
Me encuentro acostada enfrente de mi computadora mientras mi perro duerme en la orilla de la cama, pasa de las tres de la madrugada, el cansancio quiere vencerme, sabe que he dormido muy poco, que no me he alimentado bien, que he bebido mucho últimamente y demás cosas que no quiero especificar.
Salí a fumar un cigarrillo al balcón. La ciudad esta silenciada, hay infinidad de luces prendidas y hasta el fondo de mi cabeza escucho una de esas canciones extrañas que aparecieron en la película. Exhalo el humo del cigarro y siento como mi presión disminuye, mi cuerpo se ha vuelto pesado pero mi cerebro sigue trabajando, no quiere dormir, tiene algo que decirme.
Inland Empire=brain+rape. Mis neuronas se sienten ultrajadas por imágenes incoherentes… ¿incoherentes?, mmmh, creo que ese término no aplica del todo. El punto es que vengo a escupir algo, no se qué sucedió, sólo puedo decir que me sentí violada cerebralmente.
Hace más de cinco horas le di como cuatro grandes fumadas a lo que quedaba del porro de ayer –decidimos fumar mota y ver un video de las suicidegirls-, una de mis amigas sacó un cigarro y lo encendió, fumé un poco de él, nos levantamos todas de la cama y salimos del departamento. Llegamos al Cineforo, –tengo que admitir que fue extraño encontrar tanta gente reunida para ver una película de David Lynch-, compramos agua, nos metimos a la sala y nos sentamos, el resto fue sólo debraye mental.
No se de qué trató pero al mismo tiempo lo intuyo, no puedo explicar la trama de la historia pero hasta cierto punto la entiendo, en ocasiones sufrí porque no entendía qué relación tenía una escena con la otra pero no podía dejar de verla. Salí en shock de la sala pero admirando cada vez más al director.
Hace unos minutos, mientras estaba en el balcón mirando hacia el edificio en donde trabajo –y donde también se proyectó la película-, recordé que ha iniciado el tiempo de lluvias, eso significa que pronto surgirán botones de entre la mierda de las vacas, de esos que se confunden con el azul del cielo y lo verde del paso. Es mi tercera llamada en el año. Lo acepto, quiero que me encuentren esas cabezas, quiero mirarlos de frente, olerlos y comerlos, quiero que me hablen; se que corro el riesgo de que me regañen y me apaleen psicológicamente, pero no me da miedo, creo que puedo soportarlo –en el fondo lo que busco es sacudirme-.
Hace unos días, más o menos como a estas mismas horas, escribía sobre Antonin Artaud para mi trabajo de hermenéutica, me sorprendió saber que él había viajado desde Francia a la Sierra Tarahumara para vivir la experiencia del peyote, y fue cuando pensé: "así como yo tengo la necesidad de tirarme al pasto y alucinar cómo cada una de mis partículas se funden con la tierra, cómo mi olor se esparce en el aire del campo, cómo mis ojos se disuelven entre los colores y forman espirales en el cielo, encontrar la continuidad de mi ser, diría –tal vez- Bataille… Pues, así como yo, alguien vivió una situación muy similar en otra ubicación espacio-temporal".
Hoy me di cuenta que sigo buscando, no he podido parar. Cada que veo una fotografía, película o leo algún libro que me apabulla emocionalmente, quiero fundirme con algo o con alguien para volver a sentir esa inmensidad. Al parecer, nunca podré controlar mis afecciones ni mi deseo, ahora entiendo por qué muchos dicen que es angustiante.
Algunos sueñan con morir y desprenderse del cuerpo, viajar a otro lado, puede ser un mundo paralelo, un cielo como el que nos muestra el Atalaya y la Biblia judeocristiana, o pueden ser muchas cosas. Cuando lo pienso, me doy cuenta que no busco ese tipo de trascendencia, tampoco tengo la intención de inmortalizarme a través de la genética uniendo mis cromosomas con los de alguien más, creo que lo que más me gustaría es un desenchufe completo ¡game over!... y justo después de eso, mi materia muerta se transforme/transmute en materia viva, y sólo así, vuelva a ser parte de todo, como si hubiera sido un gran orgasmo, sería lindo volver a vivir -por última vez- esa plenitud total, como esa felicidad desbordante que te invade justo cuando regresas de un malviaje.
Salí a fumar un cigarrillo al balcón. La ciudad esta silenciada, hay infinidad de luces prendidas y hasta el fondo de mi cabeza escucho una de esas canciones extrañas que aparecieron en la película. Exhalo el humo del cigarro y siento como mi presión disminuye, mi cuerpo se ha vuelto pesado pero mi cerebro sigue trabajando, no quiere dormir, tiene algo que decirme.
Inland Empire=brain+rape. Mis neuronas se sienten ultrajadas por imágenes incoherentes… ¿incoherentes?, mmmh, creo que ese término no aplica del todo. El punto es que vengo a escupir algo, no se qué sucedió, sólo puedo decir que me sentí violada cerebralmente.
Hace más de cinco horas le di como cuatro grandes fumadas a lo que quedaba del porro de ayer –decidimos fumar mota y ver un video de las suicidegirls-, una de mis amigas sacó un cigarro y lo encendió, fumé un poco de él, nos levantamos todas de la cama y salimos del departamento. Llegamos al Cineforo, –tengo que admitir que fue extraño encontrar tanta gente reunida para ver una película de David Lynch-, compramos agua, nos metimos a la sala y nos sentamos, el resto fue sólo debraye mental.
No se de qué trató pero al mismo tiempo lo intuyo, no puedo explicar la trama de la historia pero hasta cierto punto la entiendo, en ocasiones sufrí porque no entendía qué relación tenía una escena con la otra pero no podía dejar de verla. Salí en shock de la sala pero admirando cada vez más al director.
Hace unos minutos, mientras estaba en el balcón mirando hacia el edificio en donde trabajo –y donde también se proyectó la película-, recordé que ha iniciado el tiempo de lluvias, eso significa que pronto surgirán botones de entre la mierda de las vacas, de esos que se confunden con el azul del cielo y lo verde del paso. Es mi tercera llamada en el año. Lo acepto, quiero que me encuentren esas cabezas, quiero mirarlos de frente, olerlos y comerlos, quiero que me hablen; se que corro el riesgo de que me regañen y me apaleen psicológicamente, pero no me da miedo, creo que puedo soportarlo –en el fondo lo que busco es sacudirme-.
Hace unos días, más o menos como a estas mismas horas, escribía sobre Antonin Artaud para mi trabajo de hermenéutica, me sorprendió saber que él había viajado desde Francia a la Sierra Tarahumara para vivir la experiencia del peyote, y fue cuando pensé: "así como yo tengo la necesidad de tirarme al pasto y alucinar cómo cada una de mis partículas se funden con la tierra, cómo mi olor se esparce en el aire del campo, cómo mis ojos se disuelven entre los colores y forman espirales en el cielo, encontrar la continuidad de mi ser, diría –tal vez- Bataille… Pues, así como yo, alguien vivió una situación muy similar en otra ubicación espacio-temporal".
Hoy me di cuenta que sigo buscando, no he podido parar. Cada que veo una fotografía, película o leo algún libro que me apabulla emocionalmente, quiero fundirme con algo o con alguien para volver a sentir esa inmensidad. Al parecer, nunca podré controlar mis afecciones ni mi deseo, ahora entiendo por qué muchos dicen que es angustiante.
Algunos sueñan con morir y desprenderse del cuerpo, viajar a otro lado, puede ser un mundo paralelo, un cielo como el que nos muestra el Atalaya y la Biblia judeocristiana, o pueden ser muchas cosas. Cuando lo pienso, me doy cuenta que no busco ese tipo de trascendencia, tampoco tengo la intención de inmortalizarme a través de la genética uniendo mis cromosomas con los de alguien más, creo que lo que más me gustaría es un desenchufe completo ¡game over!... y justo después de eso, mi materia muerta se transforme/transmute en materia viva, y sólo así, vuelva a ser parte de todo, como si hubiera sido un gran orgasmo, sería lindo volver a vivir -por última vez- esa plenitud total, como esa felicidad desbordante que te invade justo cuando regresas de un malviaje.
R.P.
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