sábado, 13 de septiembre de 2008

quizas....

Es noche
Afuera crepitan los restos de mí.
Ya dejé de ser yo hace rato
Ahora soy alguien más
Quizás vos
Quizás él
Quizás otro
Quizás otra.
¿Quien sabe?
Afuera crepitan los restos de mí
Y el humo lleva una canción al viento
Una canción que cuenta mi historia en tres estrofas.
Y cuando deje de arder...¿vendrás a rescatarme?
¿Vendrás a buscarme en la ceniza?
¿Juntarás del polvo mi escencia?
Quien sabe.
Es noche.
Afuera crepitan los restos de mí.
RP

Limon


Yo quiero un cielo
color verde limón
un sol hecho de gajos
y nubes de semillas
Yo quiero un cielo
color verde limón
con lunas en rodajas
y estrellas amarillas
Yo quiero un cielo
color verde limón
que llueva jugo ácido
sobre nosotros dos
Que dos tazas de té
esperen y el reloj
con vitamina C
de las cinco
vos y yo.
RP

Sueños


Del agua color violeta
saltan peces platinados.
A la orilla del río crecen
estrellas
con tallos de seda.
Se enredan sobre la hierba
y trepan por la colina
del cielo caen burbujas
se derriten
sobre el suelo
y los peces platinados beben
del nectar de las estrellas.
RP

Cuaderno


Un cuento puede estar escrito en lo que dura un viaje en colectivo. Su calidad depende, pura y exclusivamente, del talento del escritor.”

Su voz resonó en mi mente como un balazo, con la misma frialdad con la que un médico forense descuartiza un cadáver putrefacto. Con ese puñado de palabras me cargaba un peso encima que yo no podía ni quería soportar. Me culpaba por mi mediocridad como escritor, por mi falta de dedicación, por esgrimir excusas inútiles como la falta de tiempo.Pero a mí no me importaba, no me conmovía en absoluto porque era ella. Ella. La causante y cura de todos mis males. Mi musa inspiradora a la hora de escribir. En las páginas de mis historias había sido la heroína, la princesa, la que vagaba sola por las calles en busca de mí, la que me esperaba sentada junto al piano al regresar a casa. La libertad hecha mujer y la prisionera de todos mis demonios, que esperaba ser rescatada por un escritor mediocre que le construía pasadizos secretos en las tumbas a la largo de las páginas.Me daba lo mismo que le gustara o no. Que se conmoviera al verse retratada en mis cuentos o que permaneciera inmóvil como una estalactita. Después de todo, no tenían por qué gustarle. No había ninguna razón, ni siquiera una, para que luego de abrir el cuaderno se echara a llorar en mis brazos o me besara apasionadamente sin siquiera vacilar. No, no la había. Era imposible que algo como aquello sucediera.Ella es de esas mujeres que van dejando un halo al pasar, que destilan una suerte de sustancia hipnótica imperceptible al olfato pero fácilmente perceptible por el resto de los sentidos. Y yo… y yo, bueno. Apenas un escritor insomne que, a causa de sus dificultades para conciliar el sueño, no encuentra mejor pasatiempo que escribir sobre aquello que le resulta más remoto y más deseado: una mujer que jamás repararía en su persona. Tal es así que hace más de un año que no puedo salir de ella. No puede mi mente imaginar otro personaje ni otra historia.Ni siquiera sé por qué accedí a este estúpido juego de intercambiar nuestros cuadernos. Será, naturalmente, porque ella me lo propuso. No encontrará nada allí que no sepa o que no conozca. Lo mismo sería si le extendiera un espejo.De tanto pensarla me olvidé que, a cambio, ella me dio su cuaderno, que ahora mismo tengo entre las manos. La letra es clara y redondeada, tal como la hubiera imaginado.

Es sin dificultad que, con asombro, en la primera página leo:“¿Era necesario que inventara todo esto de los cuadernos para que sepas que te amo? Hace más de un año que no hago otra cosa que pensar y escribir sobre vos….”
RP

Emprender el vuelo


Se colgó las alas en la espalda desnuda, dejando un rastro suave de plumas desprendidas por todos los rincones de la casa. Se asomó a la ventana, y con una sonrisa insolente enunció:- Este será mi vestido de bodas.La carcajada que emitió luego le hizo brillar intensamente las pupilas. Y yo, aprovechando el contraluz que me ofrecía la claridad de la tarde, tomé la cámara y eternicé el instante. Ese instante en que rió, rió tanto con su ocurrencia hasta llorar y derramar sus últimas lágrimas.Siempre le había gustado disfrazarse. Deambulaba de mañana y de noche por la casa diciendo ser una diosa hindú, una sirena o una reina medieval. Esta vez jugaba a ser un ángel. Se cubría con los vestidos antiguos que descubría del armario de mi madre, con las sedas y los tules que encontraba en los arcones, y se tejía gargantillas con las flores del jardín. Bailaba descalza por la casa, semi vestida con sus disfrazes y coronada con rosas, jugando a ser de a ratos niña y de a ratos mujer. Se me acercaba diciendo:- Arrodíllate ante mí, cortesano. ¿No ves que su majestad la reina ha venido a ti?Y yo era capaz de seguirle el juego. De creerle a todas sus multiplicaciones, de amarlas a todas por igual, sabiendo que detrás de los mantones de seda que le cubrían momentáneamente el torso y las rosas enroscadas al cuello, detrás de las gotas de maquillaje negro que enmarcaba sus ojos y del polvo azul que besaba sus párpados, estaba ella, la misma Venus que reencarnaba a su antojo según la ocasión.Y en ésta era un ángel. Un ángel que llevaba por única vestimenta un par de alas blancas colgadas en la espalda. Un ángel caído en mi cama un tarde de verano. Hermosa como un día de verano, así la recuerdo. Con la misma locura de siempre, esa locura que le hizo creer por un instante que si atravesaba la ventana sus alas iban a agitarse en el aire.Prefiero no pensar en el ruido de su cuerpo al caer sobre el asfalto, o en las plumas blancas cubiertas con sangre. Sólo quiero recordarla con esta foto, que revelé unos meses después de su muerte, debido al dolor que me causaba enfrentarme a su imagen. Aunque no haya captado el brillo de sus pupilas , ni el sonido de su risa, ni el sabor de una de sus lágrimas, aún recuerdo el tono de su voz cuado, con insolencia, eligió a este par de alas como su vestido de bodas.
R.P

Alice


-Si conocieses al tiempo como yo -dijo el Sombrerero-, no hablarías de emplearlo o perderlo. Él es muy suyo.
-No entiendo lo que quieres decir -dijo Alicia-.
-Por supuesto que no -dijo el Sombrero-. ¡Me atrevería a decir que ni siquiera le has dirigido la palabra!
.
(Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas; Lewis Carroll; 1865)

miércoles, 10 de septiembre de 2008

tan joven y tan vieja


Apenas vi que un ojo me guiñaba la vida
le pedí que a su antojo dispusiera de mí,
el me dió las llaves de la ciudad prohibida
yo, todo lo que tengo, que es nada, se lo dí.



Así crecí volando y volé tan deprisa
que hasta mi propia sombra de vista me perdió,
para borrar mis huellas destrocé mi camisa,
confundí con estrellas las luces de neón.


Hice trampas al póker, defraudé a mis amigos,
sobre el banco de un parque dormí como un lirón;
por decir lo que pienso sin pensar lo que digo
más de un beso me dieron (y más de un bofetón).



Lo que sé del olvido lo aprendí de la luna,
lo que sé del pecado lo tuve que buscar
como un ladrón debajo del pantalon de alguno
de cuyo nombre ahora no me quiero acordar.



Así que, de momento, nada de adiós muchachos,
me duermo en los entierros de mi generación;
cada noche me invento, todavía me emborracho;
tan joven y tan vieja, like a rolling stone.

J.S.