Indagar. Sumergirme entre todo este tumultuoso mar, de aquello que envuelve mi pensamiento tanto en el lado de la imaginación como de la racionalidad; he decidido que quiero identificar un movimiento convulso que en algunas ocasiones se manifiesta justo en medio de la boca de mi estómago. Un retortijón que en ocasiones mi «debraye» confunde con la numinosidad que dijo Rudolf Otto –aunque me faltaría la «conexión con el todo» para considerarla como tal-. Creo que esa sensación estomacal se asemeja más a la repulsión que a lo numinoso. Aunque la repugnancia puede considerarse un concepto un tanto peyorativo, también lo «sublime» me genera la misma contracción justo en la misma parte del vientre –y no necesariamente es una sensación negativa-.
El punto es que tengo que aclarar que, justo en este momento mi percepción se desplaza entre lo real y lo onírico; es decir, hay una parte consciente de lo que hace mi cerebro en pro de escribir estas líneas, encontrar ciertas canciones en el productor del iTunes o escuchar claramente lo que sucede en mi entorno: María lava los trastes y Giovanna camina por la sala mientras habla por teléfono. Todo esto, significa que estoy procesando cierta información que se apega a la realidad común.
Pero hay otra parte de mi cerebro que está drogada, que de pronto me hace “querer descubrir cosas” relacionadas con lo que leí hoy; me refiero a cuestiones más abstractas, que me permitan entender conceptos como el «erotismo», «lo sagrado», y el «momento último»; todos ellos, relacionados con mi tesis, que es la materialización de mi más grande morbo. Leer a Bataille me entretuvo tanto, que dejé mis labores del inglés postergadas hasta mañana. Pero el resultado de esa lectura fue, que se volvió a manifestar aquella extraña sensación que involucra a mis vísceras: vomité.
Vomitar me es una labor muy sencilla, aclaro. Podría ser una excelente bulímica, con el simple hecho de mirar el retrete, vomito. Pero mi vómito de la tarde, fue parecido a uno que me sucedió de antaño… Cuando una mujer que la sociedad (o sea un grupo de psiquiatras) etiquetó de “loca” (porque estuvo encerrada en el Zapote por años) me obligó a comer jícama de un plato bastante insalubre. Por no disparar su psicosis o lo que fuere, me comí aquella jícama con tremendo asco; la cual vomité estrepitosamente en un árbol a unas horas de haberla ingerido. Recuerdo haber contado ese suceso a mi psicoanalista, y mientras comentaba con sumo desdén: “¡No me trago sus palabras, yo no le creo que esté loca”!; me miraba mientras acomodaba su manita entre la barbilla para responderme sarcásticamente: “Sí verdad, tan no te tragaste sus palabras que por eso las vomitaste junto con la jícama”.
Hoy vomité otra vez. Con sangre, con asco, con dolor, con angustia.
Pudieron haber sido varios factores. Entre esos, unas imágenes que vi durante la tarde. Y aunque justo al momento del impacto visual, haya relampagueado estrepitosamente en la oficina por tremenda lluvia. Esta imagen que me facilitó internet (Si Bataille viviera actualmente, estaría pegado a la computadora gran parte del día), refiere a un castigo público que hacían en la China de principios del Siglo XX, que lo bautizaron como Cien Pedazos.
¿Por qué 100? Y no quinientos, o mil, o tal vez quince. La verdad es que el número de cortes que le hagan al cuerpo, es lo de menos; de cualquier manera, el objetivo del castigo es que el individuo sufra hasta la agonía pero que su muerte sea paulatina. Lo importante aquí, es que el “monito en cuestión” padezca tanto vivir, al grado de desear con ahínco la muerte y no poder obtenerla.
En otras palabras, pareciera que el peor de los castigos creado por la humanidad para aplicarla sobre ella misma, es: que la vida duela tanto que desees morir desesperadamente, pero justo en ese momento que se lo pides al Universo, no te lo concede. Suena paradójico, cuando creo que generalmente la mayoría evita la muerte a toda costa, quien diría que en ciertos momentos, la muerte podría convertirse en nuestra mejor aliada.
A pesar de que he visto imágenes fuertes en varias formas y formatos: cadáveres de horas, de días, de meses olvidados en el anfiteatro, en películas, en fotografías, hubo algo en esa imagen que causó un estupor. Pero la cuestión aquí, es que al parecer el hecho de que a Bataille le haya generado tanta aberración fue lo que más me predispuso.nv
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