempre las sobras, ya me canse o mejor dicho ya no puedo mas, por que salgo de la caverna de platon y me vuelvo a introducir a su mundo de las ideas.
todo esto es un circulo vicioso es como una buena linea de coca fina, fresca,blanca como la nieve,llena de misterio y decadencia. tengo que hacer algo, si... algo que me llene y que no tenga que depender de otros arboles mas grandes que yo.
.....en mi casa no hay nada prohibido, pero no vayas a enamorarte, con el alma tendras que marcharte para no volver, olvidando que me has conocido que alguna ves estuviste en mi kma, hay caprichos de una dama que no puede tener.....JSabina
todo esto es un circulo vicioso es como una buena linea de coca fina, fresca,blanca como la nieve,llena de misterio y decadencia. tengo que hacer algo, si... algo que me llene y que no tenga que depender de otros arboles mas grandes que yo.
.....en mi casa no hay nada prohibido, pero no vayas a enamorarte, con el alma tendras que marcharte para no volver, olvidando que me has conocido que alguna ves estuviste en mi kma, hay caprichos de una dama que no puede tener.....JSabina
jueves, 10 de febrero de 2011
metaforas
La mujer que yo quiero no necesita
bañarse cada noche en agua bendita.
tiene muchos defectos, dice mi madre,
y demasiados huesos, dice mi padre.
pero ella es mas verdad que el pan y la tierra.
mi amor es un amor de antes de la guerra
para saberlo,
la mujer que yo quiero, no necesita
deshojar cada noche una margarita.
La mujer que yo quiero, es fruta jugosa
prendida en mi alma como si cualquier cosa.
con ella quieren dármela mis amigos
y se amargan la vida mis enemigos...
Porque sin querer tú, te envuelve su arrullo
y contra su calor, se pierde el orgullo
y la vergüenza...
la mujer que yo quiero, es fruta jugosa
madurando felíz, dulce y vanidosa.
La mujer que yo quiero, me ató a su yunta
para sembrar la tierra de punta a punta
de un amor que nos habla con voz de sabio
y tiene de mujer la piel y los labios.
Son todos suyos mis compañeros de antes...
mi perro, mi scalextric y mis amantes
pobre juanito...
la mujer que yo quiero, me ató a su yunta;
pero, por favor, no se lo digas nunca.
JMS
bañarse cada noche en agua bendita.
tiene muchos defectos, dice mi madre,
y demasiados huesos, dice mi padre.
pero ella es mas verdad que el pan y la tierra.
mi amor es un amor de antes de la guerra
para saberlo,
la mujer que yo quiero, no necesita
deshojar cada noche una margarita.
La mujer que yo quiero, es fruta jugosa
prendida en mi alma como si cualquier cosa.
con ella quieren dármela mis amigos
y se amargan la vida mis enemigos...
Porque sin querer tú, te envuelve su arrullo
y contra su calor, se pierde el orgullo
y la vergüenza...
la mujer que yo quiero, es fruta jugosa
madurando felíz, dulce y vanidosa.
La mujer que yo quiero, me ató a su yunta
para sembrar la tierra de punta a punta
de un amor que nos habla con voz de sabio
y tiene de mujer la piel y los labios.
Son todos suyos mis compañeros de antes...
mi perro, mi scalextric y mis amantes
pobre juanito...
la mujer que yo quiero, me ató a su yunta;
pero, por favor, no se lo digas nunca.
JMS
Me encuentro en las ultimas horas para presenciar mi muerte y estar presente en mi funeral, pero antes de eso quiero escribir que me acabo de encontrar un sujeto en mi existencia que me esta quitando la concentración, después de haber visto su mirada con sus ojos claros y sus labios rosas, después de ver su pelo como si fuera humo de un cigarrillo en pleno amanecer, después de ver su personalidad de 23, después de ver que no le hace falta ni le sobra ningún hueso, después de reflejarme en sus ojos que expresan toda una emoción por la vida que ha de venir,después de tomar su mano y llenarme de vida sintiendo su piel,su calor, después de ver sus pies metidos en unos tenis rojos como la sangre que corría dentro de mi, viendo como su ropa axfixiaba su piel ,donde cerraba mis ojos y me imaginaba todo un campo de trigo, después de oír, sentir, mirar,oler todo de él, sentí en mi correr varios funambulistas por mis venas,sentí, sentí y mi sentimiento crece y crecerá pero los muertos están en cautiverio y no los dejan salir del cementerio.
Año: d.c. y d.z
Año: d.c. y d.z
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