jueves, 3 de noviembre de 2011

No se me importa un pito que las mujeres...

no recuerdo si ya lo comparti en este blog, pero lo volvi a recordar despues de ver a una alma heterogenia que solo me hace debrayarme con sus botas peculiares, rojas y verdes, de esos colores se pintan a veces mis dias....

No se me importa un pito que las mujeres
tengan los senos como magnolias o como pasas de higo;
un cutis de durazno o de papel de lija.
Le doy una importancia igual a cero,
al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco
o con un aliento insecticida.
Soy perfectamente capaz de sorportarles
una nariz que sacaría el primer premio
en una exposición de zanahorias;
¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible- no les perdono,
bajo ningún pretexto, que no sepan volar.
Si no saben volar ¡pierden el tiempo las que pretendan seducirme!
Ésta fue -y no otra- la razón de que me enamorase,
tan locamente, de María Luisa.
¿Qué me importaban sus labios por entregas y sus encelos sulfurosos?
¿Qué me importaban sus extremidades de palmípedo
y sus miradas de pronóstico reservado?
¡María Luisa era una verdadera pluma!
Desde el amanecer volaba del dormitorio a la cocina,
volaba del comedor a la despensa.
Volando me preparaba el baño, la camisa.
Volando realizaba sus compras, sus quehaceres...
¡Con qué impaciencia yo esperaba que volviese, volando,
de algún paseo por los alrededores!
Allí lejos, perdido entre las nubes, un puntito rosado.
"¡María Luisa! ¡María Luisa!"... y a los pocos segundos,
ya me abrazaba con sus piernas de pluma,
para llevarme, volando, a cualquier parte.
Durante kilómetros de silencio planeábamos una caricia
que nos aproximaba al paraíso;
durante horas enteras nos anidábamos en una nube,
como dos ángeles, y de repente,
en tirabuzón, en hoja muerta,
el aterrizaje forzoso de un espasmo.
¡Qué delicia la de tener una mujer tan ligera...,
aunque nos haga ver, de vez en cuando, las estrellas!
¡Que voluptuosidad la de pasarse los días entre las nubes...
la de pasarse las noches de un solo vuelo!
Después de conocer una mujer etérea,
¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre?
¿Verdad que no hay diferencia sustancial
entre vivir con una vaca o con una mujer
que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo?
Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender
la seducción de una mujer pedestre,
y por más empeño que ponga en concebirlo,
no me es posible ni tan siquiera imaginar
que pueda hacerse el amor más que volando.
Indagar. Sumergirme entre todo este tumultuoso mar, de aquello que envuelve mi pensamiento tanto en el lado de la imaginación como de la racionalidad; he decidido que quiero identificar un movimiento convulso que en algunas ocasiones se manifiesta justo en medio de la boca de mi estómago. Un retortijón que en ocasiones mi «debraye» confunde con la numinosidad que dijo Rudolf Otto –aunque me faltaría la «conexión con el todo» para considerarla como tal-. Creo que esa sensación estomacal se asemeja más a la repulsión que a lo numinoso. Aunque la repugnancia puede considerarse un concepto un tanto peyorativo, también lo «sublime» me genera la misma contracción justo en la misma parte del vientre –y no necesariamente es una sensación negativa-.

El punto es que tengo que aclarar que, justo en este momento mi percepción se desplaza entre lo real y lo onírico; es decir, hay una parte consciente de lo que hace mi cerebro en pro de escribir estas líneas, encontrar ciertas canciones en el productor del iTunes o escuchar claramente lo que sucede en mi entorno: María lava los trastes y Giovanna camina por la sala mientras habla por teléfono. Todo esto, significa que estoy procesando cierta información que se apega a la realidad común.

Pero hay otra parte de mi cerebro que está drogada, que de pronto me hace “querer descubrir cosas” relacionadas con lo que leí hoy; me refiero a cuestiones más abstractas, que me permitan entender conceptos como el «erotismo», «lo sagrado», y el «momento último»; todos ellos, relacionados con mi tesis, que es la materialización de mi más grande morbo. Leer a Bataille me entretuvo tanto, que dejé mis labores del inglés postergadas hasta mañana. Pero el resultado de esa lectura fue, que se volvió a manifestar aquella extraña sensación que involucra a mis vísceras: vomité.

Vomitar me es una labor muy sencilla, aclaro. Podría ser una excelente bulímica, con el simple hecho de mirar el retrete, vomito. Pero mi vómito de la tarde, fue parecido a uno que me sucedió de antaño… Cuando una mujer que la sociedad (o sea un grupo de psiquiatras) etiquetó de “loca” (porque estuvo encerrada en el Zapote por años) me obligó a comer jícama de un plato bastante insalubre. Por no disparar su psicosis o lo que fuere, me comí aquella jícama con tremendo asco; la cual vomité estrepitosamente en un árbol a unas horas de haberla ingerido. Recuerdo haber contado ese suceso a mi psicoanalista, y mientras comentaba con sumo desdén: “¡No me trago sus palabras, yo no le creo que esté loca”!; me miraba mientras acomodaba su manita entre la barbilla para responderme sarcásticamente: “Sí verdad, tan no te tragaste sus palabras que por eso las vomitaste junto con la jícama”.

Hoy vomité otra vez. Con sangre, con asco, con dolor, con angustia.

Pudieron haber sido varios factores. Entre esos, unas imágenes que vi durante la tarde. Y aunque justo al momento del impacto visual, haya relampagueado estrepitosamente en la oficina por tremenda lluvia. Esta imagen que me facilitó internet (Si Bataille viviera actualmente, estaría pegado a la computadora gran parte del día), refiere a un castigo público que hacían en la China de principios del Siglo XX, que lo bautizaron como Cien Pedazos.

¿Por qué 100? Y no quinientos, o mil, o tal vez quince. La verdad es que el número de cortes que le hagan al cuerpo, es lo de menos; de cualquier manera, el objetivo del castigo es que el individuo sufra hasta la agonía pero que su muerte sea paulatina. Lo importante aquí, es que el “monito en cuestión” padezca tanto vivir, al grado de desear con ahínco la muerte y no poder obtenerla.

En otras palabras, pareciera que el peor de los castigos creado por la humanidad para aplicarla sobre ella misma, es: que la vida duela tanto que desees morir desesperadamente, pero justo en ese momento que se lo pides al Universo, no te lo concede. Suena paradójico, cuando creo que generalmente la mayoría evita la muerte a toda costa, quien diría que en ciertos momentos, la muerte podría convertirse en nuestra mejor aliada.

A pesar de que he visto imágenes fuertes en varias formas y formatos: cadáveres de horas, de días, de meses olvidados en el anfiteatro, en películas, en fotografías, hubo algo en esa imagen que causó un estupor. Pero la cuestión aquí, es que al parecer el hecho de que a Bataille le haya generado tanta aberración fue lo que más me predispuso.nv
Recordé que hace 5 años escribí un post en donde manifestaba mi gran inconformidad de que mi vagina sangrara. Hoy después de todos estos años, me doy cuenta, que mi problema no es precisamente con ella, sino con mi útero. Estoy enojada con él porque me hace sentir esclavizada. Al parecer tenemos una pésima relación, tan es así, que a pesar de mi fuerte actividad sexual, que he dejado de fumar considerablemente de cuando comencé a mis incipientes 11 años, me sigue castigando con una estúpida disminorrea que me vuelve loca.

¡Me castiga porque no quiero hijos! Es lo que surge en mi cabeza, en ocasiones cuando el dolor es muy fuerte. Voy en contra de mi naturaleza, es cierto, cuando tengo sexo lo que menos tengo en mente es reproducirme, por eso es una bendición ser lesbiana, puedes coger y coger y nunca sales embarazada.

Hoy después de años, recuerdo estar enojada con mi útero; me estropeó uno de los planes más importantes que he tenido en estos últimos meses, además del resto de situaciones desagradables que me hace pasar. Odio cuando parezco vaca Kosher y amanezco en una mancha de sangre (por más toalla nocturna que me ponga). Odio cuando se me inflama todo por dentro y no puedo ni siquiera evacuar en santa paz. Me retuercen las punzadas que me dan en el ano cuando intento sentarme. Y sobre todo, me emputa que la gente me diga que no se me va a quitar hasta que no tenga un hijo.

Me lo quiero quitar… quiero mirarlo en un recipiente metálico, escurriendo su sangrita, y decirle: sigo siendo mujer aunque no produzca hijos, cómo ves. Y parece que me escucha, porque conforme estoy escribiendo este cúmulo de veneno del coraje que traigo, me punza al grado de retorcerme en la silla, y me orilla a decir: Maldita sea mi estirpe sanguinolenta... Debería ser esto voluntario, ¡mierda!

¡Arggg! No importa cuánto ketorolako ingiera, cuánto me drogue haciendo cócteles de ibuprofeno, naproxeno, y todo lo que encuentre a mi alrededor… los estúpidos cólicos son sus pequeños secuaces. En ocasiones he soñado que meto la mano a mi orificio y lo extirpo de un jalón, como cuando arranco la plaga que sale alrededor de mis plantas. Pero no deja de ser sólo una fantasía, un anhelo. De verdad, me hubiera encantado que la naturaleza de mi cuerpo no necesitara de este tipo de procedimientos para reproducirse, es más, me pesa que la reproducción sea algo impuesto por la vida y no se efectúe de manera voluntaria.

Estoy muy enojada con mi útero, tanto que hoy dije como cincuenta veces que lo odiaba con toda la víscera que pueda haber de por medio. Espero que algún día mejoremos nuestra relación, de lo contrario tendré que ahorrar una suma considerable para poder despedirme de él por el resto de lo que me queda de vida. Por lo pronto, tengo que ir ginecólogo para que me diga cómo controlar la voracidad de sus colmillos afilados, de lo contrario, terminaré en cualquier momento tirada en el suelo por haber intentado arrancarlo con mis manos. NV

jueves, 16 de junio de 2011

Pensé en ti....
En psicoanálisis, estuvimos analizando la relación que tiene la psique y la sociedad dentro de un contexto, de un tiempo y esto se refiere mas a un tipo de sociedad distinta a la de ahora. Y entonces en mis chaquetas mentales pensé que Yo tengo un novio mexica y me pregunte....el por qué de la conquista a Tenochtitlán, el por qué tantos guerreros mexicas y pocos españoles y aun así pudieron conquistarlos. Todo se reducía a que las significaciones imaginarias sociales que tenían los mexicas eran muy diferentes a los españoles y esto fue un Bum para los conquistados.

Era una sociedad donde sublimaban su entorno y lo consagraban en su religiosidad. Esta sublimación hacia a que sus pulsiones sexuales o mejor dicho biológicas, no tuvieran que ser reprimidas y así no causarles una enfermedad psicológica, ellos gracias a su modelos identifica torios que era la Naturaleza como lo decía el Popol vhu eran hechos del maíz y su imaginario de la psique hacia a que sublimaran todo lo que tenían alrededor y hacían a que sus bajas pasiones las desfogaban en el placer de inmortalizar la naturaleza.

Tenían la fantasía que corresponde también a esta sublimación de lo se asombraban ante sus ojos, tantos dioses y la mayoría relacionados a la vida y a la muerte, enseñanzas de la madre naturaleza.
El deseo de vivir intensamente como guerreros y así consagrarse inmortales como sus dioses para que después de la muerte acompañar al sol o a la luna o algún simbolismo de identificación como objetos de sublimación de su psique.

Por eso parte de la conquista no fue la fuerza, ni el poder, ni la autoridad y la sumisión, fue el impacto psicológico de sus modelos identifica torios que los mexicas tenían de su vida de excesiva sublimación de lo más hermoso de la vida que era la naturaleza, esos sentimientos instituidos como algo sagrado e inmortal que tenían sus roles de vida ante la barbaridad del español ante sus ojos.

Bueno hoy como veras pensé mucho en ti. No se mucho del tema pero es lo que pensé. 
Ahora entiendo, internalice tu amor por los mexicas, y no es hacerlos las víctimas, pero si el impacto psicológico de nada mas imaginarlo me da escalofríos.

lunes, 13 de junio de 2011

Gts d miel, (la ninfa vouyerista)

Caminaba muy pensativa con una bolsa de plástico en la mano, se detuvo a mirar un letrero en la esquina: “Callejón del Diablo”, era el nombre de la calle; siempre le había parecido una extraña coincidencia que la persona que visitaba viviera en una calle denominada así. Transitó por la acera hasta llegar a una puerta de madera muy gruesa con una aldaba antigua de león, miró detenidamente alrededor, observó la cámara y encontró justo a un costado el interfón; después de pulsar el timbre escuchó la voz de una mujer joven que le preguntó muy seriamente: “¿A quién buscas?”.

Se abrió la puerta, entró empujando un poco y luego siguió el camino de piedra que se abría a un costado de la casa, el camino la llevó a unas escaleras que finalizaban en un jardín tan grande que parecía barranco; el clima era cada vez más fresco y con árboles muy altos, bajó hasta llegar a un tapanco con muchas hojas de palma. Salió una joven mozuela a recibirla y le solicitó sentarse en una silla en lo que esperaba su turno.

Por fin mencionaron su nombre y le indicaron descender nuevamente unos escalones mucho más angostos, internándola entre la vegetación del jardín. Llegó a una choza la cual presumía una tela colgante haciendo las veces de puerta, abrió la cortina y vio a un hombre sentado en un banco casi al ras del suelo, vestía un pantalón holgado y una camisa muy suelta, lucía un gorro africano y su cuello destacaba invadido de collares de cuentas de colores. A un costado de él se encontraban unas calderas con estacas, palos, palmas, machetes; muñecos muy extraños; piedras en forma de caras con ojos y boca simulados con conchas; manojos de papel con plumas, una cabeza de gallo, sangre y ron. El olor que envolvía la atmósfera de ese lugar era penetrante, entre agradable por la combinación del humo del puro pero al mismo tiempo intimidante.

-Siéntate, mi cielo –dijo el hombre- Quiero que me apuntes tu nombre completo y tu fecha de nacimiento, tal como aparece en tu acta. Te vas a quedar descalza y te pones aquí.
-Traigo todas las cosas que me dijiste. –dijo la joven mientras ponía la bolsa de plástico sobre el suelo.
-Muy bien, mi niña. Entonces, vamos viendo qué te marca.

Aquel hombre tomó los chamalongos con una mano y los aventó hacia arriba dejándolos caer libremente sobre la piel de venado que había en el suelo; le pidió a la chica que cerrara los ojos y se movió alrededor de ella hablando en lengua yoruba. Le tocó ambas manos, la cabeza y los pies con las corazas de coco, la acarició ligeramente por la espalda haciéndola sentir un ligero escalofrío. Un vaho envolvió su cuerpo provocando un extraño cosquilleo, su mente se dividía entre el asombro y el proceso de racionalizar todo lo que sucedía en su exterior, quería abrir los ojos pero no podía, como si una fuerza los mantuviera cerrados. El olor a ron, sangre y puro le generaba excitación; las imágenes de aquellas ollas con clavos enormes y piedras sangradas seguían circulando por su cabeza. Se escuchaba el azote de las cáscaras de coco una y otra vez, y palabras extrañas que no podía comprender: “Sa mansa, Elleife, san tembo, Alafia”.

-Mi niña, necesitamos otro tipo de trabajo para lo que tú quieres.
-¿Necesitas que traiga más cosas?
-Sí, y necesito algo muy particularmente tuyo. Algo muy íntimo, vamos a trabajar con Oshún.
-¡Mmmh!, Íntimo… ¿Calzones? –preguntó dudosa.
-Sí, ¿Puedes comprar unos de color púrpura?
-Tengo unas tangas.
-Excelente. Pero no sólo son los calzoncitos, necesito también de tus fluidos.
-¡Oh! ¿Tengo que guardar mis fluidos en algún recipiente?
-Pero tiene que ser al instante.
-¿Y eso qué significa?... ¿Me vas a coger? –preguntó sorprendida.
-No me refiero exactamente a eso.
-Es que no entiendo, explícame despacio. Tengo que traerte unos calzones púrpuras con mi esencia, aparte necesitas mis fluidos recién salidos producto de la excitación. Sólo que el problema es, que no me gustan los hombres ni las vergas.
-No tengo que ser yo, puede ser una mujer que te excite y guarde todo lo que salga de tu vagina.
-Bueno, si es una mujer no tengo problema, pero si eres tú, sí.
-Relájate, yo sólo haré la ceremonia. Entonces, tú dime cuándo puedes, porque tiene que ser de preferencia en la noche. Mi novia será la que me ayude, para que te sientas con más confianza.
-Este fin de semana puedo.
-Perfecto.
-¿Qué tengo que llevar?
-Yo llevo todo. –Dijo él con una sonrisa torcida.
-Me das miedo. –Contestó ella con expresión pícara.
-Verás que te irá muy bien.

Mientras esperaba sentada en la terraza a que pasaran a buscarla, dudó en lo que el señor Brujo le había dicho, la paranoia se apoderó de su mente y dando rienda suelta a la imaginación supuso que todo era una farsa para cogérsela entre varias personas. Se levantó y fue al baño a mirarse, se veía linda con su falda, sus calzones púrpuras debajo y una blusa de botones. Se polveó nuevamente la cara y se untó una capa más de brillo sobre los labios. Se escuchó a lo lejos el timbre del celular, suspiró y salió del baño para tomar su bolso e irse.

Un Volvo negro la aguardaba estacionado a la entrada de su casa, se encontraba una mujer rubia de copiloto volteando hacia la puerta; el Brujo parecía transformado totalmente, portaba una camisa negra, el cabello suelto y unos lentes oscuros. La puerta cerró y el auto arrancó. Cenaron en un restaurante y bebieron dos botellas de vino tinto, al terminar se dirigieron a una casa con muy pocos muebles en donde era evidente que nadie vivía. Subieron las escaleras; una de las habitaciones lucía amueblada, tenía un tocador con un espejo enorme, una cama king size, y un baño con ducha y tina. El Brujo prendió la luz y comenzó a colocar todos los insumos sobre el tocador, prendiendo las velas una por una y colocando una serie de objetos.

La mujer rubia no ocultaba su nerviosismo a pesar de experimentar los efectos del vino tinto, se sentó en una orilla de la cama a mirar lo que hacía su pareja mientras la otra chica se aventó por completo boca abajo intentando mentalizarse en que debía dejar las cosas fluir; su falda había quedado ligeramente levantada dejando entrever sus largas piernas. Una vez que terminó de acomodar todo, el Brujo volteó hacia las dos mujeres y les sugirió que se relajaran un poco más: “Si quieren fumar marihuana para relajarse, no hay problema”.

Fumaron las dos del porro, la rubia le sonrió a la otra chica, y ésta en respuesta aspiró hasta llenar completamente sus pulmones, tomó a la rubia del cuello para besarla e introducirle todo el humo de la marihuana. Comenzaron a besarse lentamente, el Brujo dio inicio a su lengua desconocida mientras la chica en cuestión desvestía a la mujer rubia apasionadamente hasta desnudarla por completo; la acomodó en la orilla de la cama, le separó las piernas y comenzó a lamer suavemente su vagina. La rubia tomaba con sus manos el cabello de aquella mujer que le parecía demasiado joven como para estarle haciendo un oral tan intenso. Lentamente la pasión entre ambas brotaba, haciendo que la mujer desnudara a la jovencita, dejándola únicamente con sus calzones púrpuras: “Chúpale todo y déjala bien mojada” –dijo el Brujo con expresión seria pero evidenciando lujuria.

El objetivo se cumplió, la joven empezó a excitarse demasiado; entretanto la rubia tomó el control de la situación, con una mano acariciaba su cabello mientras le decía cosas dulces al oído, y con la otra comenzó a masturbarla para que lubricara totalmente. El calzón iba cambiando a un color más oscuro, la humedad era cada vez más intensa. De pronto, la chica tomó a la rubia de una mano y la jaló hacia ella pidiéndole que se montara en su vientre. La mujer rubia se movía circularmente entre la pelvis de la joven, tocándose las tetas y lamiendo sus labios y el filo de sus dientes, se levantó un poco y rozó con sus dedos medios la comisura de las ingles, dejando un espacio para que la jovencita pudiera masturbarse.

Sintió su primer orgasmo pero ella seguía caliente, se abalanzó sobre aquella mujer tan estilizada, de largo cabello rubio y tan lacio como hilo; olfateó cada rincón de su cuerpo, llegando al cuello le dijo: “quiero cogerte, ¿tú quieres?”. Recorrió sus manos por todo el vientre hasta llegar a la pelvis frotando suavemente el clítoris humedecido, la rubia se asió de su cuerpo y la giró quedando ella boca arriba ubicándose estratégicamente justo frente al espejo del tocador. Chupó los pezones de la jovencita al mismo tiempo que sus ojos miraban obscenamente a su hombre sentado mirando muy atentamente cada uno de sus movimientos; ella le sonrió retorcidamente mientras bajaba lentamente por el abdomen de la chica hasta llegar a su vagina.

El Brujo cruzó la pierna y tomó la caja de cerillas del tocador para encender su puro, contempló aquella danza fémina entre su mujer y la joven. Todo el escenario en conjunto era intenso; los gemidos y el morbo de ver a su novia excitada por una mujer, además de esa chica que cogía con una soltura tan desinhibida a pesar de saberse observada, le hicieron sentir cómo su miembro se hinchaba mientras su novia se había vuelto completamente loca al experimentar la pasión y el deseo de comerse una vagina. Fue abriendo su bragueta y lentamente sacó su enorme miembro, frotó pausadamente la cabeza mientras veía un par de nalgas subir y bajar cuando las dos mujeres se hacían un mutuo oral en posición 69. Restregó frenéticamente su pene hasta ponerlo regio como un fuste, se paró justo a un lado de ellas viéndolas detenidamente. Las mujeres seguían tocándose y metiéndose dedos por todos los orificios posibles, se evidenciaba una conexión muy fuerte, una euforia incontenible, deseaban seguir friccionando sus cuerpos hasta que la joven decidió montarse sobre la rubia y frotarse encima de ella logrando soltar aquellos líquidos torrenciales entre sus senos mientras miraba fijamente al Brujo masturbarse frente a ellas.

La joven chica experimentó una extraña sensación en su cuerpo, se dejó caer hacia atrás quedado inmóvil y agotada, sus bragas le fueron retiradas por el Brujo quien las colocó en un recipiente con varias sustancias y objetos; después él se recostó a un lado de la jovencita con un bote de miel y acomodó su oscuro cabello de lado mientras murmuraba en tono muy bajo algunas palabras en su lengua santera, metió un par de dedos en la miel y comenzó a embarrar el cuerpo de la chica y esparcirla por sus senos, el cuello, el abdomen, la pelvis, las piernas: “Llénate toda, cubre todo tu cuerpo hasta los dedos de los pies”.

La cargó hasta la tina del baño, decorado con velas e inciensos, la chica esparció la miel por todo su cuerpo repitiendo las palabras que le dijo el Brujo. La miel goteaba en la bañera, sus dedos resbalaban por su piel provocándole una sensación deliciosa. El Brujo le acercó el recipiente que contenía sus bragas junto con flores y piedras, la jovencita exprimió toda la miel vertida de su cuerpo sobre el recipiente hasta llenarlo: “Mejor no pudo haber sido”, exclamó el hombre tocando la barbilla de la joven. El Brujo salió por la puerta dejándola sola, ella miró detenidamente su alrededor, la luz de las velas provocaban un estado de relajación, llenó la tina mientras se soltaba el cabello y acercaba una toalla, escuchó gemidos en el cuarto, se sambutió en el agua y se quedó un rato escuchando al Brujo y su novia coger intensamente. Se lavó el cuerpo y el cabello, se acomodó en la tina, cerró los ojos y sonrió. Ella sabía que a partir de esa noche, había dado un giro radical a su vida. Secó su cuerpo y el cabello con la toalla, después la envolvió en su cadera, metió sus dedos en la miel que había en el frasco para olfatearla y saborearla, sacudió su cabellera, giró la manija de la puerta y salió a integrarse nuevamente con sus acompañantes.
L.N.V.

.....

Llegó por mí en una camioneta roja, marcó a mi celular y colgó. Tomé mis cosas y bajé las escaleras corriendo, abrí la puerta y me acomodé en el auto. Desde el primer beso de saludo tuve la sensación de que esa noche sería intensa. Llegamos a la fiesta. Subimos las escaleras de madera y entramos al bar; como siempre, había algunas tantas caras conocidas y otras nuevas. Nos sentamos en la barra y pedimos un whisky de litro, prendí mi cigarro y di un sorbo a mi bebida. Se acercó Imelda a saludar, teníamos mucho sin vernos, nos dimos un abrazo efusivo y le presenté a Karla. Después de llevar charlando varios minutos, Karla comenzó a meter sus dedos por debajo de mi blusa de manera muy discreta, sobó con la punta de su dedo una a una las vertebras de mi espina dorsal. Encontró el broche del brassiere y recorrió el resorte hasta llegar debajo de mi axila. Imelda notó mi expresión de sorpresa, sentí como se detenía la punta del dedo justo en la comisura del brazo, una fuerte sensación de cosquillas me estremeció. Seguimos platicando hasta que Ximena se unió para saludar a Imelda, intercambiaron unas cuantas palabras mientras Karla me toma de la mano y me acerca a su boca:

-¿No quieres ir a comprar unos cigarros? –dijo con tono suave.
-Todavía me quedan unos, ¿por qué?- pregunté.
-Pero se terminarán pronto, podría secuestrarte un momento y acompañarte a la tienda a comprar cigarros.
-Ya veo tu interés de salir a comprar cigarros.
-Será algo rápido, no te entretendré mucho, lo prometo.

23.45 - 00.25 Hrs.

Karla se estacionó cerca de una agencia de autos, la calle estaba oscura y no se veía mucho movimiento de gente. Apagó el motor de la camioneta, subió los cristales, seleccionó una carpeta de canciones y se abalanzó sobre mí; mientras me besaba con su aliento alcohólico me desabotonó la blusa, tomó mis piernas y me jaló hacia ella tirando de mi falda con todo y bragas, desabrochó mis converse arrojándolos por un lado del asiento y me empujó hacia la puerta. La camioneta era doble cabina lo cual la hacía muy espaciosa. Uno de mis brazos se recargaba en la codera de la puerta y el otro se sostenía del cuello del asiento; mis piernas estaban abiertas y una mujer me lamía encarecidamente introduciendo sus dedos de uno en uno, empujando mi pelvis con el giro del dorso de su mano.

-Eres una puta, me encanta cogerte donde se me pegue la gana. – dijo, sin voltear.
-Te gusta coger en la calle y que nos vean, ¿verdad, cochina?- le contesté.
-Me encanta exhibirte, que vean lo que me como. Quiero que me mojes los dedos. Así chiquita, lubrícame la mano, que te la meteré toda.
-¡Argg! ¡Qué rico!, me encanta que te pongas así de salvaje.

Empezó a meter el quinto dedo y girar lentamente para introducir la mano completa; mientras empujaba su mano seguía tocando con la punta de su lengua mi clítoris a punto de reventar de la excitación. Su cúbito y el radio quedaron envueltos en mi vagina, una fuerte sensación de transgresión invadió mi cuerpo. Cuando miraba mi vagina podía apreciar su brazo moviéndose intempestivamente como si fuera un enorme falo. Colocó la mitad de su cuerpo encima del mío sin dejar de moverse frenéticamente. Su sensación de poder era inconmensurable, gemía fuertemente, lamía desesperadamente mis tetas como si planeara arrancarlas a mordidas en cualquier momento.

-Cógeme fuerte, así como sólo tú lo sabes hacer, mamita. – Le dije.
-Ábrela, ábremela toda.
-No, porque me vengo, todavía no quiero, quiero que me cojas más.

Siguió metiendo hasta topar su puño, como si quisiera partirme en dos; era mi castigo por provocarla. Sus gemidos se tornaban más secos, más como de mujer poseída; metía y sacaba el brazo frenéticamente, hasta que ya no pude más y comencé abrir mi vagina plácidamente.

-Quiero que me salga tu brazo por la boca. Cógeme, así, así, fuerte, fuerte- le dije.


Acomodó mi cuerpo boca abajo, una de mis rodillas rozaba la palanca de velocidades, podía verse claramente mi culo por el parabrisas. Ella ajustó su cabeza entre mis piernas logrando chupar mis labios vaginales perfectamente. Comenzó a mover su brazo y mientras mi culo se erguía en el aire mi vagina se encontraba completamente asediada por una mano violenta y castigadora; mis piernas se tensaron, mi rostro comenzó a subir de tono, sentía mi clítoris tan hinchado que las venas de mi sien comenzaron a saltar. De pronto tuve esa sensación extraña en mi vejiga, no pude cerrar los ojos, solo miraba por la ventana de la puerta, pensando: “si alguien se asoma por esa ventana, me va mirar bien ensartada.” Mi quijada empezó a trabarse, mis piernas temblaron pronunciando un espléndido chorro de agua tibia que salía entre su puño y escurría por su boca. Conmocionada seguía moviendo el brazo fuertemente hasta que unas convulsiones se apoderaron de mi cuerpo y caí encima de ella sin poder mover un solo músculo más. Me recosté sobre la puerta e intenté acomodar mi cabello. Karla comenzó a sacar lentamente su mano de mi vagina. En cuanto fui libre me giré y puse mi cabeza sobre el antebrazo, me sentía agotada, el asiento mojado, mi ropa desaparecida, me encontraba totalmente desnuda. Apenas intenté acomodarme sobre el asiento cuando la puerta se abrió.

23.51 – 00.30 Hrs.

Se encontraba cansado mirando la televisión, ya se estaba haciendo noche y era momento de salir a regar las plantas. Ya sumaban alrededor de cuatro días en total abandono; cuando llegó de la oficina notó que algunas ya parecían algo tristes por falta de agua. Pensó que un día más sin regalarlas no implicaría gran problema pero un cargo de conciencia lo obligó a levantarse. Llegó primero a la cocina, sacó una salchicha del paquete del refrigerador, le quitó el plástico y comenzó a mordisquearla como puro. Abrió la puerta y fue por la manguera para regar el jardín. Había un gran jazmín justo en la cochera cubriendo gran parte del enrejado que daba a la ventana, lo cual para Benjamín estaba perfecto, así no dejaba entrar totalmente los rayos del sol además de cubrir su ventana y evitar las miradas morbosas de la gente que pasaba siempre frente a su casa, asimismo le producía un enorme placer oler el jazmín justo cuando bajaba de su auto.

Abrió la llave y comenzó a regar en la oscuridad, prefería pasar desapercibido. Se escuchó a lo lejos que su esposa preguntaba algo pero él le gritó que no alcanzaba a escucharla. Regó los rosales que estaban cerca del muro que daba a la casa de a lado. De pronto se estacionó una camioneta justo afuera del jardín. No escuchó el azote de las puertas, supuso que no bajaría nadie al mismo tiempo que oyó que encendían el radio y algunas risas.

Mientras seguía regando el pasto se acercó al jazmín y a las begonias, cuando de pronto escuchó un sonido como quejas o gemidos pero el correr del agua sobre la tierra no le permitía distinguir bien el ruido, pensó que tal vez estaba paranoico y era la misma música que sonaba. Descubrió que uno de sus ficus se estaba secando terriblemente, sus ramas lucían cada vez más secas y con poco follaje, colocó la manguera a un costado dejando fluir el agua sobre el pasto en lo que intentaba revisar en la semioscuridad el arbusto. De pronto se oyen fuertes gemidos, efectivamente no era su imaginación, se asomó entre las ramas del jazmín, intentó hacer un hueco para mirar mejor la camioneta y se encontró con una espalda desnuda pegada al vidrio, moviéndose extrañamente. Gritos, gemidos, más gritos: ¡Cógeme! Así, así.

El agua seguía corriendo por el jardín, Benjamín observaba pasmado: ¿Son dos chicas?, Sí, las dos tienen tetas. Pero cómo, qué le está haciendo, por qué grita así la otra. Un tremendo morbo se apoderó de Benjamín, no podía creer lo que sus ojos veían, estaban dos jovencitas desnudas cogiendo en una camioneta justo afuera de su jardín. Su esposa se acercó a tratar de mirar lo que tenía tan entretenido a su esposo, ya eran cinco minutos los que llevaba hablándole y no le contestaba, se acercó por detrás y preguntó: ¿qué miras, chismoso? ¿De cuándo acá te interesa la vida de los vecinos?

El tremendo susto que le causó el comentario de su esposa lo dejó mudo para responder a la pregunta, la mujer intrigada se asomó por entre los arbustos del jazmín tratando de identificar lo que tenía a su marido tan absorto. Enfocó su vista, había una camioneta roja justo estacionada afuera de su casa, se veía a una chica desnuda que daba frente al vidrio de la puerta, sosteniéndose del marco, con los ojos cerrados, las tetas al aire haciendo expresiones de placer desbordado.

-¡Jesucristo! Tenemos que hablarle a la policía.- Exclamó la señora.
-¿Tú crees que sea necesario?
-Pero todavía lo dudas, Benjamín, ¡Por Dios! Eso es un insulto a nuestro hogar, que la gente se vaya a los moteles, por qué tienen que venir a hacer sus porquerías afuera de nuestra casa.
-Puede ser que no las dejan entrar a un motel. No tengo idea si a las lesbianas las dejen entrar a esos lugares.
-No me importa, pásame el teléfono… ¡Ándale, no te quedes parado como idiota!

00.25 – 01.15 Hrs.

Se estacionó justo a unos metros atrás, bajó con una linterna y alumbró la cabina del auto, se percató de dos féminas entre 20 a 25 años, desnudas. Hizo una señal de silencio a su compañero. Abrió la puerta de la camioneta intempestivamente descubriendo a una de las chicas completamente sin ropa, cruzando sus piernas rápidamente para cubrirse.

-Se visten, por favor, tenemos una queja de los vecinos. Vamos a proceder a llevarlas por faltas administrativas.- Dijo el policía.
-¿Podría cerrar la puerta en lo que me visto?
-Pero no se tarde.
-¿Qué vamos hacer? Nos van a llevar a los separos municipales, ¿verdad? ¡Del terror!- Dije en cuanto cerró la puerta.
-Deja le llamo a un amigo que está en la policía.- Respondió Karla.
-¿Pero por qué tantos policías? Ni que fuéramos de algún cartel.- Dije, mientras comenzaba a vestirme.
-Les vamos a pedir que por favor, venga alguien por la camioneta, ustedes se van a subir a la patrulla.- Nos dijo el policía
-Señor policía, ¿de verdad es necesario que nos lleve?- Pregunté con cara de angustia.
-Tenemos varias quejas de los vecinos y lo que ustedes hicieron son faltas a la moral.
-¿Puedo marcarle a una persona o Usted me puede comunicar con él? Es el comandante Alberto Ortega Orozco, para comentarle de este asunto.- Dijo Karla con mucha seguridad.
-A ver permítame.

Se acercó a un compañero susurrándole el comentario de la chica. Se acercó otro a preguntar y estuvieron deliberando hasta que uno asintió con la cabeza. Uno de ellos tomó el radio.

-Sí, tenemos un 52, quiere un 53 con el comandante Ortega, dice conocerlo. Sí, por un 24-16 en la calle Francisco de Quevedo casi Circunvalación Agustín Yáñez. Sí, 37-35, bien, 4.

Se acercó a la chica. -Le marca Usted directamente a su celular, y después me lo pasa.- le dijo.

Tomó su celular y marcó, se bajó de la camioneta y comenzó a caminar de un lado a otro por la banqueta, mientras a mí me seguía mirando libidinosamente uno de los policías. Ella estaba abstraída hablando por teléfono. Se acercó al auto, y cruzó la mirada conmigo cerrando coquetamente un ojo, siguió hablando por teléfono pero ahora el tono de voz era un poco más juguetón: “Sí, sí, lo sé. Te lo juro que no vuelve a suceder. Ya está, te parece si lo dejamos entonces para el jueves. Sí, me parece perfecto. O.k. Muchas gracias amigo, y disculpa la molestia. Sí, te lo comunico. Besos. Ciao.” Quiere hablar con Usted.- le dijo al policía.

Tomó el teléfono. “Dígame comandante. Si, efectivamente fue un 16, se encontraron haciendo faltas a la moral. Sí, está bien, comandante. Como usted indique, comandante. Está bien. Entendido. Buenas noches.”

-Muy bien, señoritas, se pueden ir, pero por favor que no se repita.-Les advirtió.
-No se preocupe, oficial, no volverá a ver una escena como esta de nuevo. -Dijo sonriendo suciamente mientras prendía la camioneta. Sacó un cigarro, subió un poco el cristal, prendió el radio y le mandó un beso.
-¿Quieres regresar al bar o te gustaría terminar este asunto en tu casa? –Me preguntó.

No pude más que sonreír a su pregunta, me tomó de la mano y la puso sobre la palanca de velocidades y volviéndome a cerrar coquetamente el ojo, arrancó.

de: La.Ninfa.V.