
Perfección, es su palabra favorita. Obsesivo como pocos he conocido. Llegó un punto en el cual no sabía realmente si su carácter atendía a una iniciativa propia, o bien, a una educación en colegios católicos desde sus primeros años. Nos conocimos cuando cursaba la universidad en una de esas instituciones muy reconocidas del país -por ser de las más disciplinadas y exigentes, y obviamente, administradas por los tan de moda Legionarios de Cristo-.
Nunca conocí a su familia, sólo supe que está envuelta en la política desde hace tres generaciones -su abuelo fue senador-, sus amigos de la infancia son ejecutivos o empresarios, pero curiosamente, a él nunca le interesó seguir con un estilo de vida de esa índole, a él le gustaba pintar y escribir.
Cuando hizo pública su pasión por la pintura y solicitó apoyo para que lo enviaran a estudiar a Florencia, su familia no accedió y le propusieron un trato, tendría que trabajar en algún negocio de la familia o en el partido político al cual pertenecían, por lo menos hasta los treinta y cinco años, después, le permitirían dedicarse a lo que quisiera –ingenuamente creyeron que desistiría de su vocación y terminaría insertándose en el sistema como todos los demás-.
Su padre murió cuando tenía veintiocho años, así que, llegando el trigésimo quinto cumpleaños renunció a su puesto en el “Partido”, y su madre después de intentar retenerlo con cuanto chantaje se le ocurría, no tuvo más opción que aceptar.
Personaje admirable, nivel de cultura envidiable –lo acepto-, con capacidad analítica, muy creativo, algo retorcido, humor extravagante, con una guapura andrógina, pero sobre todo, excesivamente hermético en lo que refiere a sus emociones y sentimientos; muy pocas amistades y muchos conocidos, no solía andar en eventos públicos ni en fiestas privadas, era más de estar en su casa trabajando en su estudio, el cual tenía la entrada estrictamente prohibida a toda persona -incluyendo su madre-.
La mayor parte del tiempo se encontraba en su estudio, incluso, llegaba a encerrarse por varios días continuos; metía un paquete de latas de atún preparado con verduras, un frasco grande de mayonesa, sus paquetes de galletas habaneras y rellenaba el refrigerador con botellas de cerveza Casta Bruna.
El viernes 24 de abril fue un día diferente, estuvo todo el día despejando los tiliches de la mesa, acomodando sus cuadros en uno de los muros, los pinceles en una caja, colocando bolsas de plástico alrededor de la mesa, acomodando las lámparas, sacó su cámara fotográfica con su respectivo lente y filtros; y una vez acomodados y perfectamente alineados todos los instrumentos, se metió al baño a preparar la tina, mientras se zambullía acercó un cenicero y su cajetilla de cigarros, se acomodó y prendió uno, extendió la mano y presionó la tecla play en la grabadora que estaba encima de una silla.
Nunca conocí a su familia, sólo supe que está envuelta en la política desde hace tres generaciones -su abuelo fue senador-, sus amigos de la infancia son ejecutivos o empresarios, pero curiosamente, a él nunca le interesó seguir con un estilo de vida de esa índole, a él le gustaba pintar y escribir.
Cuando hizo pública su pasión por la pintura y solicitó apoyo para que lo enviaran a estudiar a Florencia, su familia no accedió y le propusieron un trato, tendría que trabajar en algún negocio de la familia o en el partido político al cual pertenecían, por lo menos hasta los treinta y cinco años, después, le permitirían dedicarse a lo que quisiera –ingenuamente creyeron que desistiría de su vocación y terminaría insertándose en el sistema como todos los demás-.
Su padre murió cuando tenía veintiocho años, así que, llegando el trigésimo quinto cumpleaños renunció a su puesto en el “Partido”, y su madre después de intentar retenerlo con cuanto chantaje se le ocurría, no tuvo más opción que aceptar.
Personaje admirable, nivel de cultura envidiable –lo acepto-, con capacidad analítica, muy creativo, algo retorcido, humor extravagante, con una guapura andrógina, pero sobre todo, excesivamente hermético en lo que refiere a sus emociones y sentimientos; muy pocas amistades y muchos conocidos, no solía andar en eventos públicos ni en fiestas privadas, era más de estar en su casa trabajando en su estudio, el cual tenía la entrada estrictamente prohibida a toda persona -incluyendo su madre-.
La mayor parte del tiempo se encontraba en su estudio, incluso, llegaba a encerrarse por varios días continuos; metía un paquete de latas de atún preparado con verduras, un frasco grande de mayonesa, sus paquetes de galletas habaneras y rellenaba el refrigerador con botellas de cerveza Casta Bruna.
El viernes 24 de abril fue un día diferente, estuvo todo el día despejando los tiliches de la mesa, acomodando sus cuadros en uno de los muros, los pinceles en una caja, colocando bolsas de plástico alrededor de la mesa, acomodando las lámparas, sacó su cámara fotográfica con su respectivo lente y filtros; y una vez acomodados y perfectamente alineados todos los instrumentos, se metió al baño a preparar la tina, mientras se zambullía acercó un cenicero y su cajetilla de cigarros, se acomodó y prendió uno, extendió la mano y presionó la tecla play en la grabadora que estaba encima de una silla.
Regresó a su casa acompañado de una mujer, era una prostituta novata, joven, estudiaba la licenciatura en administración, vivía con dos compañeras de la escuela, su familia era de Mazatlán y ella contaba con tan sólo diez y nueve años. Escogió la prostitución porque sabía que era una mujer muy guapa, que podía darse el lujo de escoger a quién le prestaba sus servicios, a veces sólo cogía a cambio de una noche de buena fiesta: cocaína, vodka, ecstasis, lo que fuera que la pusiera eufórica y caliente.
Se conocían de una fiesta, platicando con ella se dio cuenta de su habilidad para vender su cuerpo, le pidió su teléfono y quedó de comunicarse algún día.
-¡Qué bonita casa! Me gusta, ¿vives aquí con tu familia?.-Sí.-Tu esposa tiene muy buen gusto.-No estoy casado, es la casa de mi madre. ¿Quieres algo más? -Quiero algo que me ponga de buen humor, ¿cómo ves?, ¿tendrás algo entre tus curiosidades?-Mmmh, creo que tengo lo indicado para que te relajes.-Cariño, no me quiero relajar, quiero divertirme.-Pues también tengo algo muy bueno para eso… cariño, créeme que te divertirás bastante.-Ja,ja,ja,ja, veo que te desenvuelves muy rápido.
La llevó a su estudio, la recostó tiernamente en el sillón y le hizo la seña con los dedos de que esperara un momento, la mujer le sonrió y se acomodó en el mueble mientras comenzaba a desabotonarse la blusa.
-¿Qué es?-Es tu pase directo a la diversión.-Me gusta la pipa, se ve muy vieja, como del oriente… China, Japón, algún país de esos.-Tailandia. Es una pipa para fumar opio.
Fumaron, bebieron, se besaron, comenzaron a tocarse y olfatearse mutuamente, el efecto había incrementado la magnitud de los sentidos, el olor a sudor con mezclas de perfume, los besos húmedos y jugosos, todos los elementos conformaban un cuadro erótico sugerente para alguna sesión de sexo desenfrenado. Cogieron en el sillón y sobre la duela cubierta de plásticos.
Mientras ella estaba recostada encima del cuerpo de Diego, él tenía la vista perdida en el techo, no había expresión alguna en su rostro, de pronto, se levantó lentamente y dejó caer el cuerpo de Myrna sobre el sofá, se dirigió hacia una gaveta y sacó una jeringa y una ampolleta.
Había pasado una hora cuando comenzó abrir los ojos, no podía pensar, las imágenes se encimaban unas con otras, cuando por fin pudo enfocar su vista se topó con su cara excelsamente limpia, tan simétrica, sus ojos claros brillantes, muy concentrado, con un mandil de un blanco pulcro. La inspecciona con sus manos protegidas con guantes de látex transparente, mueve un poco su cabeza, mide la longitud de su cabello y le pone gotas en los ojos para humedecerlos.
Ella intenta hablarle pero no puede emitir sonido alguno, con la mirilla del ojo se da cuenta que esta sobre la mesa de trabajo, cree que es parte de su viaje, el opio realmente es algo poderoso… en eso, siente que algo recorre su tórax, se imagina que la presiona con un dedo hasta su ombligo, de pronto, una sensación húmeda, entre cálida y fría le produce un espasmo.
Yodo y gasa, una línea recta, el filo de un bisturí y sangre; introduce su dedos en la fisura para poder abrir los tejidos y poder sacar lo que hay dentro, comienza a sacar parte del intestino acomodándolo sobre la pelvis como si fuese bello púbico, pero no le convence la imagen; saca todos los órganos del interior y los acomoda a los costados, coge la cámara y toma una foto, revisa que haya sido buena la toma y comienza a disparar en repetidas ocasiones.
Tomó un carrete de cáñamo muy delgado y comenzó a coser los intestinos uniendo pliegue con pliegue, el resto de los órganos, excepto los pulmones, el corazón y los riñones, fueron cortados en trozos, en su mente cada una de las partes cumpliría con un rol, ninguno sería tirado.
Algunos trozos de víscera fueron encajados en alambre galvanizado más grueso formando pequeñas secuencias de diferentes longitudes, los que sobraban los iba colocando en recipientes desechables Ziploc, por tamaños y tonalidades, y así, los fue guardando en el refrigerador.
Myrna sentía mucho movimiento en el cuerpo, pero el sueño era demasiado pesado, estaba entre despierta y dormida, seguía perdida en el inconsciente, tenía algo de miedo, no sabía si estaba pasando por un viaje muy retorcido o definitivamente alguien le estaba haciendo algo a su cuerpo. No pudo contener más y brotaron lágrimas que recorrían parte de sus mejillas y se depositaban en el trago de la oreja.
Sacó unas pinzas para abrir más el diafragma, después comenzó a colocar alrededor de la apertura el intestino anteriormente trabajado, volvió a coser con mucha dedicación, su mirada reflejaba una concentración total. De pronto, se detuvo en seco, se quedó inmóvil por unos cuantos segundos y después se dirigió apresuradamente hacia el sofá, recogió la pipa y volvió aspirar con todas sus fuerzas aquel humo prodigioso, sacó la grabadora del baño y la acomodó en un extremo de su mesa de trabajo.
Se conocían de una fiesta, platicando con ella se dio cuenta de su habilidad para vender su cuerpo, le pidió su teléfono y quedó de comunicarse algún día.
-¡Qué bonita casa! Me gusta, ¿vives aquí con tu familia?.-Sí.-Tu esposa tiene muy buen gusto.-No estoy casado, es la casa de mi madre. ¿Quieres algo más? -Quiero algo que me ponga de buen humor, ¿cómo ves?, ¿tendrás algo entre tus curiosidades?-Mmmh, creo que tengo lo indicado para que te relajes.-Cariño, no me quiero relajar, quiero divertirme.-Pues también tengo algo muy bueno para eso… cariño, créeme que te divertirás bastante.-Ja,ja,ja,ja, veo que te desenvuelves muy rápido.
La llevó a su estudio, la recostó tiernamente en el sillón y le hizo la seña con los dedos de que esperara un momento, la mujer le sonrió y se acomodó en el mueble mientras comenzaba a desabotonarse la blusa.
-¿Qué es?-Es tu pase directo a la diversión.-Me gusta la pipa, se ve muy vieja, como del oriente… China, Japón, algún país de esos.-Tailandia. Es una pipa para fumar opio.
Fumaron, bebieron, se besaron, comenzaron a tocarse y olfatearse mutuamente, el efecto había incrementado la magnitud de los sentidos, el olor a sudor con mezclas de perfume, los besos húmedos y jugosos, todos los elementos conformaban un cuadro erótico sugerente para alguna sesión de sexo desenfrenado. Cogieron en el sillón y sobre la duela cubierta de plásticos.
Mientras ella estaba recostada encima del cuerpo de Diego, él tenía la vista perdida en el techo, no había expresión alguna en su rostro, de pronto, se levantó lentamente y dejó caer el cuerpo de Myrna sobre el sofá, se dirigió hacia una gaveta y sacó una jeringa y una ampolleta.
Había pasado una hora cuando comenzó abrir los ojos, no podía pensar, las imágenes se encimaban unas con otras, cuando por fin pudo enfocar su vista se topó con su cara excelsamente limpia, tan simétrica, sus ojos claros brillantes, muy concentrado, con un mandil de un blanco pulcro. La inspecciona con sus manos protegidas con guantes de látex transparente, mueve un poco su cabeza, mide la longitud de su cabello y le pone gotas en los ojos para humedecerlos.
Ella intenta hablarle pero no puede emitir sonido alguno, con la mirilla del ojo se da cuenta que esta sobre la mesa de trabajo, cree que es parte de su viaje, el opio realmente es algo poderoso… en eso, siente que algo recorre su tórax, se imagina que la presiona con un dedo hasta su ombligo, de pronto, una sensación húmeda, entre cálida y fría le produce un espasmo.
Yodo y gasa, una línea recta, el filo de un bisturí y sangre; introduce su dedos en la fisura para poder abrir los tejidos y poder sacar lo que hay dentro, comienza a sacar parte del intestino acomodándolo sobre la pelvis como si fuese bello púbico, pero no le convence la imagen; saca todos los órganos del interior y los acomoda a los costados, coge la cámara y toma una foto, revisa que haya sido buena la toma y comienza a disparar en repetidas ocasiones.
Tomó un carrete de cáñamo muy delgado y comenzó a coser los intestinos uniendo pliegue con pliegue, el resto de los órganos, excepto los pulmones, el corazón y los riñones, fueron cortados en trozos, en su mente cada una de las partes cumpliría con un rol, ninguno sería tirado.
Algunos trozos de víscera fueron encajados en alambre galvanizado más grueso formando pequeñas secuencias de diferentes longitudes, los que sobraban los iba colocando en recipientes desechables Ziploc, por tamaños y tonalidades, y así, los fue guardando en el refrigerador.
Myrna sentía mucho movimiento en el cuerpo, pero el sueño era demasiado pesado, estaba entre despierta y dormida, seguía perdida en el inconsciente, tenía algo de miedo, no sabía si estaba pasando por un viaje muy retorcido o definitivamente alguien le estaba haciendo algo a su cuerpo. No pudo contener más y brotaron lágrimas que recorrían parte de sus mejillas y se depositaban en el trago de la oreja.
Sacó unas pinzas para abrir más el diafragma, después comenzó a colocar alrededor de la apertura el intestino anteriormente trabajado, volvió a coser con mucha dedicación, su mirada reflejaba una concentración total. De pronto, se detuvo en seco, se quedó inmóvil por unos cuantos segundos y después se dirigió apresuradamente hacia el sofá, recogió la pipa y volvió aspirar con todas sus fuerzas aquel humo prodigioso, sacó la grabadora del baño y la acomodó en un extremo de su mesa de trabajo.
Sus manos flotaban en ese charquito caliente de sangre, podía sentir en toda su piel la suavidad del tejido de la carne viva, se dejó llevar por la excitación del olor a sangre oxidada, obteniendo una erección provocada por aquel desborde de emociones, definitivamente, jamás había vivido algo así en toda su vida. En absoluto había tocado un cuerpo vivo por dentro, mucho menos, había experimentado esa sublimidad en el acto puro de la contemplación de la lucha entre la vida y la muerte.
La sangre corre aceleradamente por las bolsas de plástico, la materia viva poco a poco languidece, era un sacrificio, un culto al arte, se encontraba desbordado por aquella espiritualidad, era glorioso para él cómo sus manos moldeaban la inmortalidad, estaba embelesado de tanto goce, en ocasiones sentía que no podría resistir más y que su cerebro terminaría estallando.
En algún momento de la vida, esa materia inevitablemente sería azotada por el paso del tiempo sin dejar rastro alguno en la historia, condenada al anonimato, no obstante, se había dado un giro, una extraña conexión o alguna manifestación azarosa, el punto central era que se había dado un cambio radical en la teoleología del cuerpo: la mortalidad.
Como si fuera un Dios, transformaba y movía de lugar la materia a su antojo, cada acto creativo era una manifestación emocionalmente intuitiva, su racionalidad sólo se enfocó en dar órdenes a los diferentes músculos de su cuerpo para concluir una técnica refinada, estaba realmente extasiado con la intensidad que le proporcionaba cada uno de sus sentidos.
Despertó. Se levantó lentamente del sillón como si hubiera sido apaleado y no pudiera moverse por el dolor, se encontraba desnudo y tenía en su pierna derecha una mancha blanca de semen seco, la miró fijamente dudando de su condición, no sabía si seguía drogado o ya estaba consciente, vio la mesa de trabajo limpia y acomodada, abrió el refrigerador y había solamente un recipiente con comida, los botes de basura estaban recién recogidos, así que, al parecer todo había sido un sueño.
Se dirigió al baño todavía algo aturdido, ¿cuántos días han pasado?, ¿trabajé o me quedé dormido?, ¿y Myrna?, ¿habrá sido un sueño o realmente la habré matado?, ¿seré un alcohólico?, o peor aún, ¿será que la droga me ha dañado ya el cerebro y sufro de alucinaciones?, todas éstas eran preguntas que surgían mientras se miraba fijamente en el espejo del baño.
Cogió su celular y marcó al número de Myrna pero lo mandó al buzón, no vio ninguno de sus cuadros ni la cámara fotográfica, todo indicaba que sólo había aluciando, así que se rió un poco por el susto que le había producido la incertidumbre. Tomó las llaves y salió del estudio, saludó al jardinero y se metió a su casa; subió lentamente las escaleras y al final se topó con la mujer que hace el aseo en casa, la miró y le sonrió a manera de saludo pero ella bajó la mirada con mucha ansiedad y aceleró el paso, abrió la puerta de su habitación y lo primero que vio fue una serie de cuatro cuadros de diferentes tamaños cubiertos con una manta manchada de sangre seca, y sobre la cama yacía su cámara fotográfica.
R.P.La sangre corre aceleradamente por las bolsas de plástico, la materia viva poco a poco languidece, era un sacrificio, un culto al arte, se encontraba desbordado por aquella espiritualidad, era glorioso para él cómo sus manos moldeaban la inmortalidad, estaba embelesado de tanto goce, en ocasiones sentía que no podría resistir más y que su cerebro terminaría estallando.
En algún momento de la vida, esa materia inevitablemente sería azotada por el paso del tiempo sin dejar rastro alguno en la historia, condenada al anonimato, no obstante, se había dado un giro, una extraña conexión o alguna manifestación azarosa, el punto central era que se había dado un cambio radical en la teoleología del cuerpo: la mortalidad.
Como si fuera un Dios, transformaba y movía de lugar la materia a su antojo, cada acto creativo era una manifestación emocionalmente intuitiva, su racionalidad sólo se enfocó en dar órdenes a los diferentes músculos de su cuerpo para concluir una técnica refinada, estaba realmente extasiado con la intensidad que le proporcionaba cada uno de sus sentidos.
Despertó. Se levantó lentamente del sillón como si hubiera sido apaleado y no pudiera moverse por el dolor, se encontraba desnudo y tenía en su pierna derecha una mancha blanca de semen seco, la miró fijamente dudando de su condición, no sabía si seguía drogado o ya estaba consciente, vio la mesa de trabajo limpia y acomodada, abrió el refrigerador y había solamente un recipiente con comida, los botes de basura estaban recién recogidos, así que, al parecer todo había sido un sueño.
Se dirigió al baño todavía algo aturdido, ¿cuántos días han pasado?, ¿trabajé o me quedé dormido?, ¿y Myrna?, ¿habrá sido un sueño o realmente la habré matado?, ¿seré un alcohólico?, o peor aún, ¿será que la droga me ha dañado ya el cerebro y sufro de alucinaciones?, todas éstas eran preguntas que surgían mientras se miraba fijamente en el espejo del baño.
Cogió su celular y marcó al número de Myrna pero lo mandó al buzón, no vio ninguno de sus cuadros ni la cámara fotográfica, todo indicaba que sólo había aluciando, así que se rió un poco por el susto que le había producido la incertidumbre. Tomó las llaves y salió del estudio, saludó al jardinero y se metió a su casa; subió lentamente las escaleras y al final se topó con la mujer que hace el aseo en casa, la miró y le sonrió a manera de saludo pero ella bajó la mirada con mucha ansiedad y aceleró el paso, abrió la puerta de su habitación y lo primero que vio fue una serie de cuatro cuadros de diferentes tamaños cubiertos con una manta manchada de sangre seca, y sobre la cama yacía su cámara fotográfica.
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